El Lado Hermoso De La Bestia

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La polilla y el fuego

PARTE I

—Entonces, ¿cuándo piensas cambiar esa cara?

—Llevo usando este mismo rostro desde el día en que nací. Si no te complace, eres libre de mirar hacia otro lado. Nadie te obliga a contemplarme.

—Hablo de esa amargura que llevas clavada entre las cejas —repuso él, dejándose caer contra el respaldo de su asiento con una lentitud impropia de él.

—Mi amargura solo se borrará en el momento exacto en que salgamos de este castillo y regresemos a la manada.

Me observó durante un tiempo demasiado largo, entornando esos orbes turquesa que solían ser tan afilados como dagas y que, en ese instante, parecían extrañamente empañados.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Ahora que pasa con mi rostro?

—Soles atrás aborrecías la mera mención de la Guardia Oscura o de mis lobos —murmuró, arrastrando apenas la pronunciación—. Y ahora mueres por regresar a ella.

—Primero que nada, no me muero por regresar —escupí con frialdad, ajustándome el corsé con un tirón brusco y seco—. Solo que prefiero mil veces el olor a bestia bajo la lluvia que el hedor agrio, rancio y pretencioso de estas sanguijuelas.

Fue al pronunciar aquello cuando dejé que mis ojos recorrieran con abierto asco la farsa que nos rodeaba.

Estábamos en el Gran Salón de Solaz del Castillo Carmesí, la joya de la capital. La princesa Vesna había insistido en organizar este «Agasajo Carmesí» como un gesto de despedida y gratitud hacia el gran guardián del reino, pues no todos los días el Alfa Supremo se dejaba ver por la corte. Para cualquiera habría sido un honor. Para mí, era una tortura de alta alcurnia.

El olor de la sangre flotaba en el aire, denso e inconfundible bajo la luz tenue de los candelabros. Alrededor de las mesas de mármol, los nobles vampiros vestían sedas pesadas en tono escarlata y encajes negros tan delicados como telarañas. Sonreían con una elegancia ensayada, mostrando colmillos apenas visibles mientras sostenían cálices de oro. A un lado, los pocos lobos de la Guardia Oscura que nos acompañaban parecían bestias mal disfrazadas de invitados: sentados en bancos de roble macizo, reían demasiado alto, bebían hidromiel como si fuera agua de manantial, y forzaban una camaradería ridícula.

Nunca había visto un teatro tan mal montado. Los vampiros fingían soportar a las bestias y los lobos fingían no querer arrancarles la garganta a los nobles. Y yo, una bruja oscura, estaba atrapada en medio de ambos bandos.

Si hace unos ciclos alguien me hubiera dicho que terminaría convertida en la Luna de la manada más temida del reino, compartiendo mesa con la realeza vampírica, le habría arrancado la lengua por insolente. Sin embargo, el destino profesa un humor amargo y perverso.

—Podrías al menos disimular que te hallas a un suspiro de prenderle fuego al salón entero —dijo Rhydian, inclinándose hacia mí desde su silla.

Al notar el tono inusualmente relajado de su voz, me detuve a examinarlo con más atención. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello, revelando el inicio de las cicatrices de su pecho. Sus hombros, siempre tensos, caían con una soltura que no reconocía en él.

—¿Desde cuándo disfrutas tanto de la compañía de estas criaturas de sangre fría?

—¿Quién asegura que ahora mismo disfruto de la compañía de los vampiros? —Arrastró ligeramente las palabras—. Lo que disfruto ahora es estar junto a mi hermosa Luna. ¿Vas a condenarme por semejante devoción?

Negué con la cabeza, ladeándola con incredulidad.

Estaba ebrio.

El Alfa Supremo, la criatura más calculadora y temible del ejército real, estaba borracho en medio de territorio vampírico. Lo había visto beber grandes jarras de hidromiel tras una batalla victoriosa, sí, pero jamás hasta perder el aplomo. Y desde luego nunca aquí, donde cada sonrisa escondía veneno y cada sombra guardaba una daga.

Yo entendía la ira, el asco, el deseo o la sed de sangre; esas eran emociones limpias, sencillas de descifrar. Pero al mirar el rostro de Rhydian, detecté algo diferente. Había una sombra flotando en el fondo de sus pupilas, una mezcla de emociones que no sabía cómo interpretar. ¿Era angustia sofocante? ¿Quizás nostalgia amarga? No me gustaba no entenderlo; me resultaba profundamente molesto.

—Es repugnante que estés tan ebrio —sentencié, apretando los dientes—. Cuando estés sobrio y te des cuenta de que le sonreíste a tres vampiros de la Casa Durnovo, vas a querer arrancarte la lengua tú mismo, y te aseguro que no seré yo quien te lo impida.

Rhydian soltó un murmullo divertido antes de moverse con una rapidez torpe. Antes de que pudiera reaccionar, sus manos, enormes, ásperas y calientes como brasas recién avivadas, me acorralaron el rostro por las mejillas. Se inclinó demasiado deprisa y me plantó un beso desordenado, firme, cargado del sabor dulce y fiero de la hidromiel que llevaba toda la noche bebiendo.

Fue un beso rápido, carente de la fuerza con la que solía tocarme. Aun así, me tomó por sorpresa, quemándome los labios con una desesperación que me resultó extraña.




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