El Lado Hermoso De La Bestia

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El miedo tiene el mismo nombre que el amor

A lo largo de mi existencia, jamás tuve la necesidad de lidiar con las criaturas de este mundo más allá de lo estrictamente necesario para mis propósitos. Nunca me detuve a experimentar sus sentimientos asfixiantes, sus soberbias vacías ni sus temperamentos volubles. Eran medios para un fin; yo simplemente tomaba lo que deseaba, consumía lo que me servía y me marchaba.

Pero ahora, por voluntad propia y en un arrebato de locura que mi linaje seguramente estaría condenando, había encadenado mi destino a uno de ellos. Y de todas las opciones posibles, ¿por qué demonios tenía que ser el lobo más necio, obstinado y exasperante de todo el reino?

Rhydian no era solo sinónimo de fuerza bruta y poderío ancestral; toda esa grandeza venía acompañada de una terquedad que rivalizaba con la dureza de las montañas del norte.

—Tenemos que volver ahí —insistió por enésima vez. Su voz era un rugido debilitado—. Tenemos que acabar con lo que sea que esté acechando esta manada.

—¡Que no vas a volver a entrar ahí, maldito perro obstinado! —le grité, y mi voz sonó estridente—. Si pones un pie dentro otra vez, las... —Me aclaré la garganta con violencia, tragándome la mención a las runas—. Quienquiera que esté tejiendo esa magia oscura jugará con tu mente hasta que no quede nada. Devorará la poca cordura que aún te sostiene y me obligará a matarte. ¿Es eso lo que buscas?

—Soy el Alfa Supremo. —Intentó incorporarse con una terquedad que me provocó un deseo casi insoportable de abofetearlo—. Es mi deber y yo...

—¡Al demonio con tu deber! —Lo empujé de vuelta al suelo con mucha más fuerza de la necesaria, aprovechando que su equilibrio flaqueaba.

Mis manos se movían solas, atropelladas por una urgencia que no reconocía como mía. Había rasgado el bajo de mi vestido para convertirlo en jirones de vendajes improvisados. Pero era una batalla perdida. La sangre brotaba de su brazo con una persistencia macabra, empapando la tela negra hasta volverla pesada, caliente y viscosa.

Mis dedos —esos que siempre habían sido tan precisos para degollar enemigos sin que me temblara el pulso— eran ahora torpes, estúpidos y temblorosos. No podía detener el flujo. La magia rúnica del bosque era un veneno sutil, impidiendo que su sangre cerrara la herida.

Sentí un peso invisible oprimiendo mi pecho, robándome el aliento. El aroma de su sangre —que antes me resultaba un perfume de poder embriagador— ahora me revolvía el estómago. Me sentía patética. Yo, que había pasado ciclos carmesíes observando cómo la vida se escapaba de los ojos de los hombres con la curiosidad de quien mira la lluvia, ahora estaba allí, de rodillas en el barro, temblando ante la sangre de un lobo.

Mis sombras, usualmente letales y silenciosas, se agitaron a nuestro alrededor como serpientes inquietas, reflejando el caos de mis nervios.

—La sangre... tiene que detenerse. ¿Por qué no se detiene? —mascullé.

Mi voz no era la de una bruja poderosa; era un susurro roto.

—Tienes miedo, mi Luna —murmuró él.

Su voz era apenas un hilo ronco, pero llevaba una carga de... ¿alivio? Escuché una risa suave escapando de sus labios pálidos.

—¡Eres un completo estúpido! —exclamé, apretando los jirones de tela contra su carne con una fuerza que debió dolerle—. ¡Cállate de una maldita vez y deja de sangrar!

Rhydian atrapó mis manos entre las suyas. Sus dedos calientes y empapados de su propia vida detuvieron mi lucha frenética con una suavidad que me desarmó por completo. Me forzó a dejar de forcejear con la herida para obligarme a mantener la mirada. Sus ojos turquesa, aunque nublados por el cansancio del veneno rúnico, conservaban una lucidez que me quemaba.

—Mírate... estás aterrada —dijo con una ternura que me resultó insoportable.

—No digas estupideces —repliqué, pero el temblor errático de mi mandíbula me traicionó de la forma más vil—. Estoy irritada, Rhydian. Simplemente irritada. Eres una calamidad andante y tu absoluta falta de templanza me impide concentrarme para sacarnos de este bosque de mierda.

—No es irritación, Nyra…

Su mano temblorosa acarició mi mejilla. Su pulgar dejó un rastro cálido y pegajoso de sangre sobre mi piel helada.

—Es miedo —continuó, con una expresión de satisfacción que no coincidía con su estado—. Ese nudo asfixiante en tu garganta que te impide gritar; ese temblor en tus dedos que se burla de tu voluntad por mucho que intentes dominarlo… Es exactamente el mismo monstruo que me devora cada vez que te alejas de mi vista.

Hizo una pausa para tomar aire, y el lazo que nos unía vibró con una intensidad agónica.

—Es el pánico a que el mundo se apague de golpe porque tú has dejado de respirar.

Sus palabras se clavaron en mi orgullo como flechas de plata. Busqué desesperadamente en lo más profundo de mi mente un sarcasmo hiriente, una burla letal que lo pusiera de nuevo en su lugar y restaurara mi armadura. Pero no encontré nada. La verdad estaba allí, desnuda y carmesí, bañando las manos de ambos en una convicción que ni siquiera una bruja podía negar.




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