El Lado Hermoso De La Bestia

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El veneno transformado en elixir

No corrimos como quien huye; corrimos como quien avanza hacia la guerra con la fría certeza de conocer exactamente su destino en la batalla.

A nuestro alrededor no se escuchaban alaridos de desesperación ni se percibía el caos que cualquier mortal esperaría al conocer la amenaza que se cernía sobre él. Había lobos desgarrando sus propias ropas a mitad de zancada, con huesos crujiendo y reacomodándose bajo un espeso pelaje a medida que sus formas humanas se disolvían en bestias letales. Por otro lado, las omegas se apresuraban hacia las madrigueras subterráneas, formando una barrera de cuerpos frente a las entradas donde los cachorros ya lloraban, empujados hacia la seguridad de la tierra por sus propias madres.

Zander apareció entre el tumulto junto a Thyrius, moviéndose con un entendimiento silencioso que solo compartían quienes habían crecido peleando espalda contra espalda. Zander, todo ángulos duros y porte autoritario, se dirigió directamente a Khaela sin perder ni un segundo en formalidades.

—Khaela, toma el flanco sur y repliégate hacia las fosas de los omegas —su voz cortó el ruido circundante con la precisión de un mando acostumbrado a ser obedecido—. Necesito a los cachorros seguros. Si una de esas cosas grises llega a tocarlos, la responsabilidad caerá sobre ti.

Khaela asintió de inmediato, con la disciplina corriendo por sus venas con la misma naturalidad que la sangre. Pero antes de girarse, sus ojos volaron hacia mí, cargados de una advertencia silenciosa: una súplica muda para que no cometiera ninguna estupidez mientras ella no estuviera cerca para contenerme.

Thyrius captó la duda en su hermana e intervino antes de que pudiera vacilar más de lo necesario.

—Khaela, no dudes. Ve con los cachorros —su voz resonó con una autoridad inquebrantable—. Protegeremos a nuestra Luna con nuestras vidas. Mientras tengamos aliento, nadie osará tocar a la compañera del Alfa.

La compañera del Alfa.

Cada vez que esos lobos intentaban reducir mi esencia entera a mi vínculo con Rhydian, sentía un fuego arder en mi interior. No era orgullo, sino una determinación feroz de demostrar que mi valía no dependía de ese título prestado. Mi lengua anhelaba soltar algo mordaz al respecto, alguna réplica que dejara perfectamente claro que no necesitaba la protección de nadie, pero el aire estaba cargado de una urgencia que incluso mi soberbia sabía reconocer cuándo callar. Así que reprimí el impulso, tensando la mandíbula, y observé cómo Khaela se alejaba, con la promesa silenciosa de que mi momento llegaría.

Zander me escudriñó con la misma desconfianza que había lanzado sobre mí desde el primer instante en que nuestras miradas se cruzaron. Yo, imperturbable, le sostuve la mirada, recorriendo su figura de pies a cabeza con un desprecio que hablaba más fuerte que mil palabras, dejando en claro que la tensión entre nosotros no había desaparecido solo porque un par de cartas de Brida hubieran decidido convertirme, de la noche a la mañana, en alguien digno de reverencias.

—Relaja los hombros, Zander. Esta noche no soy tu enemiga.

—Esto no debería estar ocurriendo. Las hadas grises no tienen la fuerza necesaria para infiltrarse de esta manera, no tan cerca del corazón de nuestro territorio —su voz cargaba una tensión que no había escuchado antes en él—. Si hay grises cruzando nuestros bosques, significa que la frontera norte ha cedido. Rhydian no dejaría pasar ni la sombra de una de esas malditas criaturas voluntariamente. Nunca. Si están aquí, es porque la situación en el frente es un desastre absoluto.

Hizo una pausa y, por primera vez desde que lo conocía, vi algo parecido al miedo cruzar sus facciones talladas en piedra.

—Rhydian podría estar rodeado. O algo peor.

En ese instante, el mundo entero pareció detenerse, congelado por el impacto de aquellas palabras.

Sentí una oleada de calor ascender por mis brazos: la magia reaccionando a algo más antiguo y profundo que la razón, a una necesidad urgente y física de correr hacia los límites del territorio, de convertirme en una tormenta de fuego y rastrear su esencia hasta encontrarlo herido, resentido, pero vivo.

Una luna atrás lo había maldecido por su cobardía, por su silencio, por atreverse a sentirse ofendido cuando fue él quien guardó secretos con sabor a sangre vampira. Ahora mi mente entera se reducía a un solo pensamiento, primitivo y aterrador: que estuviera vivo.

Thyrius dio un paso al frente al notar cómo el aire a mi alrededor comenzaba a calentarse de forma peligrosa.

—Zander tiene un argumento válido, pero olvida cómo piensan las grises —su voz mantuvo una calma deliberate—. Hay otra posibilidad, mi Luna. Las hadas grises son parásitos astutos, pero profundamente cobardes. Rhydian lleva cinco lunas masacrándolas sin clemencia en la frontera; lo que significa que ahora se encuentran acorraladas y mermadas, conscientes de que un enfrentamiento directo con él sería su perdición.

Avanzó hacia mí con la cautela de un guerrero acercándose a un dragón dormido, sabiendo que un simple susurro podría desencadenar una tormenta incontrolable.




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