El sol siempre había sido mi juez más severo.
Para el resto del mundo, la luz del día era sinónimo de vida; para las mujeres de la realeza de Nimbus, era una condena silenciosa que se cargaba en la piel.
Dueña de una antigua alteración mágica arraigada en nuestra línea de sangre, el día me transformaba en una criatura de aspecto lúgubre, de piel agrietada y aura opaca. Una apariencia que los reinos de las tierras bajas, desde su ignorancia, llamaban con desprecio la "Princesa Monstruo". Por eso vivía oculta tras velos pesados durante las horas diurnas, gestionando el reino desde la penumbra de mi despacho.
Sin embargo, Nimbus poseía el control de la magia más pura y codiciada del continente, una energía ancestral que alimentaba los colosales motores mágicos instalados en las entrañas de la isla. El rugido sordo y constante de esos núcleos de poder era lo único que mantenía a nuestra ciudad y al palacio flotando firmemente sobre las nubes, desafiando la gravedad. Era una fuerza que los reinos vecinos necesitaban desesperadamente para subsistir. Sabía que, tarde o temprano, la diplomacia exigiría un precio.
-Es una pérdida de tiempo, padre -dije una tarde, manteniendo la mirada fija en los siete expedientes sellados que descansaban sobre mi escritorio de caoba.
Mi padre, sentado en el sillón frente al mío, lucía notablemente más viejo. Las canas poblaban su cabello y el peso de los años comenzaba a encorvar sus hombros, pero sus ojos mantenían la misma calidez de siempre. Me miró con una sonrisa cansada pero llena de afecto.
-La política siempre parece una pérdida de tiempo, Isabel, hasta que entiendes que también puede ser una oportunidad- respondió con voz pausada -No te pido esto solo por el reino. Quiero verte casada, quiero saber que tendrás a alguien a tu lado cuando yo ya no esté. Alguien con quien puedas ser feliz, como yo lo soy con tu madre.-
-Ustedes tuvieron suerte -repliqué, acariciando el borde de uno de los papeles-. Los príncipes de las tierras bajas solo ven en Nimbus una mina de poder. Vendrán esperando encadenarse a un monstruo sumiso a cambio de nuestra fuerza. No hay felicidad en un contrato de asco mutuo.
-Tu madre y io también fuimos un matrimonio arreglado a distancia, hija. No nos conocíamos de nada -recordó él, extendiendo su mano para tocar la mía por encima de la mesa-. El amor no siempre nace a primera vista; a veces se construye con el tiempo, con el respeto y la convivencia. Date la oportunidad de elegir. No veas solo lo diplomático, busca al hombre.
Cuando se retiró, me quedé a solas con los informes. Tras horas de descarte y análisis, mis ojos volvieron una y otra vez al mismo nombre: Jaxon de Fulgur.
No lo elegí por romance. Lo elegí por pura estrategia.
Mientras los otros seis príncipes enviaban cartas repletas de adulaciones falsas, promesas calculadas y una cortesía hipócrita que intentaba ocultar su desprecio por mi maldición, el reporte de Jaxon era transparente en su arrogancia. Era cínico, adicto al peligro y no se molestaba en fingir. Mientras los demás juraban amor eterno a una corona que ni conocían, la última línea del informe de Fulgur citaba textualmente: "Voy por el poder de sus cielos, no a pretender que me agrada el suelo que piso".
Ese descaro me cautivó. Prefería a un enemigo declarado que a un mentiroso arrodillado.
La semana siguiente a mi elección fue un torbellino de tensión silenciosa. El palacio entero parecía contener el aliento ante la inminente llegada de la comitiva de Fulgur. Los sirvientes pulían los salones imperiales arrastrando murmullos cargados de miedo; para ellos, recibir a los guerreros de las tierras bajas era como abrirle las puertas a los lobos. Supervisé cada detalle desde las sombras: la preparación de las habitaciones reales, el almacenamiento de los cristales de energía que abastecerían sus naves y la estricta orden de que no se celebraría ningún banquete de bienvenida antes del anochecer. Mi corte protestó, alegando que era un insulto diplomático obligar al príncipe a esperar a que el sol se ocultara para conocer a su prometida. No me importó. Ellos no entendían que la paciencia sería mi primera línea de defensa.
-Faltan pocos minutos, mi princesa -susurró una de mis damas de compañía, devolviéndome al presente cuando el séptimo día llegó a su fin.
Estaba sentada frente al espejo de mi tocador. Afuera, los últimos destellos del sol se ahogaban en el horizonte. Sentí el familiar y violento calor recorrer mis venas cuando la magia diurna comenzó a retirarse. La piel grisácea y agrietada de mis manos comenzó a suavizarse, sanando en cuestión de segundos hasta revelar mi tez morena y tersa.
Mis damas se apresuraron a cepillar mi cabello, dejando que mis rulos abundantes cayeran en una cascada ordenada hasta mi cintura. Me ayudaron a colocarme el traje tradicional de Nimbus: telas oscuras con pesados bordados en hilos de oro que se ajustaban con sobriedad a mi figura.
Miré mi reflejo una última vez. Mis ojos verdes claros se veían tranquilos, desprovistos de la tensión del día. La transformación había concluido; la noche me devolvía la normalidad y el control.
A lo lejos, un cambio en la vibración de los motores mágicos y el bullicio de los guardias en los muelles inferiores del palacio puso fin a la larga espera de una semana: la comitiva de las tierras bajas finalmente había desembarcado. Jaxon acababa de llegar.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en mis labios mientras me observaba en el espejo. Mi estrategia original de obligarlo a esperar al ocaso ya era bueno, pero las traicioneras corrientes de aire de Nimbus habían retrasado su nave aún más, forzando su desembarco a altas horas de la madrugada. El destino había perfeccionado mi plan. Jaxon venía mentalizado para encontrarse con la "Princesa Monstruo" de los rumores diurnos, exhausto tras una semana de viaje y listo para lidiar con una criatura grotesca en la oscuridad. En lugar de eso, la noche jugaba por completo a mi favor, obligándolo a presentarse justo cuando yo me encontraba en mi máximo esplendor.
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Editado: 08.07.2026