El Lado Hermoso De La Bestia

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El latido de la bestia

Nos giramos hacia la salida de la fortaleza, listos para marchar, pero detuve sus pasos. Sostuve su mano, rodeando su muñeca con una presión firme, y tiré de ella cuando capté su intención de dirigirse a los establos.

No quería cabalgar. Mi lobo exigía tierra bajo las garras y el viento desnudando cada sentido a la vez. Días de salones cerrados, de pergaminos y de palabras medidas habían dejado a la bestia inquieta, y yo conocía demasiado bien ese desasosiego como para ignorarlo.

―No me apetece cabalgar. Mi lobo necesita un poco de libertad después de tantos días agotadores.

―¿Qué es exactamente lo que mi querido Alfa está pidiendo?

―Te estoy sugiriendo un viaje sobre el lomo de tu querido Alfa ―respondí, rodeando su cintura―. Será más rápido. Y sé perfectamente que extrañas mi calor, bruja, aunque prefieras arder en el infierno antes que admitirlo.

―Cuidado, lobo ―replicó, con la burla afilando su voz mientras acariciaba mi mejilla con el dorso de los dedos―. Tu arrogancia está empezando a ocupar todo el bosque. Pronto no quedará espacio para los árboles.

Cuando nuestros ojos se encontraron, una oleada de calor salvaje me calcinó las venas. Fue una chispa primitiva y brutal que encendió mi sangre con la misma certeza con que el pedernal enciende la yesca. Antes de perder el control sobre el límite cada vez más delgado entre el hombre y la bestia, di un paso atrás y dejé que mi cuerpo hiciera lo que llevaba noches pidiendo.

La transformación nunca fue un proceso mágico, etéreo ni sutil. Era un estallido. Rudo. Masivo. Los huesos de mis extremidades crujieron con la violencia de ramas rompiéndose bajo una tormenta, expandiéndose y reacomodándose en ángulos depredadores que ningún cuerpo humano debería poder sostener. Los músculos se inflaron bajo la piel con una presión colosal, destrozando las costuras de mi camisa de lino y los amarres de la chaqueta de cuero como si fueran hilos de telaraña.

Esta vez, sin embargo, hubo algo distinto.

Un ardor punzante, un eco de la energía que había absorbido en las profundidades de aquellas cuevas, vibró a lo largo de mis vértebras como una corriente que no me pertenecía. Sentí una resistencia breve y dolorosa, como si una sombra ajena intentara ralentizar mis propias fibras, impidiendo que mi poder de Alfa se desplegara del todo. Pero mi lobo rugió con desprecio absoluto, abriéndose paso a la fuerza en una oleada de liberación que no admitía oposición de nada ni de nadie.

Cuando mis cuatro patas golpearon la tierra húmeda, ya no quedaba ningún hombre en mí. Era un depredador de pelaje gris y negro, del tamaño de un destino, y con ojos ambarinos que ardían en la penumbra del bosque como dos brasas que se negaban a apagarse.

En esta forma, todo mi mundo se ensanchaba y se intensificaba hasta volverse casi insoportable. La conexión con mi lobo era total, sin las fronteras que el lenguaje y el protocolo le imponían al hombre. El aire del bosque sabía más puro entrando por mis fosas nasales. El latido del corazón de los ciervos a leguas de distancia era un tambor nítido contra la quietud de la noche.

Pero lo que me nubló el juicio, lo que hizo que cualquier otro sentido se volviera secundario, fue cómo la percibí a ella.

Su aroma a noche y lluvia me envolvió por completo, despertando un deseo que rozaba algo que ya no era apetito sino devoción. Ambos lados de mi ser, el hombre y la bestia, las dos mitades que normalmente discutían sobre cada decisión, estuvieron de acuerdo en una sola verdad irrefutable y sin grietas: no existía nada ni nadie más importante que ella en toda esta tierra.

Doblé las patas delanteras, inclinando mi lomo imponente en una sumisión que solo a ella le pertenecía.

Nyra no dudó ni un instante. Con un gesto fluido apartó la falda de su vestido y montó con la agilidad letal de quien ha nacido para gobernar las sombras. En cuanto sentí sus muslos aprisionando mis costados y sus dedos firmes hundiéndose en el espeso pelaje de mi cuello, una oleada de orgullo puramente animal me sacudió de la cabeza a la cola. Esa confianza ciega que depositaba en mi fuerza, sin titubeos, sin reservas, me convertía en un ser invencible. Ni el ejército de licántropos más grande habría podido otorgarme tal poder.

―Ver cómo te doblas ante mí me excita, Alfa... —murmuró, inclinada sobre mi lomo.

Mi respuesta fue un gruñido sordo, una vibración tan profunda que le recorrió las piernas y encendió el aire entre nosotros.

―¿Qué pasa, Alfa? ―se burló, inclinándose hacia delante para que su aliento rozara mi piel―. ¿Acaso estás pensando en volver a tu forma humana para poseerme aquí mismo? Mejor no. Tenemos un largo camino por delante, y prefiero llegar antes del amanecer.

Me impulsé hacia delante con una zancada devastadora.

La velocidad y la potencia de mis patas destrozaban la hojarasca, y el barro salpicaba mientras devoraba el sendero. Esta sensación de libertad valía más que cualquier trono. Con cada zancada sentía su peso ligero sobre mi lomo, manejándome con una reverencia que dolía de lo perfecta que era; ella pesaba como una pluma, y sin embargo sostenía el peso de todo mi maldito universo sin que aquello resultara una contradicción.




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