El Lado Hermoso De La Bestia

|30|

Ella es su Luna; él es su hogar.

Mientras avanzaba por el pasillo sumido en una penumbra asfixiante, mi instinto de depredador —esa parte de mí que nunca dormía— lanzó una advertencia antes de que mis ojos confirmaran que alguien se acercaba. Mi corazón dio un vuelco al reconocer la silueta quimérica que emergía de las sombras.

Era Nyra.

Vestía su habitual vestido negro que flotaba a su alrededor como si tuviera vida propia. El corsé ajustado delineaba su figura magra con una exactitud que antes me habría parecido una distracción peligrosa; ahora me resultaba un mapa de anhelos prohibidos, una invitación al desastre. Sabía que bajo esa seda ocultaba una daga, una hoja lista para encontrar mi corazón si se lo proponía.

¿Por qué, de pronto, lo que antes me parecía una amenaza de muerte ahora me resultaba la promesa más excitante de mi existencia?

Nyra se detuvo frente a mí. En ese instante, los muros del castillo parecieron encogerse hasta que el universo entero se redujo al espacio que nos separaba. La tensión era un hilo invisible a punto de enredarnos para siempre.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté. Mi voz me traicionó; salió más ronca, más rota, cargada de una aspereza que delataba cuánto me estaba costando no acortar la brecha entre nosotros.

—Este pasillo solo lleva a un destino, mi alfa —respondió ella, y el destello de suficiencia en sus ojos me recordó por qué la odiaba y la deseaba a partes iguales—. Es más que evidente que mi camino terminaba en ti.

—¿Y qué pretendes obtener de mí a estas horas? —insistí, cerrando los puños para no tocarla.

—Obtener… deseo obtener muchas cosas de ti —disparó de inmediato, anclando su mirada en la mía con una audacia que me robó el aliento—. Pero en este momento me conformaría con que terminaras la frase que no lograste completar por culpa de la inoportuna interrupción de Kaela.

Me obligué a mantener la mandíbula apretada, sintiendo cómo el frío que emanaba de su piel chocaba contra el incendio que era mi propio cuerpo.

—No tengo idea de qué estás hablando —mentí, aunque el vínculo que nos unía gritaba la verdad.

—Claro que lo sabes —aseguró ella, acortando el espacio con un paso lento, casi felino—. Hablo de lo que dijiste justo cuando me tenías atrapada, cuando tus ojos prometían incendiar este castillo y tu boca estaba a un suspiro de la mía. Termínala.

Mi cuerpo entero se encendió. Cada fibra de mi ser, cada gota de sangre, ardía con una necesidad primitiva que amenazaba con romper mi forma humana. Ella me miraba fijamente, esperando mi rendición, exigiendo que admitiera que ella era la dueña de cada uno de mis pensamientos impuros. Sabía que cualquier palabra que soltara en ese momento no sería un discurso, sino una confesión que nos devoraría a ambos.

Usé mi altura para cernirme sobre ella, no por un deseo de intimidarla, sino por la agónica necesidad de ver si, por una vez, retrocedía ante la tormenta que yo era. Pero Nyra no se movió. Se mantuvo firme, desafiándome con un escrutinio que parecía descifrar cada uno de mis pecados y bendecirlos.

—Dijiste: “Esta noche tú y yo…” —Me recordó, con su voz siendo un susurro cargado de expectación—. ¿Qué era lo que el gran alfa supremo no pudo terminar de decir?

Me incliné hacia ella hasta que nuestros pechos casi se rozaron, hasta que pude percibir el latido errático de su corazón compitiendo con el mío.

—Pensé que una bruja tan astuta sabría descifrar lo no dicho —respondí, mi voz convertida en un gruñido grave que rozaba la súplica—. No eran simples palabras lo que iba a entregarte, Nyra. Era una advertencia.

—¿Una advertencia contra qué? —preguntó, y juraría que vi un destello de anticipación hambrienta en su mirada.

—Contra mí —confesé, dejando que mi frente rozara la suya—. Contra lo que sucede cuando un lobo deja de luchar contra su luna y decide que ya no le importa el precio de su alma con tal de poseerla.

Mi rendición y vulnerabilidad ante ella de pronto se vieron asfixiadas por una oleada de rabia que había estado macerándose en mis entrañas desde el maldito banquete. La imagen de Alarik, con sus manos pálidas y muertas sobre ella, volvió a quemarme la piel.

—¿En realidad venías hacia mí? —solté, y el tono de reclamo fue una herida abierta, imposible de ocultar bajo mi máscara de mando—. ¿O acaso buscabas en el príncipe la frase que no pude terminar? ¿Es que el frío de un vampiro te resulta más cómodo que mi calor?

Nyra sonrió. No fue una sonrisa de disculpa, sino una chispa de provocación pura que bailó en sus pupilas oscuras.

—No sabría decirte… —musitó, y su dedo índice trazó una línea lenta, casi agónica, sobre el cuero de mi chaleco, justo donde latía mi corazón desbocado—. Al menos el príncipe no ladra mandatos cada vez que respira, ni intenta marcar territorio como un animal desesperado que teme que le arrebaten su presa.

—No me tientes, Nyra —le advertí, apresando su mano con un vigor que hizo que el aire se espesara entre nosotros—. Llevo toda la noche oliendo la muerte en este castillo, y lo único que me ha mantenido cuerdo es saber que tu sangre todavía corre caliente. Saber que eres real, palpitante y mía, aunque seas mi absoluta ruina.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.