Per-Baou — Egipto, hacia 1440 a. C.
Durante mucho tiempo no hubo nada.
Ni ruido, ni viento, ni sombra móvil.
El mundo parecía atrapado en una lenta convalecencia, inmóvil bajo una campana de luz pálida.
La tierra se resquebrajaba por el calor como vidrio mal templado, y el Nilo conservaba sobre su superficie una película azulada: un espejo vivo, cicatriz del paso de LUMEN-Δ1.
El tiempo, allí, ya no corría: rezumaba.
Las horas no tenían orden; se invertían, se superponían y luego desaparecían antes de haber ocurrido. El sol ascendía y descendía sin lógica.
Luego llegó un sonido ínfimo: el temblor del agua.
Y el viento, por fin, regresó del norte, leve, cargado de arena y olor a hierbas secas.
El Nilo volvió a fluir, primero a pulsaciones, como si dudara entre dos orillas del tiempo.
Y en la corriente bailaban reflejos extraños: rostros, siluetas, fragmentos de objetos, destellos de gestos inacabados.
Bajo la superficie, algo intentaba regresar. El halo azul, debilitado, vibraba aún en el fondo, como un fuego de alma que se negaba a morir.
Y a veces, cuando el viento caía, se veía al Nilo volverse dos ríos superpuestos:uno fluido, tangible; el otro espectral, siguiendo el mismo cauce pero a contracorriente.
En el mundo del padre, Menka vivía solo desde hacía horas sin referencia.El pueblo parecía intacto, pero vacío de voces, vacío de risas.Las tinajas llenas de agua no se evaporaban; las lámparas seguían encendidas sin aceite.
A veces hablaba, solo para romper el silencio, sin saber si sus palabras aún tenían una dirección.
Creía oír la risa de Tiy, tan cerca que alargaba la mano… y no tocaba más que aire frío.
En el otro mundo, Nofret y los niños recorrían las mismas callejuelas, bañadas por una luz inmóvil.
El Nilo corría, pero no hacía ruido.
Encendían fuegos que no calentaban.
Su mundo parecía respirar a través de una membrana invisible: un eco de lo real.
Y a veces Nofret veía, en el reflejo del agua, otra orilla casi idéntica, donde un hombre caminaba solo.
Al caer la tarde, cuando los dos soles —el del día y el del reflejo— coincidieron, el halo azul volvió a extenderse. Pero esta vez no fue un estallido brutal: era una onda lenta, suave, un estremecimiento que envolvía todo el pueblo.
Los contornos de las cosas empezaron a borronearse.El viento atravesaba las paredes sin romperlas, el polvo cruzaba la luz, y el Nilo, en un silencio total, se volvió espejo perfecto.
Menka sintió de pronto bajo los pies un suelo inestable, elástico, como si el mundo resbalara entre dos capas.
Vio a lo lejos la silueta de Nofret… y ella también lo miraba, aterrada y maravillada.
Un mismo segundo, infinitamente estirado, en el que ambos mundos se reunían al fin.
Entonces regresaron primero los niños. Khaï apareció el primero, corriendo por el dique como si nunca hubiera desaparecido.Alzó la cabeza hacia el cielo y dijo:
—Padre, soñé que el Nilo ya no sabía adónde ir.
Menka cayó de rodillas, lo estrechó contra sí, sin aliento.Luego Tiy, en brazos de Nofret, se acercó también.
El contacto fue imposible al principio: sus manos atravesaban los cuerpos, como dos imágenes buscando superponerse.
Pero a medida que pasaban los segundos, la resistencia cambió: la piel recobró el calor, las formas recuperaron peso.
La luz azul se replegó despacio, como un telón que se corre.Y de pronto el mundo recobró su densidad.
Estaban allí. Todos.
Las casas temblaban levemente; los pájaros volvían a volar.
Al día siguiente todo parecía igual.
Pero nada lo era de verdad.
El Nilo brillaba con un tono más oscuro; las sombras tenían una consistencia de vidrio; y las estrellas, de noche, palpitaban con un ritmo extraño.
Menka, en silencio, contempló el cielo.
Sintió que algo seguía suspendido allá arriba: un hilo invisible, uniendo pasado y futuro, pérdida y memoria.
Y en el agua, cuando se inclinó, creyó ver por un instante dos rostros —el de su familia y el suyo— fundidos el uno en el otro, como si el tiempo se negara desde entonces a separarlos.
Centro de Vigilancia — Misión LUMEN III — 7 de noviembre de 2035, 07:40 UTC
Los modelos del Centro funcionaban sin interrupción.
Helmut Sarin envió una extrapolación retroactiva del paso del MTN LUMEN-Δ1.
El resultado provocó un largo silencio en la sala:
La trayectoria, invertida en el tiempo, cruzaba el plano terrestre en –1437 ± 5 años, a una altitud inferior a 20 km, y a una latitud correspondiente a 26° norte, 32° este: la región tebana.
En otras palabras: en la época misma del Papiro de Apofis.
Los archivos del Centro, cruzados con los del museo de El Cairo, confirmaban una coincidencia llamativa: testimonios escritos, pigmentos luminiscentes datados de ese periodo y, sobre todo, una mención recurrente de un lugar llamado Per-Baou —la Casa del Viento—, pequeño poblado hoy sepultado por los sedimentos del Nilo.
A Audra y Alex se les concedieron unos días de reposo en el complejo de Darwin.
Un reposo relativo: el sueño era ligero, atravesado por sueños de brumas azules y reflejos duplicados.
Audra, pese al cansancio, pasó horas frente a los mapas satelitales del Nilo, comparando los datos del radar LiDAR con antiguos levantamientos topográficos del British Museum.Los acuíferos locales —decía— presentaban tasas anómalas de berilio-10 y de tritio.
Al tercer día, Anita Kern les entregó un plan de vuelo parcial, acompañado de una consigna estricta: evitar la zona azul de baja atmósfera, un anillo fino de partículas luminiscentes que derivaba alrededor de la Tierra.
¿Reminiscencia del pasado ante la aproximación del MTN… o primera manifestación del futuro?