El Lado Hermoso De La Bestia

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La polilla y el fuego

PARTE II

Todos alrededor parecían ciegos a lo que ocurría a solo unos pasos de ellos. Los sirvientes recogían los restos de un cáliz roto con la diligencia nerviosa de quien sabe que un error, esta noche, podría costarle algo más que un reproche. Nadie parecía advertir que el mundo, para el Alfa Supremo, se había reducido al temblor de esa mujer suspendida entre sus dedos.

Rhydian la sostenía por la muñeca, donde la había atrapado a medio caer. ¿Qué estaba esperando para soltarla? Debería haberla soltado en el instante en que sus pies volvieron a tocar el suelo. No lo hizo. Se quedó ahí, con la mandíbula floja y la ferocidad que yo conocía completamente desarmada, como si alguien le hubiese arrancado los colmillos y su poder.

Era una estúpida fascinación, dirigida a una criatura tan insignificante que ni siquiera merecía ocupar un rincón de mi memoria.

Algo ardiente y acre se disparó directo a mi estómago. No. Mi orgullo de bruja jamás se rebajaría a llamar a eso celos. Los celos son una debilidad de criaturas que temen perder lo que aman. Yo no amaba a Rhydian. Yo lo poseía. Y a lo que sentía, lo forjé en furia asesina y afán de posesión.

Aquel hombre era mío para doblegar, mío para corromper, mío para arrastrar hasta la ruina si el capricho me lo dictaba una noche cualquiera. Ninguna otra criatura en este reino tenía derecho a arrebatarme su atención sin pagar un precio.

Mi magia, siempre hambrienta y demasiado familiarizada con mi ira, no esperó mi permiso para responder.

La mesa sobre la que me apoyaba comenzó a vibrar con un zumbido sordo. Los cálices tintinearon violentamente unos contra otros. En su interior, el vino y la hidromiel comenzaron a bullir en un borbotón furioso por el calor repentino de mi poder, amenazando con estallar en mil pedazos.

Y sin embargo, lo que verdaderamente encendió la brasa bajo mi piel no fue la existencia de la sirvienta, sino la indolencia de mi Alfa. Estaba tan ausente de la realidad, tan ahogado en los ojos de una desconocida cualquiera, que ni siquiera sintió el eco de mi magia sacudiendo el salón entero. Los candelabros oscilaban. Las llamas se inclinaban hacia mí como súbditas. Y él, mi alfa, seguía sin mirarme.

Yo, la bruja que gobernaba su mirada con un simple chasquido de dedos, había sido reducida a la invisibilidad por una criatura que ni siquiera sabía nombrar su propia estirpe.

Rhydian parpadeó, al fin, con la pesadez de quien despierta de un sueño demasiado dulce para ser inocente. Dio un paso atrás, como si su propio cuerpo hubiese empezado a cuestionar por qué seguía ahí, inmóvil, sosteniendo la muñeca de una desconocida.

Al verlo tambalearse, la sirvienta tuvo el atrevimiento de extender la mano y buscar el brazo de mi Alfa, como si tuviera algún derecho sobre él. Como si su piel mereciera tocar la suya.

Aquel gesto selló su destino con más certeza que cualquier maldición que yo hubiera podido pronunciar.

Me puse de pie de golpe, derribando mi silla con un golpe seco que cortó el aire del banquete. Avancé entre las mesas, implacable, silenciosa, una plaga nacida de la noche misma avanzando a erguidas zancadas.

Me interpuse entre ambos antes de que los dedos de esa mujer rozaran siquiera la manga de cuero de Rhydian, quebrando su osadía con la misma facilidad con que se parte una rama seca. Tropezó hacia atrás, aterrorizada, con los ojos abiertos de par en par como si acabara de comprender, demasiado tarde, en qué clase de fuego había estado a punto de meter la mano.

La detallé de arriba abajo con un desprecio que no me molesté en disimular. Apreté los dientes al reconocer de inmediato su naturaleza: una híbrida. Mestiza de humana y loba, una aberración que la ley de la Capital Carmesí condenaba sin excepción a la servidumbre, como si la vergüenza de existir a medias entre dos mundos debiera pagarse fregando suelos ajenos el resto de sus días.

Era un ser endeble, de huesos pequeños y aspecto quebradizo, como si un soplo de viento fuerte bastara para deshacerla. Vestía una túnica de lino raído cuyos bordes lucían manchados por el vino que ella misma había derramado, una prueba de su torpeza. Su cabello, escaso y sin brillo, caía sobre los hombros en una trenza deshilachada, tejida sin esmero ni tiempo, como todo lo demás en su vida precaria.

A pesar del velo de ceniza y miseria, ella conservaba una belleza delicada, casi etérea y dulce. El rostro perfecto para despertar los instintos de protección de un alfa como Rhydian. Aquello bastó para que mis dientes se clavaran en mi propia lengua hasta sentir el sabor metálico de la sangre.

Di un paso hacia ella, deliberadamente lento, imponiendo cada palmo de mi porte como quien despliega un estandarte de guerra.

—Baja los ojos, alimaña —siseé, marcando cada sílaba—. Y escúchame con mucha atención, pues no pienso repetirlo dos veces.

Ella comenzó a temblar de pies a cabeza, tartamudeando entre sollozos que apenas lograba contener.

—Y-yo... imploro piedad, mi S-Señora... La bandeja se me resbaló de las manos, yo no pretendía...




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