
Cinco lunas de silencio y distancia

Cinco lunas.
Cinco malditas lunas llevaba contando las noches como quien lleva la cuenta de un prisionero que se atreve a desafiar los muros de su propia celda. No las contaba como una amante despechada que deshoja margaritas en un jardín marchito; yo contaba las lunas como se cuenta una deuda. Como se cuenta un insulto. Cada amanecer sin saber de él no hacía más que infectar una herida que yo me empeñaba en rellenar con puro orgullo y rabia ácida.
El que Rhydian se atreviera a huir era lo que más me sacaba de quicio cuando el silencio de la cabaña se volvía demasiado espeso para respirar: que Rhydian —el mismo hombre capaz de erguirse frente a ejércitos enteros de hadas grises— escapó a la frontera de la noche a la mañana como una sombra asustada, solo porque una bruja tuvo la temeridad de cantarle sus verdades en la cara. Qué desilusión tan exquisita. Toda esa fuerza, todo ese peso de autoridad que arrastraba como una capa de guerra, y en el momento exacto en que el pasado le mordió los talones, el gran lobo optó por la huida en lugar de la confrontación.
Cobardía con colmillos y con título, pero cobardía al fin y al cabo.
Y lo peor de todo era que tenía la certeza absoluta de que se había marchado molesto. Indignado. Como si el agraviado en toda esta historia fuera él.
¿Con qué maldito derecho?
¿Con qué derecho se permitía estar ofendido cuando fue su boca la que guardó secretos sobre la princesa carmesí? ¿Por qué, de entre todas las lobas dispuestas a calentarle la cama, tuvo que ser precisamente Vesna? Incluso pensar su nombre me dejaba un regusto amargo en la lengua, como si la sola palabra llevara veneno tallado en cada letra.
Rhydian había cargado con esa historia enroscada bajo la piel durante quién sabe cuánto tiempo, y cuando yo exigí la verdad completa, no las migajas que él consideraba convenientes, ¿la respuesta fue la huida y el orgullo herido?
Precioso. Sencillamente precioso. La altivez de los machos de su especie, esa bestia vanidosa y sobrevalorada, escondida tras la fachada de un Alfa digno.
En su ausencia me negué a saber de él. No rastreé su esencia en el viento ni pregunté a los ancianos de la manada si tenían noticias suyas. Me mantuve firme en mi decisión, con la misma terquedad exacta con la que él se negó a quedarse. Dos orgullos idénticos, enfrentados en un silencio que se asemejaba al abismo entre dos acantilados, donde ninguno estaba dispuesto a ser el primero en saltar.
Aunque preferí quedarme encerrada en mis aposentos, al final del día no estaba segura de que hubiera sido una buena idea, porque cada rincón de esas paredes olía a él. El eco de su aroma en el aire me provocaba un nudo en el estómago que yo, con toda la convicción de la que era capaz, insistía en asociar al odio y al fastidio. Me negaba rotundamente a admitir que aquel extraño malestar tenía un nombre mucho más sencillo y mucho más humillante: lo extrañaba.
Tres golpes firmes, espaciados y disciplinados sonaron sobre la puerta. Solo una persona en toda esta manada de bestias con modales de establo llamaba así, como si la puerta fuera un enemigo al que había que respetar antes de derribarlo.
—Mi Luna —la voz de Khaela se filtró a través de la madera—. El sol ya se asoma sobre el horizonte.
—El sol puede quedarse ahí arriba pudriéndose, por lo que a mí respecta.
Silencio. Ni un suspiro de frustración, ni una palabra de más. Khaela llevaba días sin discutir conmigo; simplemente esperaba con paciencia inquebrantable.
Llevaba semanas enteras usando el silencio como arma y como escudo, encerrada entre estas cuatro paredes. Pero hasta yo, con todo mi orgullo de bruja, sabía reconocer cuándo una reclusión dejaba de ser dignidad y empezaba a ser derrota.
Así que decidí salir. Me alisé el vestido como si el gesto pudiera alisar también los días de amargura acumulados bajo mi piel, y abrí la puerta con la barbilla en alto, dispuesta a que nadie notara que había pasado la última noche con el rostro hundido en una almohada que aún, maldita fuera mi memoria traicionera, conservaba su aroma.
Encontré a Khaela firme como una estatua, con esa armadura de cuero oscuro ajustada al cuerpo y las manos descansando tras la espalda. Ni un parpadeo de sorpresa al verme salir después de tantos días. Solo esa mirada calculadora, evaluándome de la cabeza a los pies como si buscara heridas que yo jamás le mostraría.
—¿Hasta cuándo vas a seguir aquí plantada como un centinela de piedra? —le solté, apoyándome en el marco de la puerta con toda la indolencia que pude reunir—. ¿Acaso el gran Alfa Supremo teme que, si me aburro lo suficiente, decida convertir esta preciosa cabaña en un montón de astillas humeantes? Porque te aseguro, cachorra, que la idea es tentadora.
—Órdenes son órdenes, mi Luna. —Ni siquiera se inmutó. Ese era el problema con Khaela: la ironía resbalaba por su armadura como agua sobre piedra—. Y las mías son claras: donde tú vayas, yo voy detrás. Llueva, truene, o decidas prenderle fuego a la casa.
—Qué reconfortante. Una nodriza con colmillos.