El Lado Hermoso De La Bestia

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El eco de un lazo falso

Había pasado incontables ciclos en las Tierras Olvidadas alimentándome por la única razón que la supervivencia exige: no morir. Comía raíces amargas que sabían a tierra muerta y tiras de carne seca que debía masticar varias veces antes de poder tragarlas sin que la garganta protestara. Hasta que encontré las mordelunas, un fruto venenoso que llegó a saberme mejor que cualquier otra cosa que hubiera probado antes. Con el tiempo olvidé el sabor de una fruta madura y el dulzor pegajoso de la miel silvestre resbalando entre los dedos, pero luego dejó de importarme. Pues el poder de la costumbre era desmedido: capaz de convencer a cualquier criatura, incluso a una bruja como yo, de que la miseria era simplemente como eran las cosas.

No obstante, a eso no era a lo único que me había acostumbrado.

Nadie me buscaba en aquel pantano, nadie me esperaba al anochecer y nadie se alejaba de mí, porque nunca existió una sola alma a la que aferrarse en primer lugar. No se puede echar de menos el calor si naciste en el hielo, ni sufrir la pérdida de lo que jamás se ha poseído. Ese había sido, durante ciclos, mi único consuelo verdadero: la certeza fría de que nada podía arrebatarme lo que nunca tuve.

Por eso esta nueva sensación que se incrustaba bajo mi piel, aquí, en un lugar donde supuestamente ya no debería estar sola, no tenía nombre.

Para mi orgullo soberbio y ancestral, lo que yo sentía por la frialdad con la que Rhydian me ignoraba, no era tristeza. Las brujas oscuras no lloran, ni se encogen, ni mendigan miradas como cachorros hambrientos de una caricia. Así que mi mente hizo lo único que sabía hacer con cualquier dolor que no comprendía del todo: lo tradujo en furia. En el deseo puro y ardiente de destrozar, de quemar, cualquier cosa que tuviera la mala fortuna de cruzarse en mi camino.

Apreté los párpados un instante cuando el molesto sonido de las pisadas de Eiluned me devolvió a mi cruda realidad. Se desplazaba de un lado a otro en la cocina, mientras el aroma del romero seco se entrelazaba con el penetrante olor a sangre fresca.

Un golpe sordo sacudió el suelo.

Khaela entró cargando un enorme venado sobre el hombro, la carne aún chorreando sangre que salpicaba el suelo con cada paso que daba. Lo arrojó sobre la mesa de roble, haciendo vibrar cada plato en los estantes cercanos.

Se limpió la sangre del hombro con el dorso de la mano, soltó un bufido cargado de fastidio, y solo entonces se dignó a hablar.

—El ciervo que el Alfa cazó en la cumbre esta mañana —refunfuñó, como si aquello explicara por sí solo el mal humor en cada línea de su rostro—. Él cazó la presa, mientras que soy yo quien tengo que cargar doscientas libras de carne cuesta arriba.

Que hubiese sido Rhydian el que cazó al animal y se rehusara a traerlo él mismo, era la confirmación de lo que no quería tener certeza: me estaba evitando. Con la misma dedicación con la que evitaría a una plaga.

Ante la certeza de su evidente evasiva, mi control sufrió una pequeña fisura. Todo a mi alrededor empezó a temblar. Los tenedores de hierro sobre el mesón comenzaron a bailar un repique nervioso, y el hollín de la chimenea cayó en una fina lluvia negra.

La cachorra tragó saliva, dándose cuenta demasiado tarde de las palabras que se escaparon de su boca sin medir las consecuencias de tenerme cerca.

Eiluned dejó de afilar su enorme cuchillo de desollar. Dejó piedra y metal a un lado y, sin dudarlo, apuntó el filoso extremo directamente hacia mí.

—Ya he tenido suficiente de tus arrebatos de ira —advirtió, con los dientes apretados—. Un desastre más, y juro que no me contendré.

La ignoré por completo, desviando la mirada hacia la ventana.

—No te atrevas a incendiar mi cocina —insistió Eiluned, apretando el mango del cuchillo con más fuerza.

—Nunca dije que fuera a incendiar tu cocina.

—No necesitas decirlo. Se nota perfectamente en esa mirada tuya que quieres quemar absolutamente todo lo que ves. —Señaló hacia los vasos agrietados sobre la estantería con la punta del cuchillo—. Y todo destrozo que dejes atrás tendrás que arreglarlo tú misma.

—Solo espero que a mí no me incluya —añadió Khaela rápidamente—. Pues en mis votos para con la manada no figura limpiar los desastres que va dejando nuestra Luna.

Permanecí con los brazos cruzados, apoyada contra el respaldo de la silla, y dejé que mi voz saliera grave, rasposa y saturada de un sarcasmo que no me molesté en suavizar.

—¿Ya terminaron de parlotear como un par de urracas, o necesitaré lanzar un hechizo para coserles la lengua al paladar?

Eiluned y Khaela intercambiaron una mirada fugaz.

—Vaya, al fin la bruja regresó. —Eiluned exhaló un suspiro cargado de alivio fingido—. Por un momento pensé que habías perdido esa mordacidad tan encantadora.

—A decir verdad… —intervino Khaela, optando por una franqueza descarada—, resultas más tenebrosa cuando permaneces callada con la mirada perdida en la nada, como si estuvieras calculando cuánta leña se necesita para calcinar a la manada entera. Prefiero cuando hablas de masacres y magia negra; al menos ahí sabemos qué esperar.




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