El Lado Hermoso De La Bestia

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La Inquisición Carmesí

El terciopelo pesado me oprimía el pecho casi tanto como el protocolo insufrible de la corte Carmesí. Pero si el rey y sus consejeros pretendían juzgar a la bruja, no les daría el deleite de verme entrar como una prisionera arrastrando sus cadenas. Me contemplarían como la consorte del Alfa Supremo, envuelta en ropa digna y con suficiente veneno en la mirada para hacer vacilar a cualquier criatura.

Khaela aguardaba a escasos pasos, de brazos cruzados sobre su corset de cuero curtido y esa rigidez que jamás la abandonaba. Ella observaba cada uno de mis movimientos con la paciencia tensa de quien espera que una tormenta estalle en cualquier instante.

—Aguardo tu compromiso, mi Luna —su voz cortó el silencio de la habitación.

—¿Qué tan ingenua se tiene que ser para pedirle juramentos a una bruja?

—No le pido juramento a una bruja, sino a la Luna de mi manada.

Hice un ademán con la mano, porque con cada segundo que pasaba sin darle lo que quería, su expresión se tornaba más seria y aburrida.

—Tranquilízate, cachorra. Comprendo a la perfección cómo funciona este ridículo circo. —Empecé a jugar con la llama de una vela—. Si antes reducía a cenizas a algún noble insufrible, era simplemente la locura predecible de una bruja errante. Nadie se sorprendía, nadie exigía explicaciones más allá de un par de guardias enviados a escoltarme fuera del territorio. Pero si lo hago ahora, cubierta con este manto y este título, se convierte en una declaración de guerra firmada con el sello de sangre del Alfa Supremo. Ya no tengo el lujo de ser una paria insignificante, ¿no es así?

—En efecto, no lo posees —replicó Khaela, dando un paso al frente—. En las Tierras Olvidadas tus estragos y tu violencia solo acarreaban consecuencias para tu propia garganta. Si terminabas colgada de una pica, a nadie le habría importado lo más mínimo. Sin embargo, hoy vas a pisar el Gran Consejo Carmesí no como una bruja, sino como la Luna del Alfa Supremo. Cualquier palabra envenenada que dejes caer ante la corte del rey será tomada como una provocación directa de la Guardia Oscura.

Ahogué la llama con un movimiento seco de mis dedos. Una espiral de humo ceniciento ascendió y tras disiparse, volví la mirada hacia Khaela.

—¿Acaso no he demostrado que puedo dejar de lado un poco lo de ser bruja cuando la ocasión lo amerita? —cuestioné con acidez suave—. Sobreviví a una celebración entera rodeada de aullidos y humo sagrado sin quemar a un solo lobo.

Khaela no mordió el anzuelo de mi burla. Simplemente permaneció allí, esperando mi promesa.

—Tienes mi palabra de que le sonreiré al rey mientras sus consejeros de cara cadavérica me interrogan sobre las cuevas con preguntas que, sin duda, resultarán insultantemente estúpidas —declaré con una dulzura cargada de ponzoña—. No obstante, no respondo por mi comportamiento si la princesa Vesna vuelve a mirarme como si yo fuera un estorbo inconveniente en su camino... no respondo de la integridad de su garganta.

Khaela ahogó una exclamación y apretó los puños.

—La princesa Vesna pertenece al linaje real de Avalorn y es la hermana de su majestad el rey. Merece tu respeto, lo aceptes o no.

—Yo no le debo respeto a nadie y mucho menos a una vampira que se deslizó en el lecho de mi Alfa.

Khaela perdió momentáneamente el aliento; la rigidez de su rostro se resquebrajó y un rubor involuntario tiñó sus pómulos ante la crudeza de mis palabras. Dio un medio paso atrás, descolocada por la revelación.

—Vaya... —musité con falsa sorpresa—. ¿Acaso la intachable oficial de la Guardia Oscura no tenía conocimiento de las pequeñas aventuras nocturnas de Rhydian con la nobleza vampírica?

Khaela buscó desesperadamente recobrar la calma.

—No sé, ni he oído nada, de los asuntos privados del Alfa Supremo con la princesa —articuló con una formalidad ridícula y apresurada—. Y le sugiero, mi Luna, que disimule su desagrado hacia la princesa esta noche, si no desea que el rey interprete sus celos evidentes como una grieta en nuestra alianza.

Me causó gracia infinita ver cómo el pánico a un fantasma del pasado de Rhydian había hecho que Khaela, de repente, empezara a hablarme con tanta etiqueta como si eso pudiera protegerla de la incomodidad de la conversación.

—Permanece en tu dichosa ignorancia, entonces. —Resté importancia al asunto, no me apetecía hablar de Vesna en ese momento ni en ningún otro.

—No recuerdo absolutamente nada de lo que acaba de salir de su boca, mi Luna —reiteró la loba, mirando fijamente un punto en la pared por encima de mi cabeza.

Tras exhalar un suspiro controlado, suavizó el tono apenas un poco.

—En todo caso... El Alfa Supremo estaría sumamente complacido al verla comportarse esta noche con la dignidad que corresponde a la Luna de nuestra estirpe.

—Por favor —manifesté con desprecio, ajustando los encajes negros de mis puños—. No he cruzado medio reino para complacer a un nido de aristócratas muertos, y mucho menos vivo para complacer a Rhydian.




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