
Sangre, hierro y sombras
PARTE II

Como si fuéramos dos mitades de la misma carne, Rhydian leyó la intención en la sutil tensión de mis hombros antes de que yo siquiera formulara el pensamiento. No hubo necesidad de palabras, ni de miradas cargadas de advertencia. Con movimientos precisos, desenvainó mi daga y me la ofreció por el mango, como si el gesto fuera tan natural como respirar.
Al rozarse nuestras manos, el mundo exterior pareció desvanecerse para dar paso a una descarga absoluta. Nuestros poderes no compitieron; se entrelazaron en una marea de energía dorada y sombría tan opresiva que los lobos más cercanos retrocedieron un paso por puro instinto de supervivencia. Aquello solo confirmaba lo que ya sabía: estábamos alineados. En mente, en alma, en sangre.
Con una fluidez que habría resultado bella de no ser tan letal, tomé el arma y, en el tiempo que le lleva al corazón latir una sola vez, la hoja quedó presionada contra el cuello de Brida.
Aedan se alteró, dando un paso instintivo hacia delante para proteger a quien todavía creía que era su compañera. Pero se detuvo en seco, como si una mano invisible le hubiera arrancado los pies del suelo.
De los labios de Brida brotó una risa escalofriante. No era el sonido de una mujer, ni de una bestia, ni de nada que perteneciera a este mundo. Era el eco espantoso de mil huesos quebrándose simultáneamente bajo el peso del invierno más cruel, el sonido de algo muy antiguo y muy hambriento despertando detrás de unos ojos que ya no eran de nadie.
El colapso del Alfa fue instantáneo y devastador.
Las manos que un instante antes buscaban mi garganta se desviaron, aferrándose a su propio pecho como si intentara físicamente impedir que su corazón se detuviera. Ver a la madre de sus hijos reírse con tal frialdad mientras tenía un cuchillo en la garganta destruyó la última pizca de su cordura. Sus ojos se abrieron con una mezcla de agonía y vacío; se sentía como si estuviera cayendo por un precipicio sin fondo, viendo cómo el rostro amado se convertía en una pesadilla desconocida.
—¿Qué... qué eres? —balbuceó, con la voz rota hasta los cimientos.
Brida alzó la mirada hacia él. Esos ojos, antes cálidos, eran ahora pozos de una nada absoluta: sin reflejo, sin fondo, sin rastro de alma. La bruja rúnica dentro de ella dejó de fingir por completo, y cuando lo hizo, el aire mismo pareció enfermar a su alrededor.
—Cierra ese maldito hocico —escupió, con una voz cargada de desprecio—. Qué cosa más patética. Qué cosa más triste.
Mientras todos se sumían en un horror paralizante, yo me sentí, por primera vez en toda la noche, completamente en mi elemento. El pánico ajeno siempre me ha parecido el aderezo más delicioso.
Presioné la daga un poco más, lo justo para cortar. De la herida no brotó la sangre vibrante y caliente de un lobo, sino una gota de fluido espeso, demasiado oscuro, casi negro.
Miré al Alfa de Hierro por encima del hombro, arqueando una ceja con la sonrisa que reservo para los momentos en que tengo razón, que es casi siempre.
—¿Ves? —dije, dejando que el sarcasmo afilara cada sílaba hasta convertirla en filo—. Te dije que tu Brida no estaba en casa. Ahora apártate. Voy a reducir a esta criatura a cenizas.
—¿Volverme cenizas? —repitió Brida con voz burlona—. Oh, pequeña Nyra... ¿de verdad crees que puedes lograr algo así?
No vacilé.
—Claro que puedo —respondí, con la frialdad de quien lleva toda la vida siendo la cosa más peligrosa de las Tierras Olvidadas—. Pero primero voy a disfrutar cada segundo viéndote retorcerte bajo mi daga.
Brida ni siquiera parpadeó ante el frío acero de la daga que descansaba contra su garganta. Al contrario, ensanchó su sonrisa, una mueca grotesca que estiraba la piel de la loba de una forma casi antinatural.
La situación estaba en su punto más tenso; la manada contenía la respiración, el pánico flotaba en el aire, y la presencia titánica de Rhydian a mi espalda era una tormenta contenida, paciente y devastadora, dispuesta a arrasar con este reino entero si yo se lo ordenaba.
—¿De verdad crees que esto me asusta, Nyra? —siseó Brida—. Adelante, presiona un poco más. ¿Qué crees que obtendrás?
Dejé escapar una risa seca, desprovista de cualquier pizca de simpatía.
—No lo sé. ¿Debería probar a llevar la hoja más profundo y descubrirlo juntas?
—Para tener una ventaja real sobre mí, necesitarías mi verdadera esencia. Mi sangre ancestral —se burló, y en su voz había la satisfacción de quien lleva ciclos ganando—. ¿Ves este líquido, Nyra? No es mío. Es de la pobre perra que habito. Si quieres mi sangre... tendrás que venir a buscarme a las profundidades donde los muertos no descansan.
Mantuve la daga firme y la miré con el aburrimiento de quien contempla a un insecto molesto antes de decidir si vale la pena aplastarlo.
Aprovechando la escasa distancia entre nosotras, la criatura espiró un aliento helado que olía a tierra húmeda y tumbas olvidadas. Se inclinó hacia delante, burlando la amenaza de la hoja, hasta que sus labios rozaron el lóbulo de mi oído.