
Cabeza fría, corazón en llamas

La pluma rasgaba el pergamino con un sonido seco, apenas opacado por el crepitar del fuego en la chimenea. Otro edicto más, un mandato que aseguraba las provisiones para los lobos vigilantes en la frontera norte. Firmaba sin pensar mientras el sello de mi manada se hundía en la cera con tal fuerza que temía astillar la mesa bajo mi mano. Pero mi mente, siempre alerta, no podía ignorar los problemas que se acumulaban como cuervos hambrientos sobre un campo de batalla recién regado de sangre.
El aire en el salón del consejo de Hierro era denso, con el olor a piedra fría y metal trabajado, y aunque la situación podía describirse como controlada, lo cierto es que la paz era algo difícil de conseguir.
Un golpe seco en la puerta interrumpió el silencio.
No necesité que el guardia pronunciara una sola palabra para saber quién buscaba hablar conmigo. Mis sentidos ya me habían advertido de quién se trataba antes de que los nudillos tocaran la madera. Su olor fue inmediato e inconfundible: hierro forjado y hollín, el aroma distintivo de su manada, pero esta vez tenía un deje diferente. Había un rastro agrio de miedo contenido, un cansancio profundo que parecía pesarle en los huesos. Y, más allá de todo eso, un tenue pero inconfundible rastro de sangre seca de Brida. Sin embargo, lo que más sobresalía, como el humo denso de una pira en llamas, era el hedor opresivo de la ira y la desesperación.
La pesada puerta de hierro se abrió y Aedan, el Alfa de Hierro, cruzó el umbral.
Me mantuve quieto, midiendo su postura con la fría precisión de quien lleva ciclos leyendo cuerpos antes de que las bocas tengan oportunidad de mentir. Sus hombros, que en otros tiempos se alzaban como murallas indomables, caían con una rigidez defensiva, no combativa. No venía buscando conflicto; su postura no era la de un lobo preparado para atacar, sino la de un hombre al borde del abismo, aferrándose a lo que pudiera salvarlo antes de que la corriente terminara de arrastrarlo.
Se detuvo frente a la mesa, y su mirada se clavó en los pergaminos apilados con una amargura que le deformaba las comisuras.
—¿Sellando pactos mientras el mundo se desmorona a nuestro alrededor, Alfa Supremo? —Su intento de ironía sonó tan falso como el filo de una espada de madera—. Me pregunto si esa tinta bastará para salvarnos cuando las sombras llamen a la puerta.
Terminé de trazar la última línea de mi firma con pulso de piedra antes de levantar la mirada lentamente. El tiempo que tardas en mirar a alguien le dice exactamente cuánto poder tienes en la habitación.
—El mundo siempre se está desmoronando, Aedan —mi voz resonó con la pesadez de un mandato—. La diferencia radica en quién se sienta a llorar sobre las ruinas y quién recoge los pedazos para forjar algo nuevo con ellos. —Dejé la pluma sobre la mesa con una tranquilidad que era en sí misma una advertencia—. Toma asiento antes de que las piernas te cedan por el orgullo. Hueles a cansancio desde el otro extremo de la sala.
El Alfa de Hierro arrastró una silla de roble y se dejó caer en ella, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. El peso de las últimas lunas parecía haberle sumado diez inviernos al rostro. La pelea entre Nyra y Brida seguía flotando entre nosotros como un cadáver insepulto, el tipo de asunto que ninguno de los dos había nombrado directamente porque nombrarlo significaba empezar a medir las consecuencias, y las consecuencias de ese enfrentamiento todavía no habían terminado de desplegarse.
Era la primera vez que nos mirábamos a la cara desde el desastre. Nuestras compañeras habían estado a punto de despedazarse la una a la otra bajo una influencia que ninguno de los dos alcanzaba aún a comprender del todo, y eso, entre dos Alfas, era el tipo de deuda que no se salda con palabras, sino con acciones y con tiempo.
Finalmente, Aedan dejó escapar un largo suspiro, uno que parecía haber cargado en su pecho durante días interminables.
―Es evidente para cualquiera que estoy cansado, ¿cómo no estarlo? —dijo, con una voz grave y quebrada que no habría usado delante de nadie que no fuera yo—. No paro de pensar en todo lo ocurrido. Brida luchó como una fiera. Pero aquello... aquello era algo más antiguo. Algo que no debería poder existir en estas tierras.
Me incliné hacia adelante, apoyando los puños sobre la mesa con la fuerza suficiente para hacer temblar las velas. Mi mirada se endureció, y mi voz se convirtió en un juramento.
―Lo ocurrido entre nuestras lunas es algo que evidentemente jamás debió ocurrir, y estoy moviendo a mis mejores rastreadores para entender cada maldito detalle del ataque. Sus orígenes. Sus métodos. Sus alianzas. No toleraré que nuestras manadas vuelvan a enfrentarse de esta manera, y no toleraré que algo que no conozco opere en territorios que están bajo mi autoridad.
La luz de las velas talló las líneas duras de mi rostro mientras mi presencia de Alfa se expandía por el salón con la lentitud aplastante de una marea.
—Averiguaré qué fuerza se metió en tu hogar y corrompió el aire que respiran tus cachorros —mi voz descendió hasta convertirse en algo que era, simultáneamente, una promesa y una amenaza—. Tienes mi palabra de Alfa Supremo, Aedan. Lo que sea que haya atacado a la Manada de Hierro no volverá a pisar estas tierras. Ni estas ni ninguna otra que pertenezca a nuestro linaje. Y cuando lo encuentre, se arrepentirá de haber tenido la osadía de intentarlo.