El Lado Hermoso De La Bestia

|34|

El Peso de una Corona de Mentiras

Si mis sospechas eran ciertas y había otras brujas moviendo los hilos, significaba que yo no era el arma definitiva en este juego. Me habían reducido a una pieza, una ficha que alguien estaba dispuesto a sacrificar en un tablero mucho más antiguo y oscuro de lo que jamás había imaginado. Y si brujas se aliaban con hadas grises y lobos traidores, Rhydian no enfrentaba una simple rebelión. No, esto era una conspiración tejida en las sombras durante varios ciclos carmesíes, cada hilo entrelazado con una paciencia fría y metódica que solo podía nacer de un odio profundo o de algo peor: de alguien que sabía que el tiempo estaba de su lado.

A pesar de todo, mantuve mi rostro impasible. Pero mis dedos, ocultos entre los pliegues de mi vestido, se cerraron en un puño antes de que pudiera detenerlos.

Calenor debió notar la vibración de mi furia, porque soltó una risa nerviosa y retrocedió un paso, buscando el amparo de los árboles.

—Bien, tal vez no sirves a las Hadas Grises directamente —concedió con una ligereza que sonaba más falsa que una promesa de vampiro—. Pero no todas las de tu clase son tan... inconvenientemente rebeldes como tú, Nyra. Algunas han comprendido que es preferible el orden de un mundo nuevo al caos sangriento de una guerra que ya tiene un claro ganador. —Sus ojos se afilaron, brillando con una malicia renovada—. Pero no desperdicies tiempo preocupándote por ellas. Preocúpate por ti, Luna. ¿O es que tu corazón ya no es el témpano que tanto presumes? ¿Es eso lo que pasa? ¿Acaso ya no deseas el poder de Rhydian para ti misma, sino que ahora deseas al hombre que lo porta?

—Las brujas no tenemos corazón.

La respuesta salió de mis labios como un látigo de fuego, inmediata y cortante. Pero traicioné mi propio mantra: mi mano se cerró alrededor de la empuñadura de mi daga con una fuerza tan ciega que el borde del metal se hundió en mi palma. Sentí el calor de mi propia sangre empezando a manchar el cuero, un recordatorio de que, por mucho que pretendiera ser de hielo, seguía siendo de carne.

Una sonrisa de triunfo comenzó a dibujarse en el rostro de Calenor, saboreando la flaqueza que mi voz no pudo ocultar del todo. Pero antes de que la burla terminara de cuajar, su expresión se quebró y dio paso a algo más profundo, más sombrío: una tristeza antigua, tan arraigada que parecía haber olvidado cómo llorar.

—Es lo mejor, porque tener un corazón solo te convierte en un blanco fácil. En este reino podrido, los sentimientos son el arma más mortal... y también la más sencilla de usar en tu contra.

Sus palabras no sonaron como una amenaza; eran una verdad aprendida a un precio demasiado alto.

—¿Qué vas a saber tú de tener un corazón, alimaña? —le espeté, intentando ocultar el temblor apenas perceptible de mi mano herida.

—Lo suficiente como para decirte que ese vacío en tu pecho es tu mayor bendición —replicó ella, sopesando sus palabras—. Ese agujero te dará la fuerza necesaria para sobrevivir cuando todo lo demás arda. Pero por ahora, me retiro. No quiero que el olor a perro me arruine el día. Tu dueño se acerca.

—¿Tus runas también te dan el poder de saber cuándo un lobo está cerca? —pregunté con mofa mordaz.

—No necesito runas para eso —una mueca de asco genuino cruzó su rostro—. El bosque cambia cuando él camina; el aire se torna más denso. Pero tú... tú eres la señal más clara. Tu cuerpo se tensa, tu respiración se quiebra, y esa mirada de bruja soberbia que tanto ensayas se convierte en la de una hembra esperando a su protector. —Se detuvo un instante antes de soltar las últimas palabras como un veneno lento—: Me das náuseas.

Sin esperar respuesta, Calenor se fundió con la espesura del bosque, dejando tras de sí el rastro amargo de su desprecio y una verdad que me quemaba más que la herida de mi mano.

Me quedé sola, envuelta en un silencio que de pronto me pareció demasiado ruidoso. Intenté, con una furia fría, sosegar mi respiración y obligar a mis hombros a relajarse. Y sobre todo, me quedé odiando que las palabras del hada fueran ciertas.

Mi cuerpo sabía que él estaba ahí antes de que mi magia pudiera entenderlo.

El hedor de Calenor se desvaneció, barrido por el regreso de lo que yo, en mi debilidad, consideraba el olor del hogar. Salvia. Tierra húmeda. Bosque vivo. Él.

El crujido de una rama quebrándose bajo una bota pesada rasgó el silencio. Alcé la vista y lo vi emerger de entre las sombras de los robles, como si siempre hubiera estado ahí, esperando el momento perfecto para aparecer. La luz del sol golpeó su figura imponente, arrancando destellos dorados de su cabello y encendiendo sus ojos con una intensidad quieta que no pedía permiso para desarmarme. Era una mirada absoluta, una que ninguna runa podría mitigar, y sentí cómo me recorría entera, desde la nuca hasta los talones, reclamando cada parte que veía de mi cuerpo.

No dijo nada al principio, ni le hacía falta. La calidez que siempre irradiaba al verme se extinguió como una llama bajo el hielo. En su lugar, quedó la alerta afilada de la bestia que detecta sangre antes de ver la herida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.