El Lado Hermoso De La Bestia

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El Peso de las Promesas Vacías

PARTE II

Harta de los quejidos incesantes y los sonidos confusos que emitían las lobas en su trance, desenfundé mi daga oculta tras mi espalda. Llevé el filo frío a mis labios, susurrando palabras antiguas, incomprensibles para cualquiera que no compartiera mi linaje.

Al compás de mis palabras, las llamas de las velas se extinguieron de golpe, sumiendo la habitación en penumbras. El ambiente alrededor empezó a cambiar mientras me acercaba a las lobas.

Tras un largo suspiro, un gesto que se sintió como una rendición, realicé un corte profundo en mi propio antebrazo. Sentí el calor viscoso de mi sangre brotar con fuerza y la dejé fluir directamente hacia sus bocas entreabiertas, marcándolas con mi poder. Cada gota era un vínculo, un recordatorio del tormento que me esperaba al abrir sus mentes. Luego, con un movimiento rápido, realicé un pequeño corte en cada una de ellas y recogí su esencia con la daga, cumpliendo el rito necesario para deshacer el nudo que yo misma había atado.

Tan pronto como la sangre de las tres lobas tocó mi lengua, una oleada de agonía pura y poder desatado se apoderó de mí. Si lidiar con una esencia ajena ya era un desafío, tres sangres lupinas colisionando violentamente con la mía eran una carga que bordeaba lo insoportable. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo mis venas se dilataban hasta casi reventar, pulsando con una energía abrumadora que amenazaba con desgarrarme desde dentro.

Mis rodillas cedieron, traicionándome, y caí al suelo de madera con un jadeo prolongado que raspó mi garganta. A mi alrededor, la realidad misma comenzó a distorsionarse; los frascos de Isolde y los muebles viejos comenzaron a agitarse, vibrando al compás de la tempestad de magia y sangre que rugía en mis entrañas.

Desde el otro lado de la puerta, los gritos de Rhydian se alzaron, amenazando con romperla. Su voz era un trueno que exigía entrada, un rugido de preocupación y furia, pero yo no estaba dispuesta a dejar que nadie cruzara ese umbral.

—¡Ni se te ocurra cruzar ese umbral, Rhydian! —exclamé; mi propia voz sonó distorsionada, cargada de una desesperación que se filtró por las grietas de mi orgullo—. ¡Hiciste un juramento!

—¡No recuerdo haberte prometido nada!

—Si osas cruzar esa puerta, no garantizo que estas perras conserven lo poco que les queda de cordura… o de vida.

En el fondo de mi alma marchita, sabía que tras pasar por este calvario de sangre no valdría la pena ensañarme con esas lobas moribundas; ya les había cobrado el precio con creces. Pero las amenazas siempre habían sido mi refugio más seguro, mi armadura más resistente. No podía permitir que nadie, y mucho menos él, me viera así: rota, temblorosa, consumida por una magia que me devoraba desde dentro. Solo necesitaba resistir un poco más hasta que cada tormento de ellas se filtrara en mí; entonces todo acabaría.

El tiempo pareció detenerse mientras soportaba el embate de emociones y memorias ajenas. Eran jirones de vidas mediocres, miedos animales y anhelos banales que se entretejían con mi esencia. Finalmente, cuando el flujo cesó y el silencio regresó a mi mente, exhalé profundamente y, usando la pared como apoyo, me obligué a ponerme de pie.

Me tambaleé hacia el espejo polvoriento de Isolde y observé mi reflejo con un desagrado visceral. Las venas púrpuras serpenteaban bajo mi piel pálida como raíces venenosas buscando la superficie, y una mueca amarga deformó mis labios.

—¿Esto valía realmente la pena? —murmuré, contemplando mis propios ojos inyectados en sangre—. ¿Qué es lo que busco probar o alcanzar en este nido de lobos?

El eco de mis palabras murió cuando abrí la puerta. La anciana Isolde me observó con intensidad, detallando mi rostro y, tras unos segundos de escrutinio, se limitó a girarse y desaparecer en la habitación para evaluar el estado de las lobas. Pero Rhydian… Rhydian no fue tan discreto.

Se lanzó hacia mí; sus manos anchas y firmes se cerraron sobre mis hombros con una fuerza que, por una vez, no pretendía controlarme, sino sostenerme.

Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo, deteniéndose con horror en mis venas hinchadas y en el carmesí que rodeaba mis pupilas. Por un instante, el alfa supremo no era más que un lobo aterrado ante la fragilidad que mostraba su pareja.

—¿Es… es habitual que termines en este estado? —preguntó, y su voz, usualmente tan segura, vaciló.

Lo miré con una mezcla de cansancio y una resignación que me pesaba más que la propia magia.

—Cada hechizo roto tiene un precio, mi alfa —respondí con una voz ronca—. Para una bruja como yo, romper mi propia magia es como arrancar parte de mi alma. No se puede deshacer la oscuridad sin que ella te muerda al salir.

Rhydian negó con la cabeza, apretando los labios con tal fuerza que palidecieron hasta volverse una línea. Sus ojos ardían con una mezcla volcánica de culpa y una frustración que parecía quemarlo por dentro, una agonía que no sabía cómo combatir.

—De haber comprendido el alcance… si hubiera sabido el costo real de esto… —empezó a decir, pero las palabras se le asfixiaron en la garganta, incapaz de darles forma.




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