
Bienvenidos al nido de víboras
PARTE II

Tan pronto como Kaela dejó la habitación, esperé el tiempo suficiente para que sus pasos se perdieran en el eco del pasillo. No pensaba quedarme allí encerrada como un objeto decorativo a la espera de ser exhibida; el castillo de los vampiros era un nido de secretos, y yo necesitaba descubrir qué hilos movían este lugar antes de que me asfixiaran.
Sin embargo, al abrir la puerta, me topé con un muro doble de hostilidad. A un lado, un vampiro con ojos como rubíes turbios; al otro, un lobo corpulento de la Guardia Oscura. Ambos custodiando mi salida como si fuera una criminal de alto riesgo en una celda de cristal.
—¿De qué se trata esto? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Se supone que ahora lo más peligroso y volátil en esta fortaleza soy yo?
—He sido asignado por el alfa supremo para escoltarla, Luna —respondió el lobo con una rigidez militar.
Solté un bufido cargado de desdén puro.
—Qué conmovedor. Debes saber, perro fiel, que todos los que intentan “escoltarme” terminan siendo protegidos por mis sombras, pero tú no correrás con esa suerte. A la primera señal de peligro, te dejaría morir sin pestañear.
Me volví hacia el vampiro. A pesar de su máscara de frialdad, el asco que sentía por mi presencia supuraba por sus poros.
—Y tú… supongo que vienes enviado por tu Rey para vigilar a la bruja —le dije. Él no se dignó a responder, limitándose a mirarme como si fuera basura mágica. Suspiré—. Magnífico. Quédense aquí admirando la madera de la puerta. Ya encontraré el momento de hacer de las mías.
Regresé a la habitación y me desplomé sobre la cama, mirando el artesonado del techo con frustración creciente. Respirar en este castillo era como intentar tragar arena seca; la magia que custodiaba el castillo era densa y opresiva, diseñada específicamente para debilitar a cualquiera que no fuera vampiro. Estaba en su territorio, con mis poderes bajo un velo opresor, y eso me ponía dos pasos por detrás de ellos.
Detestaba no tener el control. Odiaba ser la presa en un campo de cazadores.
La escasa luz de la ventana se fue extinguiendo hasta que la habitación quedó sumida en una penumbra sepulcral. De pronto, la puerta chirrió y Kaela entró portando algo luminoso que rasgó la oscuridad.
—¿Qué es esa baratija brillante? —inquirí desde mi posición en la cama, sin ocultar el hastío de mi voz.
Kaela rio entre dientes, parecía burlarse de mí.
—Es una lámpara, Nyra.
Mientras la observaba con curiosidad, ella encendió las velas de los candelabros. La habitación se inundó de un resplandor cálido y ambarino, y fue entonces cuando noté el detalle: Kaela también vestía uno de esos atuendos ridículos.
—Vaya, así que tú también te has rendido a la etiqueta diplomática —comenté con una mueca de desprecio.
—Las reglas no tienen preferencias —respondió ella, ajustándose una manga—. Todos tenemos que seguir el protocolo si pretendemos salir de este nido de víboras con el cuello intacto.
—¿Y qué quieres ahora?
Mi pregunta fue una perdida tiempo, porque ya sospechaba la respuesta.
—Evidentemente, he venido para asistirte. El banquete real no se detendrá a esperar a que decidas abandonar ese hosco temperamento.
—Me niego —sentencié, hundiéndome más en las sábanas.
—No disponemos de tiempo para vacilaciones ni para tus reproches de siempre —me cortó Kaela con una firmeza que me obligó a enderezarme—. Al final de la noche, no tendrás más opción que enfundarte en ese maldito vestido y salir a enfrentar a los chupasangres. Así que muévete de una vez.
A la gran defensora de los modales y el deber se le había escapado una informalidad que no le conocía. Ella pareció darse cuenta de su desliz al instante, tensando los hombros.
—No te inquietes, cachorra —le dije con una sonrisa ladeada—. Bien sabes que no soy devota de los formalismos. Prefiero mil veces esta versión tuya que se atreve a maldecir.
Kaela lanzó una mirada fugaz hacia la puerta y luego a las paredes, bajando la voz.
—No puedo permitirme el lujo de la indiscreción en este lugar, Nyra. Este castillo posee ojos y oídos infiltrados en cada grieta de la piedra. Ahora, levántate. Tenemos una Luna que presentar a la corte y un alfa cuya paciencia se está agotando más rápido que la luz del día.
Tras una estúpida lucha de voluntades en la que estuve a punto de hacer estallar los candelabros, finalmente desistí.
Terminé sentada frente a un tocador, permitiendo que Kaela manipulara mi cabello con una destreza que jamás hubiera esperado de alguien que pasa la mitad de su existencia cubierta de sangre y barro.
—Nunca me había sentido tan humillada —mascullé, viendo cómo sus dedos entrelazaban mis mechones negros—. Me estás preparando como si fuera un cordero listo para el banquete de los colmilludos. Solo me falta la manzana en la boca.