El Lado Hermoso De La Bestia

|42|

Verdades que no se pueden permitir

PARTE I

El siseo del bosque de la Manada de Hierro era lo único que llenaba el silencio de la noche. No era una tormenta ruidosa ni un despliegue de truenos teatrales; era una llovizna constante, pesada y densa que caía sobre las copas de robles, transformando sus hojas en miles de tambores que recibían cada gota con un golpe sordo y rítmico que se multiplicaba en miles de ecos.

Apreté los dedos de los pies contra la arena, disfrutando de la fría caricia del suelo negro mojado que caracterizaba aquel territorio salvaje. El agua resbalaba por mis pómulos afilados, goteaba desde mi barbilla y formaba pequeñas cuentas brillantes en mis pestañas que reflejaban la luz fantasmal del bosque. Mi vestido de tejido oscuro y el corset de cuero se adherían a mis curvas como una segunda piel, completamente empapados, pero no me importaba lo más mínimo. No tiritaba. Mi sangre de bruja oscura reconocía este ambiente como suyo.

A ras del suelo, entre las raíces expuestas de los árboles, la lluvia había despertado algo que de día pasaría completamente desapercibido: hongos apiñados en las grietas de la madera más oscura, no más grandes que una moneda de cobre, que pulsaban con un fulgor azul pálido tirando a violeta. Parpadeaban como si cada uno tuviera su propio corazón diminuto y lo estuviera usando. Sus destellos proyectaban sombras largas y retorcidas sobre el suelo negro, figuras que se alargaban y contraían con cada latido de luz.

A unos pasos de mí, la realidad era patéticamente distinta.

Brida parecía una criatura atrapada en una pesadilla. Se envolvía con desesperación en una capa pesada de lana gruesa forrada con cuero rústico, empapada hasta el punto de doblarle los hombros bajo su peso, haciéndola lucir más pequeña de lo que era. El aire apestaba a tierra mojada y al aroma dulce e irritante de la sumisión de una loba que no sabía dónde meterse.

Pero lo que realmente me irritaba era su maldito rostro.

Las secuelas de la pelea eran un mapa detallado de mi brutalidad, grabado con realismo en su piel. El lado izquierdo mostraba raspaduras costrosas y oscuras, el recordatorio del momento en que estrellé su cabeza contra la tierra y las piedras del bosque. Su pómulo estaba tan hinchado que casi le sellaba el ojo, teñido de ese color púrpura verdoso que solo alcanza la carne cuando el daño ha sido suficientemente generoso. Y su labio inferior, partido en el centro, exhibía una línea de sangre seca que la lluvia amenazaba con diluir.

Khaela me había dicho en alguna ocasión que las hembras omega tardaban más en regenerar las heridas. Y supuse que para Brida, después de haber hospedado a la bruja rúnica, el recuperarse sería más lento y miserable.

En ese momento, lo lógico, según los estándares de cualquier criatura que conservara un mínimo de cordura, habría sido que me mirara con terror. Que escupiera odio. Que planeara en silencio cómo arrancarme la garganta en nombre de su preciada manada.

En su lugar, la muy estúpida me estaba sonriendo.

Era una sonrisa rota, dificultosa por el labio partido, pero genuina. Complacida. Como si mi presencia en medio de esa noche de lluvia fuera un milagro de la primavera y no la misma mano que casi la había llevado al borde de la muerte.

Crucé los brazos con parsimonia, hundiéndome deliberadamente un poco más en la arena negra y usando mi postura más altiva y fría para camuflar el hecho de que su reacción me había tomado desprevenida. El cinismo era mi escudo más fuerte, y esa curva estúpida en sus labios heridos estaba amenazando con agrietarlo.

Comencé a trazar un círculo lento y deliberado alrededor de Brida, adoptando —con una ironía que me supo a hiel en la lengua— el andar depredador de los lobos que tanto despreciaba. Mantuve las manos entrelazadas tras la espalda y la columna perfectamente erguida, mientras la observaba desde arriba como un cuervo que calibra si una presa todavía vale la pena.

Brida no se movió. Aunque la tensión en sus hombros delataba que sentía el peso de mi mirada clavándose en su nuca a medida que yo completaba el círculo.

El silencio entre nosotras duró exactamente lo que yo decidí que durara.

—Traerme tan lejos de las garras de tu preciosa manada... —solté, arrastrando las palabras—. Qué valiente de tu parte, Brida; aun cuando podría esto volverse un gran error. Porque, mírate: apenas puedes mantenerte en pie sin que tus malditos huesos lobunos lloren por el dolor.

Me detuve justo a su costado izquierdo, obligándola a verme de reojo.

—Si tu plan maestro era arrastrarme hasta este rincón olvidado para intentar apuñalarme por la espalda, permíteme dos sugerencias: primero, aprovecha tu primer intento; y segundo, reza a tus Ancestros. Porque con el estado lamentable en que te dejé, no tendrás fuerza para un segundo intento.

Brida exhaló un suspiro trémulo, pero no se amedrentó. Simplemente dejó reposar su mirada sobre la mía con una calma que, francamente, me resultó más desconcertante que cualquier amenaza que hubiera podido lanzarme. Con dedos temblorosos por el frío y el dolor, abrió ligeramente los bordes de su manto de lana húmeda, mostrando las palmas vacías.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.