El Lago de los Dos Reflejos

CAPÍTULO 6 - Ese “eco” provenía de las proximidades de la Tierra, no de la galaxia NGC 4993.

Aeropuerto de Darwin — 3 de noviembre de 2035, 06:20

El cielo del amanecer australiano se iluminaba de un gris metálico cuando el aparato inició el descenso.

El piloto, concentrado, lanzó una mirada inquieta hacia su copiloto.

—Pista principal saturada. Nos redirigen a la zona privada del Centro.

—¿La del norte?

—Sí. Corta, muy corta.

Audra sintió la tensión en la voz de la tripulación y apretó los reposabrazos.

El avión se inclinó bruscamente a la izquierda y emprendió una aproximación baja sobre el manglar. A través del ventanuco, la luz de la mañana se reflejaba en los meandros fangosos de un brazo de río donde algo se movía lentamente: formas masivas, oscuras, pacientes.

—Cocodrilos —murmuró Alex—. Encantadora bienvenida.

—Muy gracioso —respondió Audra, sin sonreír.

El tren de aterrizaje tocó la pista con un chirrido prolongado. El avión rebotó apenas, deslizó y frenó con violencia. El fuselaje vibró hasta el último remache.

Un olor a goma quemada invadió la cabina.

A apenas unas decenas de metros, la pista se interrumpía en seco. Detrás, una franja de hierba húmeda se abría sobre el vacío de un terraplén que bajaba directamente hasta el río.

El piloto tiró aún más de los frenos y el avión se detuvo con un resuello ronco, el morro inclinado hacia la pendiente.

Silencio.

Luego el comandante soltó, lívido:

—Bienvenidos a Darwin.

Audra cerró los ojos un instante. El cuerpo le temblaba pese a ella: demasiadas pruebas, demasiado poco sueño, y esa tensión permanente pegada a la piel desde el lago.

Alex posó una mano en su hombro, sin decir nada.

Él tampoco tenía mejor aspecto.

En la pista, Anita Kern los esperaba, impasible pese al calor creciente. A su lado, un hombre moreno, corpulento, de rostro cerrado: el doctor Helmut Sarin, jefe del Sector Astrofísico del Centro.

Alex lo reconoció al instante.

Habitualmente jovial, aquella vez mostraba una expresión dura, tensa: la de los días en que nada va bien.

Anita avanzó primero, la mano tendida hacia Audra.

—Doctora Arolo. Gracias por venir tan rápido.

La voz era cortés, pero el tono no dejaba lugar a dudas: la situación era grave.

Prosiguió sin preámbulos:

—La perturbación que atravesaron en vuelo se desplaza alrededor de la Tierra, arrastrada por la rotación del planeta. Los aviones señalan fenómenos extraños: retrasos imprevisibles, derivas de altitud, instrumentos desfasados. Y desde hace tres horas… desaparición temporal de ecos de radar.

Audra, lívida, frunció el ceño.

—¿Desaparición?

—Sí. A veces incluso desdoblamiento. Hay aparatos que aparecen dos veces en las pantallas, en posiciones distintas, antes de fundirse en un solo punto.

Anita hizo una pausa.

—El campo perturbador es global. Y se intensifica.

Alex sintió la mirada pesada de Sarin posarse sobre él.

—¿Han traído los datos del lago?

—Sí. Todo está en el módulo seguro.

—Bien. Habrá que compararlos con los registros orbitales de la red LIGO-VIRGO.

Audra se llevó una mano a la frente.

El calor, el cansancio y esa lucidez súbita: el fenómeno ya no era una teoría; estaba ganando el mundo.

Se tambaleó levemente.

Alex reaccionó al instante.

—Necesita un descanso —dijo con firmeza.

Sin esperar, la condujo a una sala contigua, climatizada, casi vacía. Le sirvió una bebida fría del dispensador integrado.

—Tenga. Intente beber un poco.

Ella agradeció con un gesto y permaneció un momento inmóvil. La luz artificial le daba un tono cerúleo.

—Debería dormir —susurró Alex—. Voy a entregarles los datos.

—No —respondió ella tras un silencio—. No ahora.

Alzó lentamente la cabeza. Tenía ojeras, pero los ojos estaban vivos.

—Si pasa algo, quiero estar aquí.

Alex esbozó una sonrisa cansada.

—Me lo imaginaba.

Audra se levantó, vacilante pero decidida.

—Vamos.

Afuera, el viento caliente traía un olor a lluvia y a sal.

Centro de Vigilancia de las Anomalías — Despacho de Dirección, Darwin

3 de noviembre de 2035, 08:40

La luz de la mañana se filtraba a través de persianas metálicas, dibujando en la pared líneas oblicuas donde se agarraba el polvo.

El despacho de Anita Kern estaba saturado de pantallas, carpetas y mapas orbitales. Flotaba un olor a café frío, mezclado con el zumbido continuo del aire acondicionado.

Audra, sentada frente a la directora, observaba la calma controlada de aquella mujer cuya mirada atravesaba todo.

A su derecha, Helmut Sarin, macizo, de brazos cruzados, clavaba los ojos en el suelo con gesto hermético. Alex, un poco más atrás, tenía el rostro demacrado, pero la mirada lúcida, como si ya adivinara la gravedad de lo que iban a oír.

Anita habló sin preámbulos.

Su voz, serena y clara, impuso el silencio.

—Gracias por estar aquí los dos. Sé que no han pegado ojo en más de veinticuatro horas, pero es imprescindible que estemos alineados antes de la primera transmisión internacional.

Hizo una breve pausa, entrelazando las manos sobre el escritorio.

—Lo que voy a exponer no ha salido nunca de estas paredes.

Audra se enderezó, atenta.

Anita le dedicó una leve inclinación de cabeza.

—Doctora Arolo, es la última en incorporarse al proyecto y, sin embargo, una de sus piezas maestras. Antes de entrar en los desarrollos recientes, debo recordarle de dónde viene todo esto.

El proyecto LUMEN nació con el Centro. En aquel entonces, nuestra nueva estructura necesitaba una línea de investigación a la vez arriesgada y transversal, capaz de enlazar astrofísica, geología y fenómenos no convencionales.

Esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Y da la casualidad de que uno de los miembros fundadores regresaba entonces de unas vacaciones cerca de Crater Lake, en Oregón. Le habían impresionado rumores locales: brumas luminosas, desapariciones transitorias de pescadores, testigos que hablaban de “reflejos dobles” en la superficie del lago tras las tormentas.



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En el texto hay: romance, tiempo, astronimia

Editado: 01.02.2026

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