El Lado Hermoso De La Bestia

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Secretos bajo la misma luna

El crujido de las ruedas del carruaje de Alarik se extinguió en la distancia, dejando tras de sí un silencio tan denso que casi se podía cortar con un encantamiento de desollamiento. La Guardia Oscura permanecía inmóvil, como estatuas de piedra cubiertas de escarcha. Sentía sus miradas lobunas clavadas en mi nuca, esperando el estallido con la misma expectación morbosa con que se espera una tormenta que ya se ve venir desde el horizonte.

Rhydian avanzó hacia mí. Sus enormes hombros se relajaron sutilmente y extendió una mano con los dedos abiertos en un gesto que pretendía ser conciliador, buscando el roce de mi brazo como si eso fuera suficiente para deshacer lo que acababa de presenciar toda su manada.

Le propiné un manotazo seco, apartando su mano con un golpe que resonó en el claro con más fuerza de la que había planeado. El desprecio en mi gesto fue tan evidente que Thyrius y Zander intercambiaron una mirada cargada de una incomodidad casi cómica, retrocediendo un paso simultáneo. A Rhydian no pareció importarle la atención de todos. Sus ojos relampaguearon con una mezcla de frustración y esa estúpida necesidad de Alfa de querer dominar todo, e intentó cortarme el paso cuando hice el amago de marcharme.

Me detuve a un palmo de su pecho, sintiendo el calor casi insoportable que emanaba de su cuerpo. Lo miré desde abajo, con toda la soberbia que mis ancestros me habían legado en la sangre.

—Estoy a un solo susurro de asarte vivo, Alfa —siseé—. Así que será mejor que no vuelvas a poner una sola de tus manos sobre mí si aprecias tu piel.

No esperé su respuesta. Me di la vuelta y me adentré en la espesura del bosque con pasos rápidos y firmes, con los dedos entumecidos por las ganas salvajes de invocar un fuego ancestral y reducir a cenizas cada árbol maldito de la Guardia Oscura, empezando por el lobo que gobernaba sobre ellos.

A mitad del sendero sombrío, donde la maleza se volvía tan cerrada que la luz de la luna apenas se atrevía a parpadear entre las ramas, el aire cambió. El aroma que siempre precedía a su presencia me golpeó antes de escuchar su voz.

—¡Nyra!

Su voz resonó a mi espalda, una orden disfrazada de ruego que hizo que mis barreras mágicas se erizaran por instinto.

Me giré sobre los talones, encarándolo con una sonrisa gélida y afilada como cristal recién roto.

—Creo recordar que fui bastante explícita, Alfa Supremo —ironicé, cruzando los brazos sobre el pecho—. Te advertí que mi deseo de verte arder supera con creces mi paciencia en este momento.

Su figura imponente recortaba la niebla del bosque, tan letal y autoritario como siempre, aunque la tensión en su mandíbula delataba cuánto esfuerzo le costaba mantener a raya a la bestia que llevaba dentro mientras me enfrentaba.

—Tus palabras exactas fueron que me asarías si volvía a tocarte —replicó, con una fijeza implacable en la mirada—. Y en este instante solo quiero hablar, Nyra. Juro mantener mis manos lejos de ti.

—Tus juramentos, ahora mismo, valen exactamente lo mismo que el estiércol de tu establo.

Dio un movimiento lento, acortando la distancia como un cazador que acecha a su presa, pero sus ojos no reflejaban superioridad. Reflejaban una furia sorda y dominante que competía, sílaba por sílaba, con la mía.

—Estás lo bastante molesta conmigo como para negarte a escuchar cualquier explicación —soltó, exhalando un suspiro rudo—, pero no tuviste ningún problema en soportar las sonrisas sibilinas y las miradas lascivas de ese parásito real durante toda la conversación. Ni una palabra al respecto, ni una sola queja.

Solté un jadeo ultrajado, una risa seca que no tenía nada de diversión.

—Eres verdaderamente cínico, Rhydian. Te indigna el heredero vampiro mirándome de más, mientras ignoras deliberadamente el hecho de que sé, con total certeza, que esa princesa vampira pasó una noche contigo. En tus aposentos. A puerta cerrada. ¿Debería sentirme halagada de que al menos hayas elegido bien el rango de tus visitas?

Mi mente me traicionó, desenterrando recuerdos que hasta ese momento había catalogado como simples trivialidades de la corte Carmesí, indignas de mi atención. Recordé la última cena en el castillo: la forma en que los ojos carmín de Vesna seguían cada movimiento de los hombros de Rhydian con una atención que en su momento no me pareció más que la curiosidad ociosa de una cortesana aburrida. La familiaridad con la que se inclinaba hacia él durante los brindis. La sutil rigidez de Rhydian, que yo, en mi arrogancia absoluta, había atribuido sin pensarlo dos veces al tedio del protocolo de la corona.

No era tedio.

Era complicidad.

Y la idea de que esa chupasangre de piel pálida y sonrisa perfecta hubiera pisado el mismo suelo donde Rhydian me entregó sus primeras verdades, me revolvía el estómago con una violencia que no tenía precedentes en toda mi existencia.

—Juro por mi honor, por mi palabra y por la luna, que no tengo ninguna relación con la princesa Vesna —declaró, con una firmeza que pretendía zanjar la discusión de una vez y para siempre.




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