
La mesa de la discordia

Caminar en fila india bajo la custodia de los “Celadores del Silencio” —nombre que se le daba a los guardias vampiros dentro del castillo— era una experiencia que rayaba en lo cómico. Ver a los lobos de la Guardia Oscura, seres que nacieron para desgarrar gargantas en la libertad del bosque, marchando con la rigidez de soldados de plomo, casi me arrancaba una carcajada.
Los vampiros y su patológica obsesión con el orden resultaban fascinantes; estas criaturas necesitaban encadenarse a tantas reglas para no morderse los unos a los otros por puro tedio eterno. Su civilización no era más que una jaula dorada diseñada para disimular una sed que los consumía por dentro.
Rhydian avanzaba a mi lado, su porte irradiando una autoridad que ninguna etiqueta podía contener. El heraldo, un sujeto lánguido y de tal lividez que parecía modelado en sebo, entonó sus títulos con una pompa que habría hecho vomitar a cualquiera:
—El alfa supremo, líder de la Guardia Oscura y protector de las fronteras de Avalorn —anunció, con una zalamería meticulosamente ensayada.
Pero cuando sus ojos, turbios y cansados, se posaron en mí, el pobre diablo vaciló. Su garganta se anudó de golpe y el pergamino en sus manos tembló. Sabía perfectamente quién era yo; o, al menos, conocía las leyendas negras que se susurran sobre las brujas. Le ahorré el penoso esfuerzo de buscar un adjetivo diplomático para mí que no existía.
—Basta con decir: “Nyra, la bruja” —le susurré al pasar, permitiendo que un atisbo de mis sombras acariciara su rostro.
El hombre retrocedió medio paso, el terror dilatando sus pupilas.
—...Y su acompañante: Nyra, la bruja —logró articular, con una voz que se quebró al final.
Aunque una parte de mi ego habría disfrutado el reconocimiento de ser llamada “la compañera del alfa”, el título de bruja resultaba infinitamente más divertido.
Pude sentir el cambio en la temperatura del salón. Algunos nobles vampiros se tensaron, y casi juraría haber escuchado el eco de sus estómagos revolviéndose ante mi presencia. Mi solo nombre evocaba hogueras, sangre y maldiciones; esas reacciones eran mi pequeño regalo de agradecimiento por haberme dejado entrar en su preciado castillo.
Mientras nos acercábamos a la gran mesa real, sentí la rigidez en el brazo de Rhydian. Sus músculos eran cuerdas de acero a punto de romperse. El eco de sus botas de cuero sobre el suelo de madera noble era el único sonido real en ese salón lleno de susurros de seda y veneno. El aire era asfixiante: olía a incienso rancio, ese que usaban para ocultar que el lugar era a todas luces una cripta glorificada.
El olor de los vampiros colisionaba violentamente con el olor de los lobos, ese aroma a bosque, tierra mojada por la lluvia y el sudor honesto de quien ha cabalgado días enteros.
Noté a varios vampiros llevarse pañuelos de seda bordada a la nariz con un gesto de asco supremo al percibir el aroma de la manada. Sentí un impulso casi incontenible de inclinarme sobre sus oídos y susurrarles que aquello que sus sentidos rechazaban era la única esencia verdadera que olerían en toda su eterna y rancia existencia.
Seguí con mi indiferencia y contemplé lo que ellos llamaban comedor real. Era un monumento a la arrogancia y al mal gusto funerario. Un salón inmenso, opresivo, diseñado meticulosamente para hacerte sentir insignificante, aunque en mi caso solo lograba despertar un deseo ardiente de prenderle fuego a los tapices.
Los techos abovedados se perdían en unas sombras tan densas que bien podrían haber estado ocultando gárgolas reales acechando nuestro menor desliz. Y esas velas negras... por favor. Goteaban una cera espesa y oscura, simulando heridas abiertas que sangraban lentamente sobre candelabros de oro.
Todo alrededor era muy poético, muy dramático, muy vampírico. Me daban ganas de aplaudirles el esfuerzo escenográfico, pero tenía una reputación de bruja amargada que custodiar.
A pesar de que la atmósfera era un bloque de hielo a punto de estallar, seguí el estricto protocolo que Kaela me había recitado como una letanía religiosa. Nos mantuvimos en pie tras nuestras sillas, ya que nadie se sentaba hasta que el Rey lo ordenara.
Era un cuadro fascinante: a un lado, los vampiros, tan rígidos y fríos, tal cual estatuas decoradas con seda; al otro, los perros, con los nudillos blancos de tanto apretar los pomos de sus espadas y listos para desatar el caos al menor signo de traición.
Rhydian, por derecho propio, ocupaba el lugar de honor a la izquierda del trono vacío. Y justo al lado derecho, como un recordatorio de que la muerte tiene rostro de vampira, estaba Vesna.
Sus ojos se clavaron en los míos con la misma calidez con la que un verdugo inspecciona el cuello de su próxima víctima. La última vez que nuestras miradas se cruzaron, ella exigió mi cabeza en una bandeja de plata adornada con flores de acónito; esta vez, parecía que tendría que conformarse con mi presencia en su mesa, respirando su aire y desafiando su estatus con cada uno de mis latidos.