El Lado Hermoso De La Bestia

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Un incendio interrumpido.

El aire que nos rodeaba se volvió opresivo, pero no por la magia del castillo, sino por el desafío que lancé. Verlo inmutable era casi un arte, una provocación silenciosa que me instaba a empujar los límites aún más. Pero el príncipe no era una criatura de silencios prolongados. Su sonrisa se ensanchó, revelando apenas las puntas de sus colmillos, y sus ojos carmesí brillaron con una malicia tan pura que me puso en alerta.

—¿Una piltrafa, dices? —murmuró, su voz suave como la seda, pero con el filo de una espada—. Piltrafa es en lo que se convertirá tu alfa supremo si persiste en superponerse sobre los vampiros y viene a mi castillo con exigencias. Rhydian cree que un pelaje grueso y unos colmillos de perro lo hacen nuestro igual, pero en este tablero, él es solo una pieza que se puede sacrificar si el invierno aprieta demasiado.

Él volvió a rodearme, su sombra alargándose como una mancha de tinta.

—Dime, bruja… ¿Te quedarás para presenciar cómo se convierte en una patética sombra de sí mismo, suplicando por piltrafas en nuestra mesa? ¿O acaso la bruja que alardea de no temer a nada huirá cuando vea a su lobo finalmente domado?

No sé qué fue lo que pasó. No sentí la magia bullir, ni el arrebato de la furia consciente. Mi cuerpo simplemente reaccionó. En un parpadeo, la daga estaba de nuevo en mi mano, y me abalancé sobre el príncipe con la velocidad de un rayo. Pero si las hadas grises eran veloces, un vampiro en su propio territorio era una burla a la rapidez.

Las lámparas humanas que tanto “admiraba” comenzaron a parpadear, la energía del lugar vibrando con el choque inminente. Mis estocadas eran rápidas, diseñadas para desgarrar gargantas, pero él las esquivaba con una facilidad insultante. Se movía con una fluidez que parecía detener el tiempo solo para él, sus manos permaneciendo cruzadas a su espalda o acomodándose su elaborado traje de aristócrata rojo con dorado, como si estuviera en un baile de salón.

Lancé un tajo que debería haberle rebanado la garganta, pero mi hoja solo cortó el aire frío. Alarik apareció a diez pasos a mi izquierda, manteniendo esa sonrisa estúpida en los labios.

—Ahora es mi turno de atacar —dijo de repente.

Entonces, el mundo se dio la vuelta. En un movimiento que mis ojos no pudieron seguir, estaba en el suelo. La piedra fría de la fuente se clavó en mi espalda, y el príncipe se cernió sobre mí, inmovilizándome.

Forcejeé, pero él ancló mis muñecas sobre mi cabeza. Yo apretaba la daga con ambos puños, luchando con cada fibra de mi ser por hundir la punta de la hoja en su cuello, pero él detenía mi avance con una facilidad que me enfurecía.

—No sabía que las brujas tenían tanta… fuerza bruta —su voz no era una amenaza, sino un ronroneo de fascinación pura que me revolvió el estómago—. Tenía la impresión de que solo sabían usar sus lenguas para lanzar maldiciones y conjuros cuestionables. Pero no me equivoqué: eres mucho más que una simple bruja de las Tierras Olvidadas.

Su rostro descendió, quedando a una distancia tanto peligrosa como asquerosa.

—Tus ojos no son los de una bruja común, Nyra —continuó, su voz apenas un susurro—. En ellos late el hambre de algo que debería haberse muerto hace ya muchos ciclos carmesíes.

Solté una risa ronca, una vibración de rabia impotente, pero cargada de un desafío que se negaba a morir.

—¿Y cuántas brujas ha tenido el placer de conocer su alteza, custodiado en un castillo como este? —escupí, retorciendo mis muñecas en un intento inútil por liberarme de su agarre de hierro.

—Oh, eres la primera que ha resultado digna de mi atención —admitió él—. Y debo decir que resultas… hipnótica.

Entonces, con una lentitud sádica y una fuerza que parecía burlarse de mi cuerpo, Alarik empezó a mover mis manos. Obligó a mis propios brazos a ceder, dirigiendo la punta de mi daga hacia mi propia garganta. Sus ojos, fijos en los míos, se dilataron con placer mientras disfrutaba de mi lucha.

Estaba claro que el terreno jugaba a su favor; mi magia se sentía como agua estancada bajo la magia del castillo, mis fuerzas menguaban, pero lo que realmente me irritaba era comprender que él no estaba usando todo su poder. El príncipe no era alguien indefenso, sino una amenaza que apenas si se estaba divirtiendo.

De pronto, el eco de unas pisadas violentas, como golpes de mazo sobre piedra, desgarró la tensión entre nosotros. Aflojé el agarre de la daga, elevando la mirada hacia la oscuridad del pasillo. No necesitaba verlo para saber quién venía; su aroma había perforado la magia opresiva del castillo mucho antes de que su figura apareciera.

Rhydian emergió bajo la luz plateada, y por un segundo, juraría que las piedras mismas del castillo temblaron ante su presencia. Su expresión era una máscara de furia contenida, una promesa de muerte tan real que el aire alrededor pareció prenderse fuego. Su cuerpo, tenso y masivo, parecía haber crecido bajo la presión de su rabia. Cuando sus ojos se posaron en la imagen del príncipe Alarik sobre mí, el dorado de sus pupilas estalló en un fulgor de oro puro, salvaje y absoluto.




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