

Sangre, hierro y sombras
PARTE I
El cielo sobre la Manada de Hierro tenía el color de un plomo viejo que parecía querer aplastarme contra el suelo. Si la tierra tuviera algo parecido a la conciencia, estaría conteniendo el aliento, aguardando con una fe patética que el primer rayo de sol purificara la oscuridad que mis pies descalzos arrastraban hacia el corazón de esta manada.
Mi aspecto era una contradicción exquisita, un insulto viviente a la pulcritud guerrera que me rodeaba. Ellos, con sus armaduras bruñidas y esa fuerza bruta que intentaban disfrazar de nobleza, se movían con la gracia depredadora de quienes se creen dueños del mundo. En cambio, yo parecía una alucinación arrancada de un sueño febril y violento: mi vestido colgaba ahora en jirones que apenas se dignaban a decorar mi piel pálida. La sangre seca adornaba mi cuello como una joya que ningún orfebre habría tenido el talento de concebir, y la herida de mi brazo izquierdo seguía llorando un rastro escarlata, lento y rítmico.
Sin embargo, mi encantador aspecto no era lo que realmente les inquietaba. Era mi aura. Una presencia que me envolvía como una segunda piel: antigua, oscura, fría como el fondo de un pozo que nadie ha tocado en ciclos.
Era la sombra de la Luna reclamando su territorio.
Al cruzar el límite de la manada, las conversaciones cesaron. El murmullo de los lobos se extinguió como una llama bajo una bota pesada. El silencio que lo reemplazó no era ese silencio reverencial y ligeramente sumiso que le otorgaban a un Alfa Supremo como Rhydian; era algo más primitivo. Era asco entrelazado con miedo.
Sus ojos brillaban con una hostilidad que olía a desesperación, mientras sus narices se arrugaban ante el aroma que traía conmigo: magia antigua y muerte.
Sentí cada mirada como una caricia de ortigas mientras me acercaba con zancadas lentas y deliberadas, un desafío implícito. No era difícil descifrar lo que cruzaba por sus mentes mientras me observaban avanzar. Lo leía en cada ceño fruncido, en cada mandíbula tensa: Bruja. Aberración. Algo que no merece respirar el mismo aire que nosotros.
Si eso era lo que deseaban creer, entonces les daría un banquete de soberbia que alimentaría sus pesadillas durante mil ciclos.
Caminé con la barbilla en alto, ignorando el incendio que pulsaba en la herida. Al llegar al centro de la manada, donde una gran fogata ardía rodeada de guerreros lobo que portaban sus cicatrices de batalla, todos retrocedieron al unísono; fue un movimiento inquietante en su precisión. Era como si un solo pensamiento los hubiera atravesado a todos al mismo tiempo: alejarse de mí. El círculo alrededor de mí se vació. Era como si yo fuera un cadáver ambulante y ellos temieran que la muerte fuera contagiosa.
—Busco al Alfa de Hierro —anuncié, dejando que mi voz atravesara el silencio con la elegancia de un cuchillo entre costillas—. O, en el peor de los casos, a Brida. Intentad no gruñir mientras respondéis. Me irritan los ruidos innecesarios.
Nadie respondió. Los lobos intercambiaron miradas fugaces, incómodas, con la torpeza de quienes solo conocen el lenguaje de los puños. Algunos fruncieron el ceño, sus mandíbulas tensándose; otros apretaron los guantes hasta hacer crujir el cuero.
—¿Se les olvidó cómo usar la lengua —pregunté, recorriendo a cada uno con la mirada—, o es que el hierro también les ha fundido los cerebros?
Fue un guerrero joven quien finalmente rompió el silencio. Poco más que un cachorro con ínfulas de héroe y la esperanza de vida de quien no ha aprendido aún que el valor sin inteligencia es simplemente la ruta más lenta hacia la tumba.
Dio un paso al frente con los ojos encendidos en esa mezcla particular de desafío y terror que intentaba ocultar desesperadamente bajo capas de arrogancia prestada.
—Tu alfa no está aquí para protegerte —espetó, con esa voz que aún no terminaba de decidir si quería ser amenazante o simplemente ruidosa—. Así que no te atrevas a acercarte a nosotros si valoras tu cuello.
Lo observé, no con ira, sino con la curiosidad que se reserva para las criaturas que resultan inesperadamente interesantes en su propia estupidez.
—¡Oh, pequeño cachorro, qué valiente eres! Te felicito sinceramente por tu osadía... aunque me pregunto si esa valentía se mantendría intacta si estuviéramos solos en la espesura del bosque, donde nadie pudiera recoger los pedazos de lo que queda de tu alma.
El joven tragó saliva, intentando camuflar su temblor con un gruñido bajo que sonó más a un lamento que a una amenaza. Lo ignoré con una elegancia glacial y giré sobre mis talones en busca de otro blanco más prometedor.
Fue entonces cuando mis ojos se posaron en una omega.
Era poco más que una niña, sosteniendo un cubo de agua con manos que traicionaban su agitación. Me acerqué a ella, deleitándome con su miedo empalagoso.
—Tú —la llamé, señalándola con un dedo donde la sangre de Rhydian se había vuelto una costra oscura—. ¿Dónde está el alfa de esta manada en ruinas?