El Lado Hermoso De La Bestia

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La Verdadera Luna

Rhydian me arrastró por el sendero con la brutalidad de una tormenta desatada, sin importarle las raíces que amenazaban con hacerme tropezar. Ni siquiera se tomó la molestia de llamar a la puerta de Isolde; la empujó con tal violencia que la madera crujió y golpeó con un estruendo seco contra la pared interior.

Al cruzar el umbral, la anciana ni siquiera se sobresaltó al vernos, parecía estar esperándonos. Permaneció sentada en su mecedora de madera gastada, sus dedos arrugados y lentos deshojando manojos de hierbas secas en su regazo.

Ailís, que estaba sentada junto a ella sosteniendo un cesto de mimbres, se puso en pie de un salto.

—¿Qué ocurre? —inquirió, con una alarma mal disimulada en la voz.

—¡Fuera! —el bramido de Rhydian la hizo temblar.

Ella parpadeó, sorprendida por la brusquedad en su tono. Caminó hacia la salida con pasos lentos y al pasar junto a nosotros, su mirada descendió hacia mi muñeca. El agarre de Rhydian era tan feroz que sus propios nudillos habían palidecido, mi piel bajo sus dedos retorciéndose con la presión.

Ailís no necesitó más. En cuestión de un latido, comprendió que el idilio perfecto, la unión sagrada que toda la manada había celebrado bajo la luna llena, acababa de saltar en pedazos frente a sus ojos.

Una sonrisa maliciosa y satisfecha comenzó a curvarle los labios.

Quería convertir aquella mueca victoriosa en un puñado de cenizas. Sin embargo, Rhydian me propinó un tirón seco en el brazo, arrastrándome hasta plantarme frente a Isolde.

La anciana continuó limpiando las hojas secas, como si nada extraordinario estuviera sucediendo.

—Déjanos a solas, Alfa Supremo.

—No me voy a ningún lado —gruñó él.

—Ya sabes la verdad, Alfa. —Su voz salió suave, cargada de una compasión que no suavizaba en absoluto el peso de sus palabras—. La verdad ya habita en tu corazón, aunque aceptarla te esté desgarrando. No hay nada que deba decirte que no sepas ya; con la bruja, en cambio, tengo asuntos pendientes.

Giré hacia Rhydian, y mi coraza de soberbia se tambaleó al contemplar el rostro del hombre que había jurado protegerme. No encontré ira salvaje en sus ojos dorados. Encontré duelo. La mirada de un lobo contemplando el cadáver de todo aquello en lo que alguna vez había creído con fe ciega.

En un impulso desesperado e involuntario, extendí la mano hacia él, buscando tocarlo una última vez. Pero Rhydian se apartó, esquivando mi contacto como si mi propia piel fuera veneno puro capaz de corromperlo con un simple roce.

Dio media vuelta y abandonó la cabaña, dejándome a solas con aquella anciana impertinente.

—Toma asiento, Nyra.

—No me interesa hablar contigo. Y aunque lo deseara, no pienso permanecer aquí cuando debo ir tras Rhydian.

—Has perdido el privilegio de decidir tus pasos, Nyra —Su tono se endureció, sin perder por completo la calma—. Y mucho menos tienes derecho a negarte a una orden dentro de esta casa. La farsante que jugó a ser Luna no ostenta jerarquía alguna en estas tierras para imponer su voluntad.

Apreté la mandíbula hasta sentir un martilleo punzante en las sienes. A pesar de todo, me senté. No por obediencia, sino por la morbosa curiosidad de averiguar qué pretendía sacarme esa anciana. ¿Qué podía exigir cuando, aparentemente, ya lo sabía todo?

—Las mujeres de mi casa no vemos el futuro —comenzó Isolde con voz pausada—, pero nosotras leemos los Hilos de Ialor, esos hilos tejidos por la propia Luna que conectan a cada alma destinada. Cuando pisaste esta manada por primera vez, pude ver ese hilo atravesándote y entrelazándose con el de Rhydian. No obstante, ese hilo tenía un nudo que hacía difícil leer vuestro lazo.

Dejó a un lado las hierbas y fijó sus pupilas nubladas directamente en las mías.

—Ese nudo sin duda se debía a que el lazo era hecho a base de mentiras —continuó la anciana—. Algo grave tuvo que haber ocurrido para que ese hilo falso llegara finalmente a su fin. ¿Qué ocurrió, Nyra?

Permanecí en silencio. No tenía por qué responder a ninguna de sus preguntas.

—Resultaría prudente que lo confesaras ahora, a solas conmigo, en lugar de aguardar a que sea el Consejo entero de la Guardia Oscura quien te obligue a confesarlo bajo circunstancias menos amables.

Mantuve el silencio, sosteniendo su mirada con toda la altivez que aún podía reunir.

—No lo negaré, despiertas mi curiosidad. ¿Qué clase de magia negra ostentas capaz de distorsionar el destino decretado por la mismísima Luna?

—Un poder que a ti no te alcanzará la vida para presenciar completamente, anciana.

Isolde ni siquiera pestañeó ante mi ofensa.

—Engañar a una manada entera ya es, de por sí, una hazaña considerable. Pero desafiar y jugar de forma tan atrevida con el destino dictado por una diosa... eso no es solo soberbia. Es una estupidez desmedida o una declaración de guerra. ¿Qué pretendías cosechar con este engaño?




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