El Lado Hermoso De La Bestia

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El latido de una piedra

Seguí el rastro de Rhydian sin esfuerzo, como si el bosque mismo se plegara a mi voluntad para llevarme hasta él. Su aroma flotaba en el aire como un conjuro antiguo: denso, terroso, con un trasfondo salvaje que se enroscaba en mis sentidos y me arrastraba hacia adelante.

No se había alejado demasiado. Su figura se recortaba entre los troncos, imponente, hecha de músculo y mando, una presencia que parecía reclamar aquel territorio con cada paso. Caminaba despacio, con una deliberación que no engañaba a nadie. Sabía que lo seguía. Me estaba esperando.

Cuando me situé a su costado, sus ojos se deslizaron hacia mí apenas un instante antes de regresar a la espesura. Aun así, ese breve roce de su mirada fue suficiente para tensarme por dentro.

—Kaela me ha hecho saber que mi humillación bajo la forma de castigo ha terminado —dije al fin, rompiendo el silencio con una aspereza que no intenté suavizar—. Al parecer, ya no es necesario que recolecte bayas ni que purifique la suciedad que tus perros dejan a su paso.

Rhydian no se detuvo, pero algo cambió en él. Fue sutil: un ajuste en los hombros, una rigidez nueva en la espalda, como si mis palabras hubieran rozado una fibra que prefería no reconocer.

—Nada de lo que se hace en beneficio de la manada es humillante —respondió—. La humillación solo existe en la mente de quienes permiten que su orgullo sea más vasto que su sentido del deber.

Su voz, profunda y grave, vibró en el aire húmedo del bosque, deslizándose por mi piel con una facilidad que detesté.

Esbocé una mueca de desdén.

—Qué discurso tan noble —murmuré.

Aun así, mis pies siguieron avanzando junto a los suyos.

Nos internamos más en el bosque, allí donde las copas de los árboles se entrelazaban hasta devorar la luz del sol. Aquel día tenía una sensación extraña, casi expectante. Rhydian hablaba más de lo habitual, hilando palabras más allá de sus sentencias cortas, y cada vez que su voz rozaba mis sentidos, mi pecho traicionero se agitaba.

Mi corazón, esa piedra inerte y gélida que me hacía dudar de si aún corría vida por mis venas, latía ahora con una urgencia que me resultaba incómoda.

—Te observé —dijo de pronto.

Sus palabras cortaron mis pensamientos. Se detuvo bajo la sombra de un roble colosal y se giró para encararme.

—Luchando con Kaela.

—Por supuesto que lo hiciste —repliqué, acortando la distancia con una confianza que ocultaba el temblor traicionero de mi sangre—. No habrías podido apartar la mirada, ni aunque hubieras invocado toda la voluntad de tu linaje, mi Alfa.

Le sostuve la mirada, desafiándolo a negarlo, mientras el bosque parecía contener el aliento a nuestro alrededor.

—Lo haces bien —dijo al fin.

La frase fue simple. Despojada de adornos. Y aun así, me atravesó con la precisión de un golpe certero, directo al centro de mi pecho.

—Lo sé —respondí con altivez, alzando el mentón—. Aunque debo admitir que la cachorra tiene más trucos de los que aparenta.

Rhydian asintió levemente, sin apartar los ojos de mí.

—Kaela ha entrenado ciclos enteros para moverse así. —Hubo una breve pausa, casi imperceptible—. Pero tú… para ser tu primera vez en un combate de este tipo, has mostrado una destreza asombrosa.

Algo en su tono se deslizó por debajo de la piel, incómodo y cálido a la vez. Él dio un paso, dispuesto a seguir su camino, como si aquella confesión no hubiera tenido peso alguno. No se lo permití.

Me adelanté con un movimiento felino y le corté el paso. Me planté frente a él, obligándolo a frenar para no chocar conmigo. La cercanía fue inmediata. El contraste entre su tamaño y el mío nunca se había sentido tan… embriagador.

—¿Acaso el temible Alfa de la Guardia Oscura me está halagando? —pregunté, entornando los ojos, buscando una grieta en su armadura de seriedad.

Se mantuvo firme. La mandíbula tensa, la mirada fija en mí con una intensidad que parecía capaz de descifrar las runas de mi alma. No lo negó.

Y en ese silencio cargado, una calidez inesperada se expandió en mi vientre, lenta y peligrosa.

¿Qué era esa sensación?

¿Por qué el reconocimiento de un lobo me hacía sentir más poderosa que cualquier sacrificio de sangre?

Rhydian se movió entonces, esquivándome con una elegancia que solo alguien plenamente consciente de su cuerpo podía poseer. Al pasar, su brazo rozó el mío. Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero mi piel ardió.

Me dispuse a seguirlo, con un insulto ya formado en los labios, cuando un movimiento sutil entre los helechos me robó la atención. Me agaché, moviéndome con cautela. Entre las sombras de un arbusto, un conejo me observaba con ojos vibrantes y temblorosos.

Casi olvidé cómo respirar.




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