
El paseo hacia la gloria

El silencio que siguió a las palabras de Eiluned se alargó más de lo estrictamente necesario, cargado de una gratitud que me hacía sentir como si estuviera hundiéndome en arenas movedizas. Odiaba la ternura; era una emoción blanda, viscosa y potencialmente letal. Es el tipo de distracción que te induce a bajar la guardia justo antes de que un enemigo te abra el cuello de oreja a oreja.
Estaba a punto de soltar algo lo suficientemente ácido para restaurar el equilibrio de mi cinismo, cuando la puerta de la cocina se abrió con un estruendo seco, casi arrancando las bisagras de la madera.
Rhydian irrumpió como una tempestad invernal que no solicita permiso para arrasar con todo a su paso. Su sola presencia pareció encoger las paredes de madera; el aire se saturó de inmediato con su olor a bosque, cuero y ese magnetismo volcánico que me erizaba el vello. Sus ojos, cargados de la urgencia de un depredador que busca una amenaza activa, recorrieron cada rincón.
Se detuvo en seco. Sus fosas nasales vibraron, captando el rastro de nuestra conversación, el aroma de la carne asándose y, sobre todo, la cercanía antinatural entre su madre y yo.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —su voz no fue una pregunta, fue un bramido que hizo vibrar todo alrededor.
Se fijó en mi mano, que aún sostenía el cuchillo sobre un trozo de venado sangriento. En su limitada mente de lobo territorial, supongo que la imagen de una bruja armada junto a su madre era el prefacio de un funeral, no de un desayuno. Estaba aturdido, con los músculos de los hombros tan tensos que parecían a punto de estallar bajo su túnica. Su instinto de protección estaba librando una guerra contra el alivio que intentaba abrirse paso.
Seguí troceando la carne con una parsimonia insultante. No iba a darle el gusto de verme sobresaltada por su entrada dramática de guerrero herido. En cambio, Eiluned, que no se había inmutado lo más mínimo ante la tempestad que traía su hijo, levantó la vista con una calma que rozaba la insolencia más pura.
—No hay nada que temer, Rhydian —sentenció con voz firme, la clase de voz que solo una madre puede usar para reducir a un alfa supremo a cachorro revoltoso—. Ve a lavarte y luego desayunemos.
Rhydian no se movió. Sus ojos buscaron los míos, analizando mi expresión en busca de una señal de que su madre me había acorralado o, peor aún, de que yo había intentado maldecirla. Pero solo encontró mi aburrimiento fingido y una chispa de desafío oscuro. Verlo así, tan descolocado ante la visión de una alianza que jamás imaginó en sus sueños más febriles, fue casi tan satisfactorio como un buen veneno.
Finalmente, sus hombros se relajaron apenas un milímetro, y dejó escapar un suspiro sibilante, como si el aire del interior le quemara los pulmones.
—Parecían... —empezó a decir, pero se cortó, incapaz de admitir en voz alta que nos imaginaba en medio de un duelo a muerte.
Eiluned frunció el ceño, claramente exasperada por la paranoia de su cachorro grande. Dejó el cucharón y le hizo un gesto severo hacia la salida, como quien despacha a un perro molesto.
—Vete ya, Rhydian. No he dicho ni hecho nada que la incomode; al contrario de lo que tus limitados instintos de alfa te dictan, todo está bien entre nosotras. Hemos compartido palabras agradables, aunque dudo que sepas lo que eso significa sin un tratado de paz de por medio.
Él nos observó a ambas con una desconfianza palpable, como si esperara que, en cuanto se diera la vuelta, nos lanzáramos los cuchillos a la cara. Lanzó una última mirada cargada de posesividad hacia mí —una advertencia de que hablaríamos de esto más tarde— y obedeció a regañadientes, saliendo de la cocina con la pesadez de un oso al que le han arrebatado su presa.
Me quedé mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo el ambiente recuperaba su temperatura normal, aunque mi pulso, ese traidor, seguía un poco más rápido de lo habitual. Continué ayudando a Eiluned a poner los platos de madera rústica sobre la mesa, intentando con todas mis fuerzas que mis ojos no buscaran la sombra de Rhydian a cada pocos segundos.
Eiluned lo notó. Por supuesto que lo hizo.
—Rhydian no es de los que huyen, Nyra —comentó, acomodando los cubiertos con una sonrisa cargada de significado—. Tiene raíces tan profundas como las de un roble milenario cuando se trata de lo que desea. Y te aseguro, por la sangre que nos une, que nunca lo he visto desear algo con tanta ferocidad como lo que siente cuando entra en una habitación y te encuentra en ella.
Resoplé, intentando mostrar todo el desdén que pude reunir para ocultar el vuelco estúpido que dio mi corazón.
—Los robles también se derrumban si les cae el rayo adecuado, Eiluned —repliqué con mordacidad—. Y yo soy una tormenta bastante persistente.
La ex-Luna soltó una risa suave, casi musical. Estaba acostumbrada a mis dardos verbales; sabía que, en mi idioma de sombras y espinas, esa era la forma en que admitía que el lobo finalmente había logrado arrastrarme a su guarida.
—Entonces prepárate —dijo ella, guiñándome un ojo—. Mi hijo es un roble bastante difícil de derrumbar.