
Hierro y cenizas
PARTE I

Viajar con Rhydian resultaba ser una experiencia exasperante para cualquiera que valorara su cordura. Para mi suerte, la mía se había quebrado muchos ciclos carmesíes atrás.
Mi querido alfa había recurrido a todo su arsenal de órdenes huecas y gruñidos de bestia dominante para intentar dejarme atrás en la Guardia Oscura. Alegó, con esa vena palpitando en su cuello que tanto me gustaba provocar, que las tierras del Oeste no eran un lugar seguro para mí. Qué enternecedor. Como si yo no fuera la criatura más inocente y débil del reino. Obviamente, cedió. Siempre terminaba haciéndolo cuando se daba cuenta de que mi terquedad era infinitamente más antigua y letal que sus instintos territoriales. No me sometía ante él; simplemente le permitía creer que tenía el control hasta que mi boca contra la suya le recordaba quién gobernaba sobre su juicio.
Así que allí estábamos, cruzando los límites de la Manada de Hierro en respuesta al grito de auxilio de su Alfa. Al parecer, las Hadas Grises estaban haciendo de las suyas en la frontera, dejando un rastro de masacres que los perritos no podían contener por sí solos.
En cuanto detuvimos nuestra marcha y puse un pie en el centro de la manada, me di cuenta de que habíamos abandonado la reconfortante hostilidad del norte para adentrarnos directamente en un infierno de «amabilidad». Un pomposo cortejo de bienvenida nos esperaba, y mi primera reacción fue enarcar una ceja con puro desdén.
Los lobos de la Guardia Oscura solían pavonearse envueltos en pesadas pieles de animales y cueros toscos, oliendo a bosque y lluvia. Eran rústicos, predecibles. Pero estos lobos del Oeste... eran otra historia.
Lo primero que me golpeó fue su porte. No era solo la vestimenta, que desafiaba la comodidad al mezclar el cuero curtido con placas y adornos de hierro forjado en filigranas intrincadas, sino su actitud. Eran orgullosos hasta lo insoportable. Me miraban como si fuera un bicho raro, una aberración recién salida de las Tierras Olvidadas que osaba profanar su suelo sagrado. Les devolví la mirada, asegurándome de que el brillo oscuro de mis pupilas les prometiera una muerte lenta si daban un paso en falso.
Las mujeres lucían corsés de hierro auténtico, esculpidos a medida y decorados con grabados que parecían narrar sangrientas batallas pasadas. Los hombres llevaban brazaletes gruesos y collares de metal pesado, cada uno con un diseño único. Rápidamente deduje que no eran simples ornamentos vulgares; era una declaración jurada de identidad, rango y poder.
Físicamente, el linaje de estos perros era fascinante. Aunque compartían los mismos ojos ámbar e inquietantes que caracterizaban a su especie, la inmensa mayoría lucía un cabello de un gris ceniza uniforme, como si hubieran nacido de la misma piedra. Por si fuera poco, muchos de ellos llevaban los rostros y los brazos manchados de manera permanente con hollín y carbón. No era suciedad, era como la marca de un ritual. Un tributo patético al fuego de sus forjas. Sus ojos dorados contrastaban de una forma casi violenta contra la piel tiznada y el pelo plateado.
Y luego estaba ese olor.
Era un hedor penetrante que parecía impregnar el aire mismo; una mezcla asfixiante que me revolvía el estómago. Hice una mueca de absoluto desagrado que no me molesté en ocultar. Habiendo pasado la mayor parte de mi existencia exiliada en las Tierras Olvidadas, mi nariz no estaba precisamente encantada con los particulares aromas de los perros.
Pasé los dedos por el puente de mi nariz en un intento inútil de ahuyentar la peste. Al hacerlo, me percaté de que las manos y los brazos de los guerreros que nos rodeaban estaban plagados de cicatrices visibles: quemaduras de chispas que nunca cerraron bien, cortes profundos y callosidades brutales. Eran un contraste andante con los lobos del norte, que presumían de pieles ásperas por el frío pero rara vez tan marcadas por el trabajo sin tregua de la forja.
Eran peligrosos, toscos y sumamente territoriales. Es decir, el tipo de estirpe arrogante a la que me encantaba tentar la paciencia.
Avanzamos al centro y los lobos del Oeste no tardaron en rodearnos, formando un semicírculo. Nos observaban con ojos críticos, mientras la hostilidad emanaba de ellos junto a aquel insoportable aroma a metal y sudor. La tensión alcanzó su punto de ebullición cuando decidieron darnos su particular y ruda bienvenida oficial.
Como un solo hombre, los guerreros comenzaron a hacer sonar sus pesados brazaletes de hierro, golpeando sus puños cerrados contra las placas de metal que cubrían sus pechos. El sonido resultante fue un estruendo ensordecedor, marcial y salvaje; una sinfonía de acero chocando contra acero que buscaba claramente una sola cosa: intimidarme. Marcar territorio frente a la extraña que traía la oscuridad en las venas.
Lejos de encogerme o buscar la reconfortante y masiva protección del Alfa Supremo a mi lado, alcé una mano con exagerada languidez. Me miré las uñas con fingido aburrimiento y solté un bostezo lento y deliberado que cortó la solemnidad de su rito. Necesitaban esforzarse con mayor fervor si pretendían asustar a una bruja.