
Hierro y cenizas
PARTE II

Dejar atrás la Manada de Hierro fue como salir de una caldera para entrar directamente en una tumba. Tras nuestro pequeño “incidente” con el juramento de sangre, Rhydian no había vuelto a proponer la osadía de dejarme atrás. No podía, aunque quisiera, y el sabor de esa victoria era más embriagador que una cesta entera de mordelunas.
Él abría paso frente a mí, con la espalda rígida y el paso pesado de quien arrastra una condena, mientras yo lo seguía con la elegancia de una sombra.
El sendero se alejaba de las forjas sofocantes, pero el paisaje que se abría ante nosotros no era más alentador. A nuestra izquierda, el río fluía hacia el noroeste, pero llamarlo “agua” habría sido un insulto. Sus corrientes eran densas, opacas y viscosas, como alquitrán derretido que se arrastraba con una lentitud agónica sobre el lecho de piedra. El líquido negro parecía absorber la poca luz que lograba filtrarse, formando remolinos lentos que se sentían como ojos observándonos desde la profundidad. Era un recordatorio visual de cómo la magia ancestral y la escoria de los herreros podían corromper hasta lo más puro. Y era también una de las razones por las que las Faes guardaban un odio tan profundo hacia los lobos.
A medida que nos internábamos en la espesura, el mundo decidió enmudecer, como si algo antiguo hubiera apagado el mundo de un soplo, aplastando el canto de los pájaros, el crujido de la hojarasca y el más mínimo susurro del viento. Era el tipo de silencio que solo la magia de raíz profunda y prohibida puede tejer para ocultar lo que no debe ser hallado.
Rhydian se detuvo en seco. Sus hombros, ya de por sí imponentes, se ensancharon mientras inhalaba el aire. Su naturaleza de alfa afloró a la superficie; la agresividad emanaba de él como marea caliente, transformando su porte en el de un depredador que sabe que está siendo cazado.
—¿Vas a quedarte ahí petrificado esperando a que el silencio nos devore, o vas a dignarte a explicarme por qué pareces un cachorro asustado? —pregunté, rasgando aquel vacío con una voz mordaz.
Él no se giró, pero su voz llegó cargada de una gravedad que me hizo tensar los dedos.
—Las cuevas que buscamos no son simples agujeros en la tierra, Nyra —susurró, y sus palabras parecieron morir en cuanto abandonaron sus labios—. Hay algo profano en este aire. A diferencia del norte, donde la tierra es fría y estéril pero honesta, este suelo debería vibrar de vida. Pero ahora... ahora se siente como un cadáver frío. Lo que sea que haya silenciado este bosque no conoce la debilidad. Y nos está esperando.
Continuamos caminando hasta que cruzamos un umbral y la naturaleza, tal como la conocíamos, se extinguió. Los robles milenarios dieron paso a un bosque de troncos deformes, retorcidos en espirales de agonía como si hubieran intentado huir del suelo antes de quedar petrificados. Las ramas lucían como garras escleróticas que surgían del abismo, arañando nuestras capas al pasar, como si los mismos árboles quisieran arrastrarnos con ellos.
De pronto, Rhydian soltó un gruñido ahogado y se llevó una mano a la sien, tambaleándose como si el suelo bajo sus pies se hubiera convertido en agua.
—¿Rhydian? —Mi voz perdió un ápice de su soberbia, un desliz de debilidad que detesté en el mismo instante en que las palabras abandonaron mi boca.
—Es un zumbido —masculló entre dientes, con los ojos apretados por una agonía que le surcaba el rostro—. Es ensordecedor… como si quisiera hacerme explotar la cabeza.
Se ladeó hacia mí y, por un segundo, su mano buscó la mía. No era un gesto de protección; era el de alguien que busca un ancla ante el dolor.
—Algo oscuro y antiguo está contando nuestros pasos, Nyra —advirtió, y el tono de mando en su voz no admitía réplicas—. No te alejes de mí. Ni un solo paso.
—Es exactamente lo que llevo intentando hacer desde que comenzó este maldito viaje.
Llegamos a las primeras cuevas, que parecían un bostezo negro en la falda de la montaña. La entrada era un amontonamiento de rocas colosales cubiertas de un musgo tan oscuro que parecía moho podrido, ocultando la boca del abismo entre raíces que colgaban como lenguas.
Al adentrarnos en la más grande, la oscuridad intentó tragarnos, pero pronto una luz comenzó a filtrarse por las grietas superiores. Las paredes no eran de piedra común; parecían cavidades profundas y asimétricas que recordaban a bocas congeladas en un grito eterno. El suelo, irregular y húmedo, nos obligaba a avanzar con cautela, mientras sobre nuestras cabezas colgaba un sembradío de estalactitas que parecían colmillos de piedra.
Y entonces, las vi.
Las runas.
Había runas malditas por todas partes, grabadas para atrapar almas sin retorno.
Esa cueva era un matadero y habíamos entrado por la puerta principal.
—¿Dónde está ella? —La voz de Rhydian sonó como cristal rompiéndose bajo un mazo—. ¡¿Dónde está Nyra?!
Me acerqué a él con la cautela de quien intenta aplacar a una bestia herida y posé una mano sobre su brazo.