El Lado Hermoso De La Bestia

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Bienvenidos al nido de víboras

PARTE I

El viaje a caballo resultó ser exactamente lo que imaginé: una forma lenta de tortura. Si los caballos tuvieran un ápice de la inteligencia que sus dueños presumen, sabrían que cargar con una bruja es un honor, no un motivo para relinchar como si les estuvieran quemando las pezuñas. Pero claro, ningún animal en el establo quiso que me acercara; cada animal decidió que el suicidio era una alternativa preferible a permitir llevarme en su lomo.

Así que allí me encontraba: anclada a la espalda de Rhydian, aferrándome a su torso con una fuerza que, secretamente, anhelaba que le cortara la respiración. Él guiaba al caballo con esa destreza innata, mientras yo, al sentir el calor de su espalda contra mi pecho y la firmeza de sus músculos en cada trote, era un recordatorio constante de una atracción impertinente que se negaba a desaparecer.

Los rastreadores que nos escoltaban no me quitaban los ojos de encima. Sus miradas de reproche pesaban más que mi propia daga. Para esos perros, el hecho de verse obligados a compartir mesa con los vampiros era culpa mía, y no una consecuencia de la estupidez de sus propias lobas jugando con fuego. Estuve a punto de mandarlos a todos al infierno con un solo movimiento de dedos en más de una ocasión, pero la mirada de Rhydian —esa que prometía problemas si no me comportaba— me obligaba a apretar los dientes y respirar hondo. Por ahora, le daría el gusto de verme “controlada”.

Al llegar a la capital, fue un cuadro digno de contemplar. En el aire podía respirarse una arrogancia que ni siquiera yo podía superar. Pero lo mejor, sin duda, fue el comité de bienvenida.

Si soportar la hostilidad de los pulgosos fue un desafío, enfrentarme a las faes fue un manjar para mis instintos más oscuros. Ellas no disimularon. Ignoraron a los lobos con despresio, un gesto que casi me hace soltar una carcajada; es bien sabido que las faes odian a los licántropos por disputas territoriales tan absurdas como quién orinó primero en qué árbol. Pero esta vez, sus ojos estaban puestos en un premio mayor.

Un pequeño séquito de hadas y ninfas se había congregado a los pies del castillo. Sus rostros, que todos describian como etéreos y hermosos, estaban deformados por una mezcla deliciosa de curiosidad morbosa y hostilidad pura. Eran aves de rapiña envueltas en seda y polen.

Rhydian desmontó y, extendiendo una mano firme, me ayudó a descender. En cuanto mis pies tocaron el suelo, me despojé de la capucha con un movimiento lento y elegante, dejando que mi rostro —altivo y sin una pizca de arrepentimiento— quedara expuesto bajo la mortecina luz de la capital.

Todo en ese lugar estaba teñido de una paleta de grises y sombras. No solo por las murallas que protegían la ciudad, sino por las montañas colosales que la abrazaban, asfixiando cualquier intento del sol por tocar el suelo. Sin dudas, era el edén de los no-muertos.

Clavé mi mirada en las faes, sintiendo cómo su aversión me insuflaba una energía vibrante. Si ansiaban una villana para sus cuentos de hadas, les entregaría la versión más exquisita y letal que jamás hubieran contemplado.

Esbocé una sonrisa cargada de desafío, enseñando los dientes en un gesto que era tanto un saludo como una declaración de guerra.

—Vaya… —solté, rompiendo el silencio con una voz que destilaba veneno—, ¿dónde han quedado las sonrisas de hospitalidad? ¿Acaso las ninfas han olvidado el modo de recibir a la Luna de la Guardia Oscura, o es que la amargura les ha endurecido el semblante?

La que parecía liderar aquel séquito de insectos con joyas, dio un paso adelante. Sus ojos, de un verde brillante, poseían un odio antiguo.

—Lo único que veo frente a mí es a una bruja repudiada. No hay nada en tu presencia, criatura de las sombras, que sea merecedor del más mínimo rastro de nuestra cortesía.

Me reí entre dientes, un sonido seco que hizo que sus alas vibraran por el puro nerviosismo.

—Bruja o no, querida, ostento el título de Luna del Alfa Supremo —repliqué con sorna—. Así que te sugiero que enrolles esa lengua viperina tras tu angelical boca y ensayes una reverencia decente. Hazlo antes de que decida que tus alas lucirían mucho más elegantes enmarcadas sobre mi chimenea que marchitándose en tu espalda.

Rhydian intervino entonces, su presencia expandiéndose como una sombra sobre el grupo de faes.

—Aunque hoy no acudo a este castillo como un invitado de honor —sentenció, con esa gravedad de mando que siempre lograba silenciar a la manada—, no toleraré insolencias ni ninguna falta de respeto hacia los miembros de mi grupo.

El hada se irguió, tratando de recuperar su compostura, y observó Rhydian con una familiaridad que me revolvió el estómago.

—Espero que me recuerde, alfa supremo —dijo ella, inflando el pecho—. Soy Lúthien, la anfitriona de este castillo. Y aunque vuestro juicio sobre las normas sea acertado, no podéis exigirme que ignore lo que se muestra antes mis ojos. Frente a mí solo veo a una bruja, y bruja seguirá siendo, sin importar el suelo que pise o con quién comparta su lecho.




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