El Lado Hermoso De La Bestia

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El Sabor del Veneno y la Verdad

PARTE II

Caminamos bajo la cúpula de los árboles en un silencio irritante. Yo seguía saboreando las mordelunas, dejando que su jugo oscuro manchara mis labios y mi lengua. Tenían un sabor intenso… pero ni siquiera su sabor profundo lograba borrar el regusto amargo que me provocaba la actitud de Rhydian.

Finalmente, me atreví a lanzar la pregunta que me calcinaba las entrañas.

—¿Cuál es la verdadera razón detrás de la hostilidad de mi alfa? Y ahórrate el sermón sobre el incendio. Ambos sabemos que el fuego fue solo una excusa conveniente para tu ira.

Él dejó escapar un suspiro largo y tenso, como si cargara con un peso que amenazaba con partirle la espalda. Su mirada permaneció fija en la penumbra del sendero, evitando la mía.

—Solo deseo que dejes de convertir cada uno de tus pasos en un conflicto —confesó al fin—. No quiero que la manada entera se alce en tu contra. No ahora que por fin he encontrado una solución para…

Se interrumpió bruscamente, como si hubiera tropezado con un abismo. Sin embargo, la revelación encajó en mi mente con una precisión cruel.

Dejé de masticar y terminé la sentencia por él con una voz gélida.

—Para romper el lazo que nos encadena.

Rhydian no me corrigió. No hubo una negativa, ni siquiera un parpadeo que delatara arrepentimiento. El silencio fue su confirmación.

—Deseas ganar tiempo para hallar la forma de erradicar mi presencia de tu destino —continué, y sentí cómo mi voz se volvía un murmullo de orgullo herido, empañado por una amargura que odié sentir—. Y, por supuesto, no puedes centrarte en ello si estoy causando incendios o dejando lobas inertes por el bosque que tanto te esfuerzas en proteger.

Me detuve en seco, obligándolo a girarse. La tormenta que rugía en mis ojos no pedía permiso ni indulgencia.

—En mi defensa, alfa —dije, enfatizando el título como una cuchilla—, por una vez en mi existencia no buscaba el caos. Mi intención era ser de utilidad para tu preciada Guardia Oscura. Pero no te inquietes; he aprendido la lección de la forma más amarga. Cuando una bruja ayuda, para los lobos es como si cometiera un sacrilegio.

Mi voz descendió hasta convertirse en un juramento.

—No volveré a mover un solo dedo… si no es para mi propio beneficio.

Hice el amago de darme la vuelta, dispuesta a perderme en el bosque, pero la mano de Rhydian se cerró sobre la mía en un movimiento puramente instintivo.

Como siempre que nuestras pieles se encontraban, una descarga de energía pura y salvaje nos atravesó a ambos. Sentí el vello de mis brazos erizarse, la magia agolparse en mis venas, respondiendo a la suya con una obediencia que detestaba. Rhydian me soltó al instante, retrocediendo un paso como si se hubiera quemado con hierro al rojo vivo.

—¿Qué quieres ahora, mi alfa? —pregunté con una sonrisa cargada de una sorna ponzoñosa—. ¿Te ha asaltado el arrepentimiento? ¿O suspiras por la compañía dócil de Ailís? Ella parece mucho más dispuesta a inclinar la cabeza ante tus órdenes que yo.

Se frotó el puente de la nariz, exhausto, como si cada palabra que intercambiábamos le arrancara un trozo de voluntad. Cuando alzó la vista y me miró, la crudeza de su expresión me obligó a guardar silencio.

—Escucha con atención, Nyra —sentenció, con una voz ronca que vibró directamente en mi pecho—, porque no pienso mancillar mi orgullo repitiendo estas palabras.

Dio un paso hacia mí, no lo suficiente para tocarme, pero sí para envolverme con su presencia.

—Jamás tuve en mente a Ailís como mi pareja. Ni a ella ni a ninguna otra. Incluso antes de que tú aparecieras… antes de que la Luna decidiera atarme a esta complicación —sus labios se tensaron al decirlo—, nunca vi a otra hembra como la compañera que deseaba a mi lado.

Saboreé el peso de su confesión.

No era una declaración de amor, pero viniendo de un hombre como él, era una rendición absoluta.

Satisfecha con el rastro de vulnerabilidad que había dejado expuesto, reanudé mi camino hacia las profundidades del bosque. Esa vez, Rhydian no intentó frenarme; se limitó a seguirme, manteniéndose un paso por detrás, escoltándome como si yo fuera un tesoro maldito o una reliquia prohibida: algo que su instinto no le permitía dejar de vigilar, pero que su juicio no se atrevía a tocar.

Alcanzamos la orilla del lago, aquel espejo de agua oscura donde solía bañarme bajo la luz de la luna llena. Me senté en la hierba húmeda y Rhydian permaneció a unos metros, como una estatua de piedra.

—No temas, mi alfa —le dije, palmeando el suelo a mi lado—. Acércate. Prometo que no voy a morderte... a menos, claro, que me lo pidas con la suficiente cortesía.

Tras un instante de vacilación, acortó la distancia y se sentó a mi lado.

Su presencia lo cambió todo.




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