
La luna dicta sus leyes, y el lobo, fiel a su instinto, se somete a ellas sin dudar.

El silencio, para mí, siempre había sido una fosa común.
Cada vez que cerraba los ojos, mi mente se inundaba con el eco de las almas oscuras que había devorado a lo largo de muchos ciclos. Las criaturas colmadas de maldad pura, aquellas cuya sangre maldita consumí para alimentar mi propia magia, no morían en paz; rugían en mi cabeza con la obstinación de los condenados, un coro eterno de lamentos, maldiciones y susurros de odio puro que no tenían ninguna intención de callarse solo porque yo necesitara dormir. Estar despierta, alerta y soberbia era mi única defensa contra ese ruido. El precio de ser una bruja oscura era la inmortalidad del tormento insomne, y lo había pagado durante tanto tiempo que ya ni siquiera lo llamaba precio. Era simplemente la condición.
Sin embargo, en ese instante, experimenté algo terrorífico: la nada.
No había gritos ni lamentos, solo un vacío sepulcral, denso y extrañamente cálido que parecía haber asfixiado a mis demonios internos. Una fragancia densa me envolvió, un aroma que mi memoria —muy a mi pesar— ya reconocía de inmediato: la humedad del bosque mezclado con salvia y madera. Debajo de mí, un latido masivo, constante y brutal dictaba un compás que de alguna manera lograba mantener a raya el caos de mi cabeza.
Me sentí peligrosamente humana. Expuesta e indefensa. Dos palabras que mi vocabulario solo empleaba para describir a los enemigos antes de destruirlos, y que ahora, mi cuerpo traidor agradecía con un letargo delicioso.
Poco a poco mis sentidos comenzaron a regresar. Percibí algo áspero y abrasador presionando mi costado y el calor de algo vivo e inconvenientemente cómodo. Parpadeé despacio, percatándome poco a poco de que mi capa apenas cubría mi propia desnudez. Fue entonces cuando entendí del todo que mi mejilla había estado apoyada directamente sobre el pecho de Rhydian.
Justo encima de su corazón.
La mortificación habría sido total si no fuera porque enseguida fue sustituida por algo mucho más complicado de manejar: el hecho de que no había querido moverme.
—Vaya… —su voz profunda vibró contra mí—. Mira quién decidió regresar al mundo de los mortales.
Rhydian estaba recostado contra el grueso tronco de un árbol antiguo, mirándome desde arriba con sus malditos ojos turquesa brillando en la penumbra. Tenía una sonrisa lánguida y arrogante plantada en el rostro.
—Has dormido tan plácidamente sobre mi pecho —se burló, ensanchando la sonrisa hasta convertirla en algo francamente insoportable—. Tal cual una cachorra indefensa. Fue casi... entrañable.
Me incorporé de golpe.
O al menos lo intenté, porque su brazo, un bloque de puro músculo e instinto dominante, permaneció ceñido a mi cintura con la determinación de no dejarme ir tan fácilmente.
—Yo no duermo, lobo —escupí, recuperando mi soberbia de siempre—. Solo estaba... meditando con los ojos cerrados.
—Claro. —Asintió con una gravedad completamente falsa—. Una meditación muy profunda. Con ronquidos.
—Yo no ronco.
—Nunca dije que fuera algo que te restara encanto —respondió, con esa caballerosidad exasperante que solo empleaba cuando quería irritarme más—. De hecho, fue bastante...
—No termines esa frase si valoras tu vida.
Vi sus intenciones de contradecirme, así que me adelanté a interrumpirlo.
—Deberíamos vestirnos y regresar a la manada antes de que amanezca.
Rhydian dejó escapar una carcajada ronca que resonó directamente en mi vientre, una traición más de mi cuerpo que anoté para procesarla en otro momento. Su mano se deslizó por mi espalda, acariciando mi cabello con una intimidad que mi piel, desleal y rendida, recibió sin sin protestar.
—¿Amanecer? Querrás decir esta noche, mi bruja.
Miré a mi alrededor: las sombras del bosque eran largas, el frío ya se asentaba sobre el agua del lago. Hicimos el amor al alba, lo que significaba que había pasado un día entero inconsciente. Sobre él.
—Me estás mintiendo para inflar tu ya de por sí insufrible ego de Alfa Supremo —siseé, apretando los dientes—. Lo que aseguras es imposible.
—Intimar con un lobo como yo requiere mucha más energía de la que tu orgullo está dispuesto a admitir —bromeó, divirtiéndose de forma absolutamente escandalosa con mi indignación—. Aunque, si lo prefieres, podemos atribuirlo al hecho de que el hechizo en las cuevas casi te consume por completo. Era inevitable que tu cuerpo cediera. Tu magia está inestable, pero tu orgullo jamás lo admitiría.
—Mi cuerpo no cedió ante nada. Simplemente...
—Dormías tan serenamente que pensé por un momento llamar a las curanderas para comprobar si mi Luna seguía respirando.
—La próxima vez que sientas el impulso de llamar a las curanderas por mi causa te sugiero que reconsideres. Preferiría morir que darle a esa manada de lobos fisgones el espectáculo de verme débil.