El Lado Hermoso De La Bestia

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Un Hambre Insaciable Disfrazada de Mujer

El sol del mediodía era sencillamente detestable. Se derramaba sobre el lago, desnudando cada roca y cada onda del agua con una luz dorada que me recordaba, de forma irritante, a los ojos de cierto lobo que se empeñaba en habitar mis pensamientos. La luna, al menos, tenía la decencia de ser una mentirosa; ocultaba los bordes afilados del bosque y me permitía existir en las sombras que yo misma proyectaba. Pero bajo este resplandor implacable, me sentía desnuda ante el bosque.

Me quedé allí, en la orilla, sintiendo cómo los rayos del sol chocaban contra la frialdad que aún brotaba de mi piel. Mis ojos se perdieron en la espesura del bosque, siguiendo esa sensación extraña y punzante que me acompañaba desde hacía algunas lunas.

Estaba perdiendo el hilo de mi propia historia, y eso era lo más peligroso que le podía pasar a una bruja.

Había llegado a la guardia oscura con un plan claro en mi mente, pero últimamente los hilos de mi estrategia se estaban convirtiendo en nudos que amenazaban con asfixiarme. Me encontraba asumiendo mi papel al lado de Rhydian con una seriedad que me producía náuseas. ¿Era yo quien elegía quedarme cada noche a su lado, o era el eco de mi propio hechizo el que me estaba arrastrando hacia un abismo que no había planeado saltar?

Las brujas no sienten; las brujas calculan, observan y, cuando el tablero las aburre o las acorrala, le prenden fuego y caminan sobre las cenizas.

No tenía claro mi pasado, pero me habían repetido tantas veces aquellas palabras que las tenía grabadas en mi alma. Al sentirme de esta manera, ya no sabía si esas palabras eran una advertencia para mantenerme a salvo... o una condena para mantenerme sola. Y sin embargo, ¿cómo explicar la calidez estúpida que me invadía cuando los brazos de Rhydian me rodeaban? ¿Cómo negar el vacío que sentía cuando su calor no estaba cerca para quemarme?

Apreté con fuerza los pliegues de mi vestido negro. Bajo esta luz maldita, el tejido revelaba hilos violetas ocultos, una dualidad de colores que me irritaba profundamente porque reflejaba exactamente mi estado mental: una sombra que empezaba a mostrar matices que no debería tener.

—Controla tus impulsos, Nyra —me siseé a mí misma—. La vulnerabilidad es solo una forma lenta y patética de morir.

Fue entonces cuando el aire cambió.

El aroma a pino, tierra mojada y ese almizcle cálido y animal de Rhydian quedó sepultado bajo un rastro nauseabundo de ozono y frío amargo, cortando el aire como una hoja invisible. Reconocía ese rastro; era el olor de la magia que se pudre antes de florecer.

—Sal de tu escondite, Calenor —ordené—. Tu rastro apesta a desesperación y tu sutileza es tan inexistente como tu poder.

El crujido de las hojas secas fue casi musical, un paso ligero que no pertenecía a un lobo. La espantosa cabeza de Calenor se asomó por un lado de un roble, y en un parpadeo, estaba recostada contra un árbol cercano a mí con esa postura suya que siempre parecía demasiado cómoda para la situación.

—Te esperé por varias noches, Nyra —soltó Calenor, dejando que su voz arrastrara una pereza fingida—. Al ver que no aparecías, llegué a pensar que ese Alfa te había devorado finalmente las piernas… o quizás te devoró algo mucho más interesante.

Sus ojos recorrieron mi figura con lentitud, buscando grietas, analizando el brillo inusual en mi mirada que no estaba dispuesta a mostrarle.

—Verte aquí, bajo un sol tan alto y tan... inusual —continuó, con su tono burlón e insoportable—. Realmente no esperaba que las brujas oscuras fueran tan amantes del día. ¿El calor del lobo te ha derretido el juicio?

Ignoré el anzuelo de sus provocaciones. Las palabras de Calenor eran como moscas zumbando alrededor de un cadáver: molestas, pero irrelevantes. En su lugar, dejé caer mi vista sobre ella, recorriendo cada parte de su cuerpo teñido de arrogancia burda. Su postura pretendía ser relajada, pero gritaba alerta, y finalmente me anclé en sus ojos.

Eran pozos que escondían secretos, pero yo era experta en bucear en la podredumbre ajena sin ahogarme. Le sostuve la mirada, aplicando una presión que no conocía la prisa ni la piedad. Quería que sintiera el peso de mi linaje, el poder de mi magia, recordándole que, aunque jugara a ser peligrosa, seguía siendo una sombra inferior frente a mí.

Fue ella quien cedió primero. Carraspeó, rompiendo el silencio y, aunque su tono intentó oscilar entre la burla y la ligereza, algo en su voz sonaba demasiado afilado para ser genuino.

—¿Por qué me miras así? Si me extrañabas tanto, podrías simplemente decirlo en lugar de intentar quemarme con esa mirada espantosa.

Me permití una pequeña sonrisa, una de esas que no invitan a la calma, sino que advierten.

—¿Cómo lo hacen, Calenor? ¿Cómo es que las Hadas Grises logran infiltrarse en estos bosques, burlar el olfato de mil lobos y no dejar rastro? No es solo sigilo. Es algo más.

Calenor arqueó una ceja. Por una fracción de segundo, una sombra de algo innombrable cruzó su rostro antes de que su máscara volviera a soldarse en su sitio.




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