El Lago de los Dos Reflejos continúa la historia iniciada en Los Espejos Blancos y retoma a los mismos personajes principales, Audra y Alex. No obstante, no es necesario haber leído la novela anterior para seguir y disfrutar este relato.
Ambos libros pueden leerse de forma independiente, con tramas y desarrollos propios. Quienes conozcan Los Espejos Blancos descubrirán, en el desenlace de El Lago de los Dos Reflejos, una comprensión más profunda de ciertos elementos y vínculos.
Esta novela ha sido concebida para funcionar por sí sola, sin perder la coherencia de un universo narrativo compartido.
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Cuando el cielo golpeó la Tierra
Una investigadora italiana saca a la luz las huellas de un acontecimiento cósmico ocurrido hace casi diez milenios.
Por Elisa Moretti — Revista Ciencias & Planeta, octubre de 2027
«Las rocas recuerdan mejor que nosotros», sonríe la doctora Audra Arolo, geóloga de la Universidad de Milán.
«Y esta vez, su memoria parece remontarse mucho más allá de lo que la ciencia creía posible.»
Bajo las cenizas de los volcanes del Tauro oriental, en Anatolia, Audra Arolo y su equipo han descubierto una señal isotópica anómala: un exceso espectacular de berilio-10 y de carbono-14 en capas datadas en torno a hace 9 600 años.
Estos isótopos raros se forman cuando partículas cósmicas de muy alta energía impactan en la alta atmósfera.
Su presencia, en concentraciones semejantes, delata un bombardeo de radiación de una magnitud sin precedentes.
Volcanes como registradores del cielo
Las muestras proceden de los alrededores del lago Van y de la cordillera del Tauro, una región ya célebre por su actividad volcánica.
Las cenizas allí son como páginas de un libro: cada estrato narra un instante de la Tierra.
Al analizarlas, Arolo advirtió algo inesperado: una breve sobresaturación isotópica, concentrada en apenas unos centímetros de depósito.
—Es como si la Tierra hubiera recibido un destello cósmico, un choque invisible que dejó su firma química en el polvo de los volcanes —explica.
Las dataciones por radiocarbono y las comparaciones con otros yacimientos, en Islandia y en el Cáucaso, confirman que se trata de un acontecimiento global pero muy breve, cuya duración se estima en solo dos o tres años.
¿Una tormenta solar? No exactamente.
Los investigadores ya conocen episodios comparables, llamados «eventos de Miyake», provocados por erupciones solares de enorme intensidad.
Pero los valores observados en Anatolia superan en más de cuatro veces los de las tormentas solares más violentas registradas en los anillos de los árboles o en los hielos de Groenlandia.
No basta, pues, con esa explicación.
Algo distinto debió de golpear la Tierra: un flujo de partículas mucho más energéticas que las procedentes del Sol.
La hipótesis audaz: un objeto compacto de paso
En su informe publicado en octubre de 2027 en Earth and Planetary Science Letters, Audra Arolo propone, con cautela, una hipótesis tan fascinante como controvertida:
el sobreflujo podría provenir del paso transitorio de un objeto cósmico compacto que atravesó brevemente el sistema solar.
—No hablamos de un impacto, sino de una interacción gravitatoria y magnética. Un cuerpo invisible y denso pudo rozar la Tierra y desencadenar una lluvia de partículas relativistas —resume la investigadora.
Este tipo de objeto, teórico pero plausible según la física moderna, produciría exactamente el tipo de radiación necesario para generar las anomalías observadas.
Huellas incluso en el clima
Las capas volcánicas asociadas muestran también una modificación súbita del magnetismo remanente y microburbujas vitrificadas, signos de un campo magnético transitorio de gran intensidad.
En el mismo período, estudios climáticos independientes señalan un enfriamiento brusco en Anatolia y el Levante, seguido de un recrudecimiento de las erupciones.
Implicaciones vertiginosas
Si la hipótesis se confirma, se trataría del primer indicio geológico directo de una interacción entre la Tierra y un objeto compacto interestelar.
Una idea durante mucho tiempo reservada a la ciencia ficción, hoy debatida en congresos científicos.
Ya están previstos programas de observación: los instrumentos gravitacionales LIGO, VIRGO y KAGRA vigilarán señales débiles que podrían corresponder a la reaparición de este misterioso intruso.
—Quizá el objeto siga ahí, en una órbita lejana alrededor del Sol. Y quizá regrese.
Audra Arolo guarda silencio un instante, con la mirada perdida en los testigos de ceniza dispuestos sobre su mesa de laboratorio.
—Lo que hemos encontrado —dice por fin— no es quizá más que el recuerdo de su último paso.
Massachusetts, 19 de mayo de 1780.
Extracto del diario de Nathaniel H. Gardner, notario de Newburyport
«Serían poco más de las diez de la mañana cuando la luz del día empezó a apagarse.
Primero como un velo de lluvia, luego como la caída de una ceniza invisible.
El cielo, de un gris azulado, se retiró lentamente, y las sombras de las casas se espesaron hasta volverse manchas de tinta.
Los habitantes del pueblo salieron a los porches, con la mano a modo de visera.
El mar, pese a estar en calma, había perdido todo color.
Las gaviotas giraban sin emitir un solo grito, y hasta los perros, presintiendo la extrañeza del aire, se habían refugiado bajo los carros.