
La Rendición de la Bestia

El crujido de los huesos dentro del fuego era un sonido deliciosamente rítmico. El olor a magia moribunda se mezclaba con el hedor más crudo de la carne quemándose, un aroma que cualquier alma piadosa habría encontrado repugnante, pero que a mí me producía una paz embriagadora.
Tres hadas grises se retorcían frente a mí, consumiéndose con la facilidad de unas tiras de papel viejo. El fuego no solo las quemaba; las devoraba con avidez. Sus cuerpos se contorsionaban en ángulos imposibles mientras las llamas, de un amarillo veteado de negro, danzaban a su alrededor.
El fuego era la única fuerza verdaderamente honesta en todo este mundo plagado de mentiras y lealtades a medias. Reducía la belleza y la fealdad, el poder y la arrogancia, exactamente a lo mismo: un puñado de cenizas grises suspendidas en el viento.
Cerré los ojos un instante y disfruté de la brisa que me traía la marejada de hollín, cuando un crujido sutil me hizo recordar la presencia de los dos espectadores que tenía a la espalda.
Giré despacio, adoptando mi postura más fría y aristocrática. Elevé el mentón, entorné mis ojos negros y dejé que mi mirada descendiera sobre esos dos cachorros molestos.
Una oleada de irritación pura me recorrió. No estaba molesta porque las criaturas hubieran corrido peligro —que las hubieran asesinado las grises me traía absolutamente sin cuidado—, sino porque su presencia arruinaba mi momento de contemplación cruel. Y lo peor de todo: su sola existencia ahí me hacía parecer una maldita salvadora. Otra vez.
—¿Se puede saber qué demonios hacen aquí? —espeté—. Deberían estar resguardados en las fosas con el resto de los cachorros, no vagando por el bosque.
El cachorro más alto, un chiquillo con orejas demasiado desproporcionadas para su cabeza y la ropa llena de barro, dio un paso al frente. Intentó inflar el pecho y apretar los puñitos, haciendo un esfuerzo patético por sonar como un valiente guerrero de la Guardia Oscura.
—¡No le tenemos miedo a las moscas grises! —declaró. Sin embargo, su voz traicionó toda su bravata al quebrarse en un agudo chillido infantil.
Tragó saliva, empujando a la niña un poco más tras de sí.
—Mi hermana se escapó hacia el límite del bosque para ver a las hadas de las leyendas... —Se detuvo, tragando de nuevo—. Y yo... ¡yo tuve que salir a rescatarla! Como lo haría un Alfa.
—Déjame aclararte una pequeña tontería sobre tus «leyendas», pulgoso —dije, dejando que cada palabra chorreara sarcasmo—. Esos legendarios alfas que tanto admiras no sobrevivieron porque fueran valientes; sobrevivieron porque, cuando eran pequeños y ridículos como tú, tuvieron la inteligencia de meter la cola entre las patas y esconderse en el agujero más profundo que encontraron.
El niño parpadeó, indignado, pero apretó los labios sin atreverse a contradecirme.
—La valentía sin fuerza no es heroísmo: es estupidez —continué—. Es mejor que muera un estúpido por su cuenta a que mueran dos por una lealtad idiota. Si tu hermana quería convertirse en la cena de una mosca gris, tu deber no era morir con ella, sino dejar que aprendiera la lección.
Mientras escupía aquellas verdades, mis ojos recorrieron con absoluta precisión la figura de la cachorra más pequeña. La inspeccioné de arriba abajo, buscando cualquier signo de rasguño, corte o el tono azulado que deja la magia de las hadas grises. Era una niña idiota, pero con suerte. Solo aterrorizada y cubierta de tizne.
—Ahora, muevan sus diminutas patas de vuelta a las fosas. —Endurecí la voz hasta hacerlos temblar—. Si vuelvo a verlos, usaré sus orejas para encender mi próxima fogata.
El hermano mayor no esperó una segunda advertencia. Asintió con tal vehemencia que temí que se le desprendiera la cabeza del cuello, tomó la mano de su hermana con una urgencia renovada y ambos salieron disparados como si el mismísimo infierno les mordiera los talones.
Los observé alejarse hasta que sus siluetas infantiles se perdieron tras la cortina de humo, y solo entonces permití que mi atención se desviara hacia los alrededores, evaluando los daños.
La manada no estaba arrasada, lo cual, para ser justos, no debería haberme sorprendido. El propósito de las Grises jamás había sido la destrucción total de la Guardia Oscura, sino sembrar el caos suficiente para servir de cebo, una distracción sangrienta destinada a arrancar a Rhydian de la frontera. Y, sin embargo, los estragos de su intento seguían siendo visibles por doquier: empalizadas ennegreciéndose y troncos de robles chamuscados hasta la mitad de su altura.
Observando cómo las cenizas seguían flotando perezosamente en el aire como copos de nieve, pensé que el fuego era una bestia salvaje e insaciable a la que yo simplemente le gritaba órdenes desde algún rincón privilegiado de mi voluntad. A veces escuchaba, obediente como un perro bien entrenado. Otras veces, era un rebelde codicioso que devoraba más de lo que yo pretendía ofrecerle. Porque el fuego, contrario a lo que muchos asumían de mi supuesto dominio absoluto sobre él, no distinguía entre amigos y enemigos, no reconocía estandartes ni lealtades. Solo conocía el hambre, y yo era, en el mejor de los casos, la única voz capaz de dirigir esa hambre hacia donde más me convenía.