El lado oscuro de la Luna

Capítulo 22

 

Se encienden los interruptores

 

Cuando Demian Marquina cruzó la puerta de su salón de clases, decir que Daniel se sintió confundido era minimizar la realidad.

Su amigo le dio una mirada severa, justo antes de tomar una de las sillas demasiado pequeñas para él y arrastrarla por medio salón, Daniel lo miró como si estuviese volviéndose loco y Demian, aun así, se sentó, frente a él.

—¿Sabías que mi mejor estudiante iba a renunciar al caso? —sus ojos oscuros se agudizaron en cuanto Daniel retrocedió sorprendido con la noticia.

—¿Qué? No…

—¿De qué conoces a Layla Alexander, Daniel? —sintió el aire atorarse en su garganta, miró hacia las hojas regadas sobre su escritorio, porque si quería mentir no podría mirar sus ojos.

—Es… solo una vieja conocida de una ciudad en la que viví hace años…

—¿Crees que nací ayer? Alguien como ella jamás dejaría un caso por un conocido… es horrible que le restes importancia a una mujer que ha dejado su mayor oportunidad por ti…—Daniel entornó los ojos en su dirección.

—Le pedí que no lo hiciera…

—Y aun así lo hizo, porque sabe qué es lo correcto… dime de qué la conoces —exigió el hombre, Daniel sintió su sangre hervir.

Se sorprendió al darse cuenta de que estaba sintiendo ira, había pasado tantos meses sin sentir realmente nada, que incluso aquella quemante sensación le pareció gloriosa.

—No tienes derecho a venir aquí y obligarme a contarte cosas que no son de tu incumbencia…

—Puse toda mi fe en esa mujer, estaba destinada a ser la mejor de su generación, había un trabajo seguro para ella en mi despacho… ¿Y me vas a decir que no tengo derecho a preguntar porqué ha tomado la decisión de arruinar su carrera poniendo tu nombre sobre el escritorio y diciendo que te conoce de antes? —su rostro estaba de un rojo brillante que habría hecho a Daniel reír si no se sintiera como un niño siendo reprendido.

—Tuvimos algo… hace años

—Le llevas como diez años… —soltó Demian y ahora ambos estaban tan rojos como el coche en el que la persona de la que hablaban viajaba por la ciudad regalando sonrisas.

—Doce… pero… ¿Quién eres tú para venir a hablarme de la edad en las relaciones? Tamy tenia diecinueve cuando tuvo a los mellizos, le doblabas la edad Demian… —soltó el maestro con amargura, mirando a un hombre de justicia frente a él, que parecía pensativo ahora.

—Tienes razón, no soy nadie para juzgarte, pero… no hagas que ella se arrepienta de haber dejado una oportunidad así y te lo digo como el padre de los hijos de una joven modelo que dejó su carrera por mi… y luego se fue

Daniel hizo una mueca de disgusto, aquello no era para nada lo mismo, él no le había pedido a Layla que hiciera nada, no había deseado que ella se amoldase a su vida arruinada, no la había hecho cambiar su camino a costa de su propia felicidad, Daniel se había estado alejando, le había dejado claras todas las razones por las cuales aquello estaba mal, porque sabía que no merecía todo lo que ella estaba ofreciendo.

Y sabía también, que, tratándose de Layla, era más probable que su decisión se debiera a sus propias interpretaciones sobre lo que estaba bien o no, sin embargo, sabía también que de alguna manera había influido en aquello, porque todas las veces que ella le dijo con muy poca fervencia que no podían ser amigos por el caso, él había insistido y jamás se había sentido tan dividido entre la culpa y la inocencia.

—Te equivocas de historia Demian.

—Eso espero, eso espero… —se levantó y comenzó a ir hasta la salida, como una vergonzosa alma en pena —Ella no es como Tamy, ella es como yo y… quizá lo que te pide te haga salir corriendo, solo recuerda lo que ella ha dado por ti

Lo miró, encontrando aquello patético, Demian apreciaba a Layla como a una hija, él lo sabía desde antes de saber quien era su estudiante predilecta y… encontraba aterrador que su más grande amigo se pusiera de su lado, porque eso solo le confirmaba que aquel era el lado correcto.

 

….

 

No pasaron ni treinta minutos de aquella inesperada visita y Daniel ya estaba fuera del apartamento de Layla.

—¿Qué haces aquí? —él miró hacia el lugar de donde aquella voz conocida provenía, estaban en medio del pasillo, a varios pasos de distancia y aun así se sentía como si ella estuviese respirando en su cuello.

—Quería verte...

—¿Por?

—Demian me dijo que renunciaste... —soltó con una articulada tranquilidad, pero era justo lo opuesto a lo que había sentido.

—Lo hice... —anunció al tiempo que abría la puerta, entró a su apartamento y dejó la puerta abierta, una invitación a que él entrara también.

—Yo no quería que esto pasara... te dije que no estaba bien que lo hicieras —le dijo él, entrando con naturalidad a aquel espacio que para Layla era sagrado, la miró entrar a la cocina y servirse agua.

—¿Tú crees que yo si quería que pasara? ¿Crees que en algún momento desee que regresaras a poner mi vida de cabeza? Esta clase de estúpido karma me tiene harta, pero es lo que hay —soltó ella, su voz estable y su tono de dureza contrastaba con su semblante tranquilo y las medias sonrisas que emitía.




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