El Lado Hermoso De La Bestia

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El Desafío de la Loba

Si bien el poder oscuro que Rhydian guardaba en su interior —ese fuego bestial que lo convertía en algo más que un lobo, más que un alfa, más que un simple mortal— era lo único que me retenía en esta jauría de animales apestosos… jamás imaginé que tal atracción me arrastraría hacia la mayor humillación de mi existencia.

No solo había sido derribada por unas alimañas sin alas con delirios de guerreras, sino que ahora estaba aquí: arrodillada ante los restos de la cena de una manada que olía a sudor, grasa y necedad pura, frotando platos donde comían lobos que ni siquiera sabían usar los dedos.

Recolectar bayas, lavar ollas, limpiar comederos. Las mismas tareas por las que me había burlado con una sonrisa venenosa días atrás.

—Malditos perros —mascullé, lanzando un plato de madera contra la artesa con un estruendo que resonó en el comedero vacío.

Me sequé las manos en el delantal con una rabia que no era por el trapo, sino por la absoluta indignidad de tener que usarlo. Miré alrededor. Vacío. Ninguna de las omegas se atrevía a acercarse. Las muy cobardes huían de mí como si fuera peste.

Y aunque eso normalmente me habría complacido —porque nada me divertía más que ver temblar a los débiles—, en ese momento, con el hedor del comedero pegado a la piel y las uñas rotas por fregar grasa de lobo, casi desearía que esas estúpidas estuvieran ahí.

Al menos así no tendría que limpiar yo sola el desastre que esos animales llamaban “comida”.

Abandoné aquel infierno con un humor más lúgubre que la sangre de las grises. Cada paso era una maldición, cada respiración, una promesa de venganza.

Y por supuesto, la luna, en su infinita y sádica crueldad, decidió que mi ración de sufrimiento aún no estaba completa.

Allí, en el umbral, con esa postura erguida, estaba Kaela.

No la saludé; no le concedí el privilegio de mi mirada. Pasé por su lado como si no fuera más que una piedra en el sendero: molesta, inútil, fácil de ignorar. Pero, por supuesto, me siguió.

—¿Qué demonios haces siguiéndome? —espeté sin detenerme, con la voz afilada como la daga que llevaba en mi espalda.

—Simplemente, cumplo con mi deber —respondió, con una tranquilidad que amenazaba con acabar con mi escasa paciencia.

Me detuve en seco. Giré sobre mis talones y la observé de arriba abajo, con todo el desdén que pude reunir.

—Tenía entendido que estabas castigada.

—Mi castigo terminó… y el tuyo también.

Fruncí el ceño.

—Qué fortuna para ti. Ya no tienes que jugar a la protectora de la bruja maldita.

—No exactamente —dijo—, pero al menos ya no tengo que desmembrar grises, y tú ya no tienes que fregar platos.

—Tu castigo me resulta más agradable comparado con el mío —mascullé, sintiendo aún el rastro de grasa en mis yemas—. No hay nada más desagradable que tener que tocar los restos de comida de esos sucios perros.

Kaela no se inmutó ante mi desprecio; parecía haber desarrollado una inmunidad natural a mi veneno.

—Ignoraré las palabras ofensivas —dijo—. Especialmente porque, a pesar de tu lengua venenosa, salvaste la vida de Taran.

—¡Yo no salvé a nadie! —repuse, con una risa seca—. Me defendía a mí misma, nada más. Si vuestros insignificantes pellejos siguen unidos al hueso, fue por azar, no por mi intención.

Kaela no retrocedió. A diferencia de las otras, ella no parecía temerme, solo estudiarme.

—Si es así —propuso, y una chispa de astucia brilló en su mirada—, supongo que no tendrás inconveniente en escoltarme hasta el campo de entrenamiento.

Arqueé una ceja, genuinamente confundida.

—¿Al campo de entrenamiento? ¿Para qué? ¿Vas a enseñarme a barrer con una espada?

—Vamos a entrenar —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo—. Porque lo que se hace en un campo de entrenamiento… es entrenar.

La miré fijamente y, por primera vez en lunas, sentí cómo una emoción distinta a la furia se abría paso en mi pecho. Era curiosidad. Una maldita, ponzoñosa y estúpida curiosidad.

—No voy a enseñarte a luchar como nosotros —añadió ella, leyendo mi duda—. Voy a obligarte a que pelees como lo que eres. Como una bruja.

Una carcajada seca y carente de humor escapó de mis labios, vibrando en el aire frío de la mañana.

—¿Entrenar conmigo? —pregunté, elevando el mentón con absoluta incredulidad—. ¿Hablas en serio o es que el hedor de las hadas te ha nublado el juicio, cachorra? No tengo nada que aprender de una loba a la que tuve que arrancarle la muerte de encima.

Di un paso hacia ella, dejando que el aura gélida de mi magia le erizara el vello de sus brazos.

—Si mi memoria no me falla —y te aseguro que es impecable—, tú y Taran estabais a punto de convertiros en abono para el bosque antes de que yo decidiera intervenir. De no haber sido por mí, ahora serías una alfombra en alguna cueva de las Tierras Grises.




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