Nadia recorría el largo pasillo acristalado del Centro de Darwin, con el bolso cruzado al hombro y un fajo de notas apretado contra el pecho.Era su primera misión fuera de las instalaciones.
Su primera investigación llevada sola.
Sentía una nerviosa vibración en el centro del pecho, un temor obstinado a no estar a la altura.
Aquello que se había atrevido a formular delante de Alex y Audra —que la Tierra aún llevaba una herida fechada en 1780— le parecía de pronto una audacia insensata.
Casi se rió, en silencio.
Pero en el fondo, ¿no era esa precisamente la razón de ser del Centro? Interrogar lo improbable, ahondar en las anomalías, dar forma a intuiciones que la ciencia, a veces, aún no se atreve a asumir.
Al llegar a la salida recordó las palabras de aliento de Audra:
No tengas miedo de pensar bien solo porque parezca una locura. Los grandes avances a menudo empiezan con una hipótesis frágil.
Aquel recuerdo la calentó por dentro.
Luego su mente derivó, pese a ella, hacia otro detalle: la actitud de Alex cuando miraba a Audra.
Esa mezcla de reserva y transparencia, de atención instintiva, que no tenía con nadie más.
Se le escapó una sonrisa.
—No son pareja… pero es evidente que están ligados —murmuró para sí.
La idea la sorprendió con un coraje inesperado, como si esa complicidad que había observado diera un sentido más vasto a lo que todos hacían allí.
Eran un equipo, sí… pero sobre todo un grupo de personas que intentaban avanzar juntas en un mundo de fenómenos extraños, apoyándose en sus fuerzas y en sus vínculos.
El viento cálido de Darwin le rozó la cara cuando empujó la puerta.La angustia no había desaparecido… pero ya no estaba sola.Tenía la confianza de Alex, la simpatía sincera de Audra… y una misión que cumplir.
La primera de su carrera.
La primera que le pertenecía de verdad.
Inspiró hondo y bajó los escalones hacia el aparcamiento, donde la esperaba su vehículo.
Armenia la llamaba.
Y, en el fondo, estaba lista.
El vuelo desde Darwin había durado toda la noche.Al aterrizar, Nadia fue recibida por el aire vivo de Ereván, más seco, más claro de lo que esperaba.
El monte Ararat dominaba el horizonte como una presencia silenciosa, casi irreal.
En las calles, las fachadas rosadas de toba volcánica captaban la luz de la mañana, dando a la ciudad una suavidad inesperada.
Nadia sintió que la garganta se le cerraba con una mezcla de aprensión y excitación: ahora le tocaba a ella llevar la investigación.
El Instituto Histórico de Ereván olía a polvo de papel antiguo y a piedra fresca.
Un hombre delgado, de cabello gris cuidadosamente peinado hacia atrás, la recibió en una sala pequeña bordeada de estanterías estrechas.Se presentó como Aram Sarkissian, archivero desde hacía cuarenta años.
Extendió ante ella varios registros encuadernados en cuero, anotados con su letra fina.
—Tenía usted razón —dijo ajustándose las gafas—.
—Las menciones de “noche azul” aparecen en tres documentos distintos: 1894, 1905 y 1921. Los tres en la misma región.
Pasó las páginas con una delicadeza casi religiosa.
—Estas descripciones no son frecuentes. Pero concuerdan perfectamente con lo que usted ha detectado en sus datos digitales. No es una leyenda popular… es un patrón.
Nadia sintió que el corazón le latía un poco más deprisa.Esa validación externa hacía que sus propios resultados fueran de pronto más sólidos, más reales.
Aram cerró el registro con suavidad.
—Armenia recuerda cosas que otros países olvidan —dijo con una leve sonrisa—.
—Hace bien en comprobarlo aquí.
Al día siguiente, Nadia tomó una carretera sinuosa hacia el este, hasta un pequeño pueblo de casas de piedra oscura.Los perros dormían a la sombra, los jardines rebosaban uvas tardías y el aire traía un olor a tierra húmeda.
Tenía una cita con Garnik, un campesino anciano de quien todos le habían hablado.
La esperaba delante de su casa, apoyado en un bastón tallado, con una mirada clara como agua de manantial.
—Usted busca las historias de luz, ¿no es así? —dijo incluso antes de que ella se presentara.
Nadia asintió.
Se sentaron en un banco bajo un albaricoquero. Garnik habló despacio, con una precisión que delataba una larga costumbre de observar la naturaleza.
—Cuando llega la noche azul, siempre viene de allí —dijo señalando en dirección al lago de los Dos Reflejos.
—El halo… sí, el halo azul existe.
Mi padre lo vio. Mi abuelo también.
Decían que el lago… respiraba esas noches.
No el valle. No la montaña. Solo el lago.
Las manos le temblaban un poco, pero no de miedo: de convicción.
—La gente dice que es una señal —añadió frunciendo ligeramente el ceño—.
—Una señal de que el lago aún carga con algo… demasiado antiguo para que de verdad lo comprendamos.
Nadia sintió un escalofrío subirle por la nuca. No una anomalía científica: solo la certeza íntima de que sus intuiciones encajaban.
Agradeció a Garnik y tomó de nuevo la carretera hacia Ereván.El lago seguía invisible, escondido tras las montañas, pero su nombre parecía flotar por todas partes a su alrededor.
Y por primera vez desde su partida, se sintió verdaderamente lista para afrontar lo que venía.
Nota personal — a la atención de Alex y de Audra
Alex, Audra:
Les escribo esta nota aparte, porque hay cosas que no encuentran su lugar en un informe de misión… incluso cuando influyen directamente en la manera en que trabajamos.
Creo que nunca había sentido una mezcla tan intensa de aprensión y responsabilidad.
La misión en Armenia me ha puesto frente a algo que no había previsto: la sensación de que nuestras hipótesis ya no son solo construcciones teóricas, sino realidades que se prolongan en la memoria humana.