El Lado Hermoso De La Bestia

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Desafiando a la Luna

El rey Kazimir dio por cerrada la inquisición con un gesto magnánimo. No obstante, permanecí erguida, rehusándome a dar un solo paso atrás, ni aunque el suelo de ese salón se abriera bajo mis pies y me tragara entera.

Myslik dejó escapar un sonido ahogado, algo semejante a una risotada reprimida tras la curva sangrienta de sus labios lacerados.

—Parece que el título de Luna no le ha otorgado la comprensión del protocolo más básico —declamó el vampiro, arrastrando las palabras con mofa—. El retiro se otorgó únicamente a la Luna de la Guardia Oscura. El Alfa Supremo permanecerá aquí para tratar otros asuntos que no le conciernen.

Asuntos que no le conciernen… Como si yo fuera una sirvienta a la que se le permite escuchar solo lo que no le importe.

—No daré un solo paso sin él. Si albergan algo más que decir, díganlo frente a los dos, o no lo digan en absoluto.

Un murmullo de sorpresa recorrió parte del consejo, atónitos ante la audacia de una bruja que osaba desobedecer un mandato claro de la Corona. Myslik se inclinó hacia adelante, mostrando una expresión que combinaba la advertencia con un toque de diversión.

—¿Te atreves a desafiar la palabra directa del rey? Un solo gesto mío y la guardia del castillo te enseñará cuál es tu lugar en este reino...

El eco pesado de las botas de Rhydian interrumpió la amenaza de Myslik. Cruzó el salón con un par de zancadas y se detuvo justo frente a mí, su cuerpo bloqueando por completo la vista del rey hacia nosotros. Estaba segura de que eso no formaba parte, en absoluto, del protocolo que Khaela me exigía tener.

Extendió la mano y sujetó la mía con una firmeza abrasadora, llevándome más cerca de él. Depositó un beso prolongado, deliberadamente dominante, sobre el dorso de mis nudillos, sus labios rozando mi piel fría antes de inclinarse, su voz reducida a un murmullo denso que solo yo podía escuchar.

—Abandona el salón, Nyra. —Su tono no admitía discusión, aunque la súplica resultaba innegable—. Khaela debe estar esperándote para escoltarte.

—No pienso irme sin ti.

—Nyra. Vete. Ahora.

—Tú no me dictas órdenes —respondí, fijando la mirada en los abismos turquesa de sus ojos—. Y mucho menos en presencia de este nido de vampiros.

—Necesito resolver esto a solas con el Consejo —su agarre alrededor de mis dedos se apretó, y por debajo del orgullo pude ver la súplica cruda—. Hazlo por mí, bruja. Por favor.

Alcé una ceja, disfrutando abiertamente del leve temblor de frustración que le sentí en el pulso.

—¿Por ti? No voy a obedecer solo porque me lo pidas con súplicas de cachorro.

—Sal de este maldito foso antes de que pierda el dominio de mí mismo y tenga que masacrar a la mitad de este Consejo por la forma en que te han estado mirando —siseó, rozando mis nudillos con el aliento cálido de su desesperación—. Márchate, y te juro por mi sangre que cuando esta farsa termine, seré todo tuyo. Cederé a cada capricho que demandes, sin condiciones.

Evalué la propuesta. La oportunidad de fingir docilidad ante estos vampiros a cambio de la rendición total de un Alfa Supremo era, tenía que admitirlo, un manjar demasiado delicioso para mi orgullo.

—Aceptaré dar un paso atrás solo por esta noche, mi querido Alfa —susurré, dejando escapar una sonrisa afilada—. Pero más te vale recordar esta promesa, porque pienso cobrártela hasta el último detalle.

—Siempre cedo cuando se trata de ti. Lo sabes perfectamente.

—Me aseguraré de recordártelo cada vez que lo olvides.

Me desprendí de sus dedos con soberbia deliberada. A regañadientes, le dediqué al Consejo Carmesí una reverencia perezosa, casi insultante, y me giré sobre mis talones, haciendo ondular el pesado terciopelo de mi falda, y abandoné la sala.

Encontré a Khaela rodeada de varios guardias carmesí que la flanqueaban con una vigilancia poco disimulada. No me detuve a intercambiar palabra alguna con ella; simplemente pasé de largo hacia el corredor que conducía a mis aposentos, dejando que la furia contenida durante todo el interrogatorio comenzara a acumularse en mi pecho como brasas esperando el momento exacto para estallar.

A mitad del corredor principal, vi una figura emergiendo de la penumbra. Era el príncipe Alarik, que se acercaba con dos guardias tras él. Abrió la boca para soltar alguna impertinencia, pero no me detuve. Ni siquiera parpadeé al pasar junto a él. Lo ignoré con la más absoluta y helada de las indiferencias, sin ofrecerle la satisfacción de una sola palabra.

Mis pisadas firmes resonaban contra el suelo de piedra mientras Khaela se esforzaba por mantener mi ritmo. Al llegar a mi puerta, me giré de golpe, la mano ya sobre el pomo helado.

—Da un solo paso dentro de mi habitación y pondremos a prueba si los lobos son capaces de hacer crecer de nuevo una pierna, un brazo o incluso la cabeza misma. —Mi amenaza fue clara y directa—. Te sugiero que me dejes en paz.




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