
El Peso de las Promesas Vacías
PARTE I

Me retorcí en el asiento junto al fuego, sintiendo cómo el tedio se me metía bajo la piel cual una nidada de alimañas hambrientas. Las llamas danzaban en la chimenea con una alegría insultante, escupiendo un calor que no servía de nada para apaciguar el vacío que me carcomía los nervios. A decir verdad, si el aburrimiento fuera un arte, yo ya me habría creado un altar.
Desde que Rhydian había decidido hundirse en ese remolino de responsabilidades de alfa, su presencia se había vuelto escasa, casi fantasmal. Parecía que el destino se divertía lanzándole problemas para mantenerlo lejos de mí: primero mi “pequeño altercado” con las tres lobas, luego el asalto de aquellas hadas de pacotilla y, como broche de oro, el incendio que casi condenó a su manada a un sustento de tierra y ceniza.
Era como si mi sombra fuera un señuelo para la desgracia y, honestamente, no podía estar más orgullosa de mi lista de caos.
Rhydian, en su infinita sabiduría de perro guardián, se había convencido de que tenerme recluida en esta casa —mi jaula de roble— era la única forma de que el reino no saltara por los aires.
Yo había aceptado con mi habitual desgano teatral, pero en el fondo, mi ego ronroneaba. Había algo deliciosamente perverso en saber que un hombre tan imponente, capaz de doblegar bosques enteros con un rugido, perdía el sueño intentando encontrar la forma de vigilarme.
Ser el centro de su tormenta personal resultaba infinitamente más estimulante que ser una bruja relegada al olvido en un pantano.
Sin embargo, algo había cambiado en el aire. En los últimos días, había detectado grietas fascinantes en su armadura de alfa. Gestos fugaces, silencios compartidos en los que bajaba la guardia y se permitía estar cerca de mí sin que pareciera una condena a muerte. Eran pasos de hormiga sobre el filo de una espada, pero los atesoraba con una avaricia que me provocaba un leve asco de mí misma. Por eso, en un rapto de indulgencia, estaba intentando portarme… bueno, “bien”, bajo los estándares mediocres de los mortales. Sentía que me acercaba a él de verdad, más allá de mi hechizo. Al menos, ya no intentaba empujarme al otro lado del bosque cada vez que nuestras manos se rozaban.
El crepitar del fuego fue interrumpido por la señal que mis sentidos ya esperaban. El aroma de Rhydian llegó antes que él. Cuando cruzó el umbral, su figura parecía cargar con el peso de toda la Guardia Oscura. No me miró, o al menos no con la devoción hambrienta que yo esperaba. Se dirigió directamente a limpiarse, con los hombros tensos y el rostro más sombrío que una tumba olvidada.
Permanecí en silencio, limitándome a devorarlo con los ojos desde mi rincón, analizando cada tensión de su espalda. Me quedé allí, esperándolo con la paciencia de un depredador. Cuando finalmente se sentó a la mesa, su plato parecía un estorbo. Su apetito se había esfumado junto con su buen humor.
Me incorporé con una elegancia perezosa y me senté a la mesa frente a él, asiendo mi taza de madera y comenzando a masticar algunas mordelunas.
El silencio fue insoportable, hasta que él lo rompió con ese tono de voz que me ponía los pelos de punta.
—Debo partir. Me ausentaré por varios días —soltó, sin rodeos—. Y exijo que me jures, por lo que sea que consideres sagrado, que no te involucrarás en conflicto alguno durante mi ausencia.
Lo miré fijamente, con una baya negroazulada detenida a medio camino de mis labios, sintiendo cómo la sorpresa cambiaba rápidamente en indignación.
—No toleraré otra situación que ponga en riesgo el equilibrio de la manada —continuó, ignorando deliberadamente el fuego que empezaba a arder en mis pupilas—. Nada de enfrentamientos innecesarios, Nyra. Y, por el amor de la Luna, ahórrate cualquier otro de tus supuestos actos heroicos fuera de lugar.
Más que la exigencia en sí, fue su tono —autoritario, gélido, como si le hablara a un vasallo insubordinado— lo que prendió la mecha de una furia que no tenía la menor intención de sofocar.
Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Ah, ya comprendo. De modo que regresamos al principio —siseé, mi voz cargada de una sorna venenosa—. Sigues viéndome como la causa de todos tus problemas, ¿no es así? Qué memoria tan caprichosa posees, mi alfa. He resultado ser la solución a tus desastres más veces de las que tu arrogancia de lobo te permite confesar. Si no fuera por esta “causa de problemas”, ahora mismo estarías de rodillas contando las cenizas de tu preciada Guardia Oscura.
Rhydian cerró los ojos y negó con la cabeza, el cansancio emanando de él en oleadas.
—No se trata de repartir culpas, Nyra. Sigues sin comprender el fondo de mis palabras —replicó, su voz bajando a un nivel casi suplicante—. Lo único que deseo es tu palabra. Necesito la certeza absoluta de que permanecerás a salvo, lejos de riesgos innecesarios.
Me crucé de brazos, sintiendo el calor del fuego en mi espalda y el frío de su desconfianza en mi pecho. Me exigía una promesa de paz a mí, una criatura que nació para el caos. Qué optimista era mi querido lobo.