El lado oscuro de la Luna

Capítulo 8

 

Un hada madrina suena bien

 

El día no era bonito, al menos no para él y con no es bonito, quería decir; no, no en cualquier aspecto. Quizá llevaba consigo el pesimismo como una extraña especie de filtro incluido en sus ojos… solo así tendría sentido que todo luciera gris y deprimente.

Daniel Luna caminó cuadrando los hombros y la espalda; había leído en alguna parte que si finges una postura de seguridad en algún momento comienzas a sentirla; no estaba funcionando del todo, por si querían saber. Fingió estar ocupado en algo importante cruzándose entre cada uno de los coches estacionados, como un chiquillo haciendo tiempo de la manera más tonta posible; jugueteando. De pronto fue consciente de toda la multitud a su alrededor y un poco avergonzado, avanzó hasta la puerta a un costado del estacionamiento; la entrada de profesores.

Claramente Daniel no era profesor en aquel colegio de niños adinerados, pero Marianne era la directora y él estaba ahí para hablar con ella. Suspiró y miró sobre su hombro en un rápido intento por convencerse de entrar de una vez.

Pasó de largo, pero cuando el rápido reflejo de una mujer familiarmente conocida captado por el rabillo de su ojo fue procesado por su cerebro demasiado lento, se detuvo de golpe, en medio del pasillo de entrada, sentía a los niños chocando en sus costados con sus pequeñas alturas, mirándolo desde abajo como si fuese un ser extraño haciendo tráfico humano en la escuela.

Se giró en redondo, volviendo al estacionamiento, esta vez utilizando la entrada de alumnos, sus ojos escanearon los alrededores, no estaba seguro de qué era lo que lo había llevado a volver, no sabía con exactitud quien era a quien había pensado ver, pero le parecía conocida y la sensación en su pecho había sido la principal responsable por su necesidad de regresar a averiguar de quien se trataba.

Probablemente lucía como un psicópata buscando con la mirada a nadie en especial, se sintió extraño, tal y como cuando despiertas y has tenido un sueño lúcido, pero te has olvidado de la parte más importante, justo de esa manera… extraña, desesperante, como un hueco en el pecho producido por un hueco en la memoria…

Definitivamente debían ser sus nervios, permaneció unos segundos más ahí, simplemente de pie, hasta que el chirrido de un moderno coche rojo brillante saliendo casi volando por la esquina del estacionamiento lo hizo salir de su ensoñación y entonces decidió volver, dejar de lado las extrañas cavilaciones y enfrentar de una vez por todas aquello que llevaba tanto tiempo evitando.

Las cortinas espesas y de tela marrón brillante estaban corridas en el ventanal, de pronto, ante la mirada penetrante de Marianne, observándolo desde su silla giratoria, Daniel se dio cuenta de que no había llamado a la puerta, como si las viejas costumbres arraigadas siguieran traicionando su cerebro, él seguía haciendo lo que solía hacer sin pensar, pero justo ese era el problema, porque ya había llegado el momento irreversible de pensar.

—¿Te vas a quedar ahí todo el día? —una sola cosa era evidente en el rostro de la mujer y no hablamos de emociones, nada de eso, esas eran las únicas que sabía ocultar como una experta, más bien era lo tenso de su fina mandíbula, Daniel pensó que quizá sus pobres dientes estaban a punto de estrellarse con la fuerza que parecía poner en la base de su rostro.

Entró, sintiéndose un niño pequeño, mirándola con una evidente desconfianza que la hizo levantar sus defensas de inmediato. Aquello era como una silenciosa pelea de gatos callejeros, aguardando en sus esquinas a que el otro diera el primer ataque, agitando sus colas temblorosas, preparándose para sacar las uñas afiladas o para saltar al tejado más cercano, según fuera el caso.

—No es necesario que me mires de esa manera —le soltó Daniel al tiempo que se sentaba frente a ella sin preguntar.

—Ni siquiera te estoy mirando —la rudeza e indignación en su voz casi le causaron gracia al hombre frente a ella.

—Claro…

—Si vienes a hacerte el tonto es mejor que te vayas de una vez… no estoy de humor

—Tú nunca… ese es el problema —Daniel no sabía a ciencia cierta porque estaba siguiendo y fomentando aquella aparente discusión, pero de alguna manera aquello llenaba el vacío que había sentido antes, justo cuando entró por segunda vez a aquel inmueble.

Marianne elevó una ceja en su dirección, nunca había sentido tanta atención de su parte antes, era humillante para ella misma confesar que le emocionaba que le dijese al menos cosas desagradables… se cruzó de brazos, quizá… quizá si en ese momento le pidiese una vez más, solo una vez más que cambiara de opinión… quizá lo haría, quizá lo aceptaría de vuelta en su casa y dejaría de marcar aquel número que la hacía sentir como una maldita villana necesitada de atención masculina, aquel numero de un hombre que no era él.

—¿Qué quieres? —la mujer ocultó su sonrisa casi triunfal, lo había tenido a sus pies tanto tiempo, no de la manera que deseaba, pero si de una que la hacía sentirse superior, necesitada…

—¿No escuchaste el mensaje que te dejé? —la miró frunciendo el entrecejo y ella arrugó la frente.

—No —de pronto se sintió un poco inestable, de pronto, por la mirada del hombre frente a ella, estaba sugiriendo una nueva posibilidad… una que no la hacía sentirse la persona más poderosa en la habitación.




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