
El huracan y el lobo

El bosque parecía contener la respiración, como si los mismos árboles fueran testigos mudos de una tensión que no les pertenecía, pero que no podían ignorar. La luz de la luna se derramaba entre las ramas desnudas, mientras que el aire frío permanecía cargado con la promesa de una tormenta que aún no llegaba.
Me encontraba de pie junto a un roble milenario cuyas raíces se habían hundido en la tierra mucho antes de que el primer Alfa Supremo se atreviera a caminar sobre ella. Suspiré largamente, intentando relajar mi postura rígida y preparándome mentalmente para la conversación que tendría.
Tras de mí escuché los pasos de Zander resonando contra el suelo cubierto de hojas secas. No había prisa en su andar, pero tampoco calma.
—Llegas tarde —dije, sin volverme a mirarlo.
Zander detuvo su marcha a unos pasos de distancia. Su presencia era tan imponente como siempre, una mezcla de fuerza contenida y peligro latente.
—No sabía que esto era una audiencia oficial con la corona —replicó. Su tono era seco, goteando una ironía que pretendía desafiarme.
Suspiré profundamente una vez más antes de girarme hacia él. La luz plateada arrancaba destellos de sus ojos ámbar, que en ese momento parecían pozos de un resentimiento insondable. Su expresión era una máscara de desdén cuidadosamente esculpida.
—La Manada de Hierro ha enviado un mensajero —dije finalmente, mi voz rompiendo el silencio como un hacha sobre madera verde—. Las hadas grises han cruzado su frontera oeste, y temo que no se trate de una simple provocación. Están corrompiendo los bosques, marchitando las cosechas y silenciando los ríos —Hice una pausa, intentando medir su reacción—. El Alfa de Hierro me necesita allí antes de que se pierda el rastro de las grises.
Su respiración era pesada, el ritmo de un depredador que contiene un zarpazo.
—¿Es esa una razón de peso para marcharte? —preguntó, su tono cargado de un sarcasmo que me escocía más que cualquier herida—. ¿El Alfa Supremo abandona su hogar porque unas hadas han decidido jugar en los jardines de Hierro? Que su propio Alfa salga a cazarlas. Para eso están los alfas de territorio, ¿no es así?
Me acerqué y puse mi mano sobre su hombro, sintiendo su cuerpo tensarse bajo mi palma.
—No puedo estar en dos lugares al mismo tiempo, Zander —sentencié, bajando la voz hasta que solo los árboles pudieron escucharnos—. La misión en las Tierras de Hierro es un incendio que no puedo permitir que se extienda, pero tampoco puedo ignorar el vacío que dejo a mis espaldas. Esta manada... nuestra familia... requiere de un protector absoluto mientras mis pies no pisen este suelo. Necesito a alguien a quien poder confiarle, sin dudar, mi propia vida.
Apreté los dedos sobre su hombro, buscando anclarlo a mi voluntad.
—Eres el único en quien confío para mantener esta manada en pie. Te estoy exigiendo que seas mi brazo y mi voz mientras no estoy.
Zander se zafó de mi agarre con un movimiento brusco. Se dio la vuelta, dándome la espalda, un desplante que a cualquier otro habría costado la cabeza.
—¿De verdad te atreves a hablar de confianza, Rhydian? —soltó una risa seca, carente de toda alegría—. Porque cuando se trata de ella, tu supuesta confianza se evapora. Me pides que proteja a la manada, pero me ignoras cuando te digo que ya tienes al enemigo durmiendo en tu cama. Me usas como tu protector cuando te conviene, pero me tratas como a un extraño cuando intento salvarte de tu propia ceguera.
Sus palabras me golpearon en el pecho. Sabía que el conflicto del Consejo no se había enfriado, pero escucharlo así, en el corazón de nuestro bosque sagrado, hacía que la tensión entre nosotros se sintiera más real.
—Lo que me vincula a Nyra no es algo que pueda explicarte con leyes o tradiciones, hermano.
—Qué conveniente que ahora recuerdes que soy tu hermano.
Cerré los ojos un instante, pidiendo una paciencia que la Madre Luna rara vez me concedía.
—Mi posición me obliga a cargar con pesos que tú aún no comprendes, y con responsabilidades que nunca has tenido que cargar. Pero necesito que comprendas que Nyra... ella ya no es una extraña. Es parte de la manada. Es parte de mí. Te necesito para proteger lo que me pertenece, Zander. Y eso, te guste o no, la incluye a ella.
Zander se giró entonces. Su rostro se había transformado en una máscara de piedra tallada por una violencia contenida, una furia a punto de desatarse.
—Jamás —espetó. La palabra cayó entre nosotros con el peso de una sentencia—. Jamás la reconoceré como parte de nuestra sangre. Podrá ocupar tu cama, Rhydian, podrá portar tu marca, pero nunca será uno de los nuestros. Ante mis ojos, siempre será el puñal que esperará el momento justo para hundirse en tu espalda.
Sentí una punzada de frustración clavarse en mi pecho como un puñal al rojo vivo. Deseé rugirle, sacudirlo hasta que sus prejuicios se hicieran añicos contra el suelo, pero la violencia no cura la terquedad. Zander era un roble viejo: prefería hacerse añicos antes que doblarse.