El Lado Hermoso De La Bestia

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El Sabor del Veneno y la Verdad

PARTE I

El aire del atardecer que momentos antes me había parecido extrañamente pacífico se corrompió de golpe. Un velo grisáceo y pesado comenzó a asfixiar el cielo, devorando el azul profundo de la noche que nacía. Arrugué la nariz de inmediato; el olor no era el de una simple fogata de la manada. Era el hedor agrio de la desesperación y el crujir voraz de la madera seca convertida en ceniza.

Desde la rama del árbol de siempre, vi a Eiluned salir de la casa como si llevara el mismo infierno en los talones. Se adentró en el bosque con una urgencia que solo podía significar una cosa: el corazón de la Guardia Oscura estaba bajo ataque.

Busqué con la mirada algún rastro de Rhydian, pero el camino estaba desierto. Maldije entre dientes. Bajé del árbol con la agilidad de una sombra y seguí el rastro de Eiluned. Al alcanzar el claro principal, la escena que se desplegó ante mí era un despliegue de caos patético.

El fuego se alzaba como una torre rugiente, una bestia de color naranja y rojo que devoraba los almacenes donde estos estúpidos lobos guardaban los alimentos que tanto trabajo me había costado ver recolectar. Era una ironía deliciosa, o lo habría sido de no ser porque el humo me irritaba los ojos. Los guerreros de élite, los supuestos protectores de la frontera, corrían de un lado a otro portando cubos de agua como hormigas a las que les hubieran pisado el nido. Sabían morder, sabían odiar a los vampiros y escupir sobre mi linaje, pero frente a un incendio descontrolado, eran tan inútiles como cachorros recién nacidos gimiendo ante un trueno.

—Estoy harta de tanta ineptitud —mascullé para mí misma.

Me planté frente a las llamas, sintiendo el calor lamer mi piel. Mi magia de sangre ya empezaba a agitarse bajo mi pulso, una corriente de poder oscuro que buscaba una grieta por la cual escapar para sofocar aquel desastre, cuando una mano brusca y cargada de una osadía imperdonable me aferró del hombro, deteniéndome en seco.

Me giró con violencia y me encontré con el rostro desencajado de Ailís.

—¿Qué crees que estás haciendo, bruja? —escupió con un tono que pretendía ser autoritario, pero que apestaba a pánico.

Ladeé la cabeza, mis ojos volviéndose dos pozos de oscuridad absoluta.

—No tengo por qué rendirle cuentas a una loba mediocre —siseé—. Y que esta sea la última vez que osas poner una mano sobre mí. Si vuelves a tocarme, no solo te arrancaré esa mano insolente, sino que me aseguraré de obligarte a tragarla mientras te ahogas en tu propia sangre.

El viento rugió a nuestro alrededor, arrastrando cenizas y brasas del incendio. Pero Ailís no retrocedió. Su orgullo era tan feroz como sus celos, un veneno que la consumía desde dentro.

—Te crees intocable porque la Luna cometió el error de vincularte a Rhydian —soltó ella con una sonrisa venenosa que pretendía herir—. Paseas por nuestra manada alardeando de un lazo que no mereces, un remedo de pareja destinada que insulta nuestra estirpe. Pero no te engañes, bruja. La arrogancia no te salvará cuando él despierte de tu embrujo.

—Alardeo de lo que es mío por derecho de sangre y destino —repliqué, disfrutando del momento exacto en que su rostro se contrajo ante mi seguridad—. Pero comprendo que, para alguien como tú, contemplar aquello que jamás podrá poseer sea… un tormento insoportable.

—¿De verdad tu vanidad es tan ciega como para creer que alguien como él te desea? —La risa de Ailís fue un sonido sibilante—. Rhydian está moviendo cielo y tierra para encontrar la forma de quebrar el lazo, bruja. Está desesperado por arrancarte de su alma, por lavarse la mancha que representas en nuestras vidas.

Guardó un silencio calculado y sus ojos brillaron con una malicia que rozaba el éxtasis.

—Y… ¿Adivina con quién realizará el ritual para cortarte de su vida para siempre? Conmigo.

Mis puños se apretaron con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas. Tras de mí, como si respondiera a mi furia ciega, el fuego soltó un rugido y se avivó, elevándose varios metros más hacia el cielo gris.

—Él me elegirá a mí —continuó Ailís, arrojando brasas ardientes a mi fuego interno—. Yo seré la verdadera Luna de la Guardia Oscura, la que él reclamará por voluntad propia cuando tú no seas más que un recuerdo maldito.

—¡¿Pero qué demonios están haciendo?! —Kaela apareció corriendo, con la mirada frenética—. ¡El fuego se está propagando hacia las cabañas y ustedes están aquí discutiendo como crías!

Ignoré a Kaela por completo. El mundo se había reducido a un solo objetivo: el cuello de Ailís. La loba, que un segundo antes escupía soberbia, dio un paso atrás al ver mi expresión. Ya no quedaba rastro de la hembra de lengua suelta; su arrogancia se había evaporado, sustituida por un miedo que me deleitó.

—Repítelo —exigí. Mi voz no fue un grito; fue un susurro gélido que cortaba más que cualquier daga—. Repite lo que dijiste sobre el ritual y sobre reemplazarme.

Tras de mí, el incendio rugió con una fuerza abrumadora, alimentado por la humillación que me quemaba las entrañas. Saber que Rhydian planeaba un ritual para sacarme de su vida, y hacerlo precisamente con ella, era una ofensa que solo la sangre podría limpiar.




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