
El rugido de la Bestia

Me movía por la habitación del castillo como un lobo enjaulado, mis pasos pesados haciendo eco en la piedra y una energía contenida que amenazaba con demoler todo lo que me rodeaba. El lujo opulento de los vampiros me sofocaba; cada detalle, desde los pesados cortinajes de terciopelo hasta el aroma persistente del incienso mezclado con la frialdad de las piedras, era un recordatorio constante de que yo no pertenecía a ese lugar.
Pero el verdadero tormento no era el encierro. Era ella.
Nyra.
Su presencia impregnaba el aire incluso en su ausencia. El rastro de su esencia seguía adherido a mi piel, a mis ropajes, incluso a mi propio aliento, como si ella misma me hubiera marcado con su fuego. Estaba embriagado con ese olor inconfundible a la humedad de la tierra tras una tormenta en las Tierras Olvidadas, al amargor letal de las mordelunas y a ese filo osado que desprendía su magia; un rastro que me mantenía en un estado de tortura constante.
Cerré los ojos y apreté los dientes hasta que la mandíbula me crujió, pero fue fútil. Mi mente estaba atrapada en un espiral incesante: la suavidad abrasadora de sus labios, la chispa de odio y deseo en sus iris desafiantes, la curva peligrosa de esa sonrisa falsa que siempre ocultaba una daga. Todo en ella era una provocación que encendía una hoguera primitiva en mi interior, una fiera que ya no sabía —o ya no deseaba— controlar.
Pasé ambas manos por mi rostro y solté un gruñido bajo que resonó en la habitación vacía. Aquel beso… aquel choque que habíamos compartido no fue una victoria como dictaba mi orgullo de alfa. No. Aquello había sido una rendición absoluta. Yo, el alfa que siempre mantenía el control sobre mi manada y mi destino, había caído de rodillas ante una bruja destinada a ser mi perdición. Y lo peor era que no podía decidir si aquello me enfurecía o me excitaba hasta el delirio.
El recuerdo de Nyra en aquel vestido volvió a asaltarme, golpeando mis sentidos. Lo había elegido pensando que resaltaría su figura, pero jamás imaginé que, al verla, mi cordura se tambalearía de forma tan peligrosa. Era un arma de doble filo: tan letal como hermosa. Mientras que para otros su presencia inspiraba temor, para mí era un espectáculo hipnótico del que no podía, ni quería, apartar la vista. Y, sin embargo, la sola idea de que otro par de ojos pudiera posarse en ella, ya fuera con codicia o desprecio, inyectaba en mi sangre un arrebato de pertenencia que apenas lograba contener bajo mi piel.
Pero más que su belleza mortal, lo que realmente me desarmaba era su espíritu indomable. La imagen de Nyra enfrentándose a la princesa Vesna resurgió en mi mente. Pude escuchar el filo en sus palabras, sentir la tensión en el aire mientras ella desafiaba a la realeza carmesí sin un atisbo de temor. Había intentado advertirle, pedirle que se comportara, que midiera sus palabras, pero sabía en lo más profundo de mi ser que era inútil tratar de domar a esa bruja.
Y aunque como alfa aquello debería haberme enfurecido, mi bestia interior rugió con una aprobación salvaje. Nyra no solo desafiaba las convenciones; desafiaba todo lo que yo creía saber sobre el poder y el control. La fuerza siempre había sido mi único norte, y ella era el epítome de esa fuerza. Cada desafío, cada mirada cargada de incendio y cada palabra mordaz eran el recordatorio de por qué no podía apartarme de su lado.
Ella se había vuelto mi perdición y, al mismo tiempo, mi salvación.
Sin embargo, esa noche todo lo que Nyra pudo haber provocado en mí se evaporó al segundo en que la vi con el príncipe Alarik. Nada, absolutamente nada en mis ciclos carmesíes como alfa, había inyectado tanto veneno en mis venas como la visión de las manos de ese príncipe pálido sobre la piel de Nyra. La imagen se repetía en mi mente como una tortura cíclica, un eco maldito que hacía que mi bestia rascara el interior de mi cráneo, exigiendo libertad para destrozar. Por un instante, mientras observaba a Alarik en el salón, el instinto primitivo no me susurró; me gritó que le arrancara el cuello allí mismo, frente a su corte de parásitos.
No eran simples celos; era algo más profundo, una herida visceral en mi naturaleza. Era el instinto territorial que me definía como alfa.
Ver a Alarik, un ser que no pertenecía al ciclo de la vida, un muerto que caminaba envuelto en encajes y arrogancia, tocar lo que la Luna había destinado para mí… era una injuria que mi sangre no podía tolerar.
No podía evitar comparar nuestros mundos. Mi mundo era fuego, pelaje y rugidos; el suyo era una elegancia distante, una frialdad de tumba que buscaba marchitar todo lo que tocaba. Para ese vampiro, Nyra era una pieza en un tablero, una presa exótica para su colección de curiosidades. Esa idea me llenaba de desprecio.
Para mí, Nyra era mucho más. Ella era fuego y tormenta; era el caos necesario que venía a completar el vacío de mi alma.
El recuerdo del beso volvió a golpearme, robándome el aire. No había comparación posible con nada de lo que hubiera vivido antes. Con otras mujeres, los encuentros habían sido meras descargas físicas, momentos fugaces de necesidad y alivio que se olvidaban al salir el sol. Pero con Nyra… con ella, sentí cómo mi alma encajaba con la suya, como si finalmente hubiera encontrado la pieza que me faltaba. No fue solo placer; fue una explosión de poder, una conexión tan profunda que parecía haber marcado mi esencia para siempre. Su sabor seguía quemando en mis labios: amargo como el veneno y dulce como el néctar, un elixir prohibido que ahora necesitaba para convencerme de que todavía estaba vivo.