
Un juramento sagrado sobre el cimiento de una mentira

El espejo de marco de bronce envejecido me devolvía una imagen que mi mente se negaba a reconocer como propia.
El vestido, una pren dade terciopelo azul tan profundo que parecía absorber la luz de las velas, caía en pliegues rígidos desde mis hombros hasta el suelo, susurrando con cada movimiento como si tuviera voluntad propia. El escote enmarcaba mi pecho con elegancia, y de mis hombros brotaban dos tiras largas de tela negra como una capa dividida que se derramaba hasta rozar el suelo. Un lobo bordado en hilo de plata se enroscaba desde la cintura hasta la clavícula, sus fauces abiertas en un aullido silencioso, elaborado con el mismo esmero que un artesano dedicaría a una obra sagrada. Mi cabello, oscuro como la tinta, había sido trenzado en una corona apretada en la parte alta de la cabeza, dejando al descubierto cada línea de mi cuello, y con ello, la runa que demostraba que la luna se había reclamado algo de mí.
Parecía, para mi propio disgusto, exactamente lo que Rhydian insistía en que yo era: la amada Luna de esta manada.
Deslicé la mirada por el cristal hacia el reflejo que se erguía a mis espaldas. Mi Alfa Supremo vestía con una sencillez que rozaba lo insultante en comparación con mi propio atuendo. Un abrigo largo, negro como la noche sin luna, ajustado con precisión sobre su torso, con bordados plateados apenas visibles recorriendo el cuello alto y los puños, y una cintura ceñida por un cinturón de cuero grueso que acentuaba cada línea de su cuerpo forjado en batalla. Elegante, sí. Imponente, sin duda. Pero sencillo, comparado con la ostentación de mi propio vestido.
—¿Se puede saber por qué se me exige lucir de esta forma cuando tú pareces que vas a dar un simple paseo por el bosque? —crucé los brazos sobre el pecho, entornando los ojos hacia su figura en el espejo.
Rhydian se detuvo justo detrás de mi y esbozó una sonrisa enigmática que apenas curvó la comisura de sus labios.
—Porque esta noche, mi amada Luna, la ocasión amerita un poco de elegancia.
—¿Es una despedida antes de nuestra partida a la Capital Carmesí? —Ajusté con fastidio uno de los mantos negros sobre mi hombro—. Sigo sin comprender la necesidad de semejante teatro. Un trago de hidromiel y un “buen viaje, no mueras”, habrían bastado para cualquier despedida.
Su sonrisa se ensanchó, cargada de un secreto que claramente disfrutaba guardarse.
—No se trata de una despedida y tampoco se trata de mi.
Fruncí el ceño y me giré sobre mis talones para encararlo directamente.
—¿Qué clase de juego estamos jugando entonces?
—Es una bienvenida.
Repasé mentalmente cada alianza reciente, cada mensajero que hubiera anunciado visitas. No se me ocurría una sola alma que estuviera a punto de pisar estas tierras por voluntad propia y que mereciera verme vestida de esta forma.
—¿Quién diablos viene? Y espero que no sea vampira de sangre real, porque juro que…
El ahogo mi amenaza cuando sus manos rodearon mi cintura. Su calor atravesó las capas de terciopelo como un fuego invasivo y sofocante.
—La bienvenida es para ti, Nyra.
—¿Para mí? —Mi confusión se profundizó—. Eso no tiene ningún sentido…
—Es el recibimiento que debiste recibir cuando llegaste por primera vez, y que nunca tuviste. —Su voz se suavizó, cargada de algo parecido a la disculpa—. Es tradición en la manada celebrar cuando un Alfa encuentra a su pareja destinada, Nyra. Esta noche, formalmente, la Guardia Oscura reclamará a su Luna.
Mi cuerpo entero se tensó entre sus brazos, cada músculo endureciéndose con una resistencia instintiva que no logré contener del todo.
Mi orgullo no era tan ciego como para no ver el abismo que se abría bajo mis pies: La Luna no estaría muy complacidad con algo así. Mi mentira se estaba volviendo cada vez más real y eso solo estaba llevando a burlarme del destino por estar aceptando cadenas que venian atadas a un título que no me pertenecía.
—No estoy particularmente entusiasmada con esa idea —admití, dejando que mi voz recuperara su filo habitual—. Y detesto los protocolos, Rhydian.
—Es sencillo, en realidad. —Su mano se deslizó por mi espalda en un gesto tranquilizador—. Solo debes agradecer con respeto cuando corresponda, y dirigirte a los patriarcas de cada casa con el debido reconocimiento.
—Qué tediosos son tus lobos con sus formalidades.
—Solo te pido tres cosas para esta noche. —Alzó tres dedos frente a mi rostro con una seriedad fingida que resultaba irritantemente fascinante—. Sonríe de modo que los ancianos no crean que estás planeando la ejecución pública de alguien. Di “gracias” cuando te ofrezcan el cáliz de bienvenida. Y, por el amor de todos los ancestros, mantén tus apodos venenosos guardados dentro de esa cabeza tuya tan hermosa como peligrosa.
—Pides milagros a la criatura equivocada, mi querido alfa. Mi lengua no fue hecha para la cortesía servil.