
El peso de una manada

Regresar a la manada después de dos lunas en la Capital Carmesí se sintió como recibir un golpe de realidad en pleno rostro; uno que olía a tierra húmeda, resina de bosque y al sudor rancio de demasiados lobos convencidos de que su fuerza bruta podía remendar un reino que ya estaba hecho trizas.
Odiaba lo rápido que mi cuerpo se había acostumbrado al entorno de este lugar. Odiaba aún más la forma en que mis sentidos habían empezado a ver el caos de la Guardia Oscura como algo... familiar. Patético.
En el castillo de los chupasangre, Rhydian había sido mi sombra, un alfa territorial que no me quitaba los ojos de encima, ya fuera por deseo o por la desconfianza que cualquier ser con pizca de sensatez debería tenerme. Pero aquí, en su preciada manada, el “alfa supremo” había vuelto a ser propiedad de la manada. Se pasaba los días sepultado en reuniones interminables con ancianos que olían a perro decrépito y guerreros con el cerebro del tamaño de una mordeluna que discutían sobre suministros, fronteras y la inminente amenaza que soplaba desde las Tierras Grises.
Yo, por mi parte, experimentaba una sensación nueva y profundamente irritante: una picazón bajo la piel, un vacío sutil pero persistente que se instalaba en mi pecho cuando no escuchaba su zancada pesada cerca de mí. Era una debilidad que no pensaba admitir ni bajo la más refinada tortura vampírica. Yo era una bruja; no necesitaba a un lobo para sentirme completa y, sin embargo, la ausencia de su energía febril me dejaba extrañamente descolocada, como si me faltara el norte en una tormenta.
Las noches eran la única tregua. Mi única dosis de veneno dulce.
Rhydian siempre regresaba tarde, con los hombros cargados por el peso muerto de su manada, pero su primer instinto, antes de soltar el aire siquiera, era buscarme. Sus brazos se habían convertido en un ancla, un refugio de calor que lograba lo que ninguna poción o hechizo de mi repertorio había conseguido: silenciar las voces que rasgaban las paredes de mi mente. Me estaba acostumbrando peligrosamente a su temperatura, a la fricción de su piel rugosa contra la mía, a esa seguridad tangible que solo él, con su arrogancia protectora, sabía inyectarme en las venas.
Pero el idilio se marchitaba antes de que el sol se atreviera a asomar por el horizonte. Siempre se marchaba antes del amanecer, dejando como único rastro un beso abrasador en el punto exacto entre mi cuello y mi oreja. El deber de un alfa, al parecer, no entendía de sábanas de seda ni de descansos.
Cada vez que sentía la presión de sus labios sobre mi piel, yo fingía indiferencia. Mantenía el cuerpo laxo y la respiración rítmica, aunque por dentro estuviera a un milímetro de gritarle que mandara al diablo a su consejo y se quedara conmigo. Estaba casi segura de que Rhydian detectaba la mentira detrás de mi máscara; los lobos tienen un talento molesto para oler el miedo y, en mi caso, para rastrear el anhelo que se filtraba por mis poros.

Una madrugada, la inquietud fue más fuerte que el deseo de retenerlo en la cama. Me escabullí de su abrazo antes de que él decidiera levantarse. Pero, por supuesto, él notó mi ausencia al instante; abrió esos ojos de oro y turquesa, cargados de un sueño que se negaba a disfrutar por el simple placer de vigilarme. Patético y adorable a partes iguales.
—¿A dónde vas? —Su pregunta no fue una curiosidad, sino un gruñido cargado de ese celo lupino que me erizaba la piel.
—Solo saldré a comprobar si el mundo sigue siendo un lugar despreciable —respondí, dándole la espalda mientras deslizaba el vestido negro sobre mis hombros.
—¿A dónde exactamente? —insistió. Escuché el crujido de la cama bajo su peso. Podía sentir su mirada quemándome la nuca, rastreando cada parte de mi piel expuesta como si fuera un territorio por conquistar.
—Tú descansa, Rhydian. Tienes una manada a la cual proteger y alimentar. No necesitas mi permiso para ser un héroe, ni yo el tuyo para caminar.
—No descanso sin ti a mi lado. Lo sabes.
—Si sobreviviste sin mí durante todos los ciclos carmesíes de tu existencia antes de que el destino te arrastrara a mi abismo, sobrevivirás unos minutos sin sentir mi pulso —le solté con mi habitual veneno, aunque mis dedos traidores temblaron un poco al ajustar el cordaje del corsé.
Necesitaba aire. Necesitaba el frío de la madrugada para recordar quién era yo antes de que él empezara a reescribir mi hechizo. Necesitaba recordar que era una bruja, no una loba domada hecha para calentar el lecho de un lobo.
Salí al fresco hostil de la mañana, dejando que la bruma me lamiera el rostro, y caminé hacia mi árbol, ese rincón de ramas retorcidas y raíces nudosas que era lo más parecido a un trono que este lugar de bárbaros podía ofrecerme. Pero antes de que mis pies tocaran la madera, un destello de luz me distrajo desde la ventana de la cocina.
Me acerqué con la cautela de un depredador que vigila a su presa, o quizás con la curiosidad de una bruja que siempre espera una traición, y allí encontré a Eiluned.