
Verdades que no se pueden permitir
PARTE II

Las dos lobas se giraron bruscamente. Sus risas se apagaron en el instante exacto en que sus ojos encontraron los míos, y el color abandonó sus rostros con una velocidad que encontré satisfactoria.
—Es fascinante cómo la ignorancia cría una audacia tan... suicida —mi voz resonó, gélida, arrastrada y perfectamente modulada para cortar el aire como una navaja.
La que sostenía la bandeja casi la dejó caer. Sus instintos de loba reaccionaron tarde, las pupilas dilatándose al reconocer la silueta de la criatura siniestra de la que tanto habían disfrutado hablar.
Me acerqué despacio, evaluándolas con la mirada aburrida y condescendiente que reservo para las cosas que no merecen esfuerzo. Me detuve a un palmo de ellas. A pesar de su altura y sus cuerpos construidos para la guerra, la pura emanación de mi magia ancestral las hizo encoger los hombros.
—Lamento interrumpir la reunión tan importante que tenían —continué, ladeando la cabeza con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Preocupadas por el linaje, por la política del reino y, sobre todo, por la higiene de la espalda de mi Alfa.
Una de ellas intentó erguir la columna, enseñándome los colmillos en un despliegue de valentía tan falso que casi me dio lástima.
—¿De verdad creen que alguien con la sangre de Rhydian las miraría siquiera? —pregunté, barriéndolas de la cabeza a los pies con una lentitud calculadamente humillante—. Qué patético desperdicio de tiempo, murmurando fantasías cuando saben perfectamente que no tienen la más mínima posibilidad.
Dieron un paso hacia mí, buscando desesperadamente salvar lo que les quedaba de dignidad.
—Nosotras, al menos, pertenecemos a esta tierra —su voz fue temblorosa por la furia contenida—. No cargamos maldición de sangre oscura sobre los hombros, bruja. No necesitamos magia oscura para hallar nuestro lugar en esta manada.
Estaba tan acostumbrada a los insultos sobre mi estirpe que las palabras de esa ramera peluda me resultaron tan irrelevantes como el zumbido de una mosca moribunda.
—¿Qué están haciendo aquí?
La voz no fue mía, pero cortó el aire con la fuerza de un hacha de guerra. Detrás de mí, la silueta de Brida apareció entre la bruma. A pesar de su rostro magullado, emanaba la autoridad que solo podía tener una Luna.
—¿Acaso no se os ha informado de quién es Nyra? —continuó Brida, barriendo a las omegas con una mirada de reproche—. Os encontráis ante la puerta de vuestro Alfa Supremo, quien con toda certeza ansía verla.
El contraste fue absoluto y, lo admitiré solo para mí misma, delicioso. Ante mí, habían mostrado los dientes como bestias salvajes. Ante Brida, mostraron la sumisión ciega de los siervos.
Bajaron la cabeza al instante, mostrando respeto.
—Hemos venido hasta aquí con el fin de ayudar al Alfa Supremo con sus heridas y a ofrecerle comida.
—Será Nyra quien atienda las necesidades del Alfa Supremo —objetó Brida, con una firmeza que no admitía réplica—. Si ella tiene algún interés en ocuparse de él en persona, ninguna de vosotras tendrá derecho alguno a interponerse. ¿Está claro?
—Como ordene nuestra Luna —murmuraron al unísono.
Con manos temblorosas que hacían tintinear los utensilios, entregaron la bandeja y los paños limpios. Se retiraron a toda prisa, pero no sin lanzarme una última mirada cargada de odio puro y absoluto.
El eco de sus pasos apresurados se extinguió, dejándonos a solas frente a aquella colosal entrada.
Me volví hacia Brida despacio, sintiendo cómo el fastidio me recorría ante su intento de "defenderme".
—Tus palabras fueron bastante innecesarias. Podría haber convertido a esas dos sarnosas en un montón de cenizas humeantes antes de que lograran articular su siguiente y patética frase.
Brida no se inmutó.
—Lo sé, pero eso es lo que hacen las amigas.
—No vuelvas a llamarme de tal manera. Esa palabra me resulta... profundamente desagradable.
Brida ignoró el pinchazo defensivo de mis palabras con una paciencia madura que, francamente, empezaba a resultarme exasperante. En lugar de retroceder, estiró su mano herida y sujetó el pesado aro de hierro forjado incrustado en el centro de la puerta, lo levantó y lo dejó caer dos veces.
El golpe resonó sordo y definitivo por todo el lugar.
Casi de inmediato, del otro lado de la puerta, una voz profunda, ruda y cargada de vibración poderosa nos permitió entrar.
Al cruzar el umbral, el ambiente cambió con una brusquedad que me golpeó de lleno.
El aire allí dentro era denso, demasiado caliente para la noche de lluvia que dejábamos atrás, saturado con el aroma de Rhydian de una forma tan completa que resultaba casi obscena. Tormenta. Bosque. Salvia. Y algo más profundo debajo de todo eso, algo que no tenía nombre pero que mi sangre reconoció antes de que mi mente tuviera oportunidad de opinar.