Desde sus ocho años, la pequeña Anne cuidaba su jardín de lirios blancos con total disciplina y amor; les hablaba cada tarde acompañada por la pequeña regadera color naranja que le regaló su abuela en su cumpleaños número diez.
—¿Qué tal va la tarde, mis dulces lirios? —decía con la mano en la frente para taparse del sol.
A cada lirio le iba contando lo que había hecho en la escuela: sobre las veces que le ofrecían colada en el restaurante escolar y lo poco que le agradaba, como las clases de lenguaje donde la profesora permanecía aburrida la mayoría del tiempo.
—Quizás a ella le falte tener un jardín como el mío para sentirse bien.
Tocaba la regadera con cuidado y lo posaba en su mano izquierda. Tomó aire, esperando que el olor de su jardín le llenara la nariz.
— Aunque no la culpo, mantener un jardín tampoco es fácil. Hay que cuidarlo siempre. Pero como yo hablo mucho, entonces ustedes siempre están atentas a cada día de mi vida y por eso no quieren marchitarse —explicó moviendo la regadera hacia su mano derecha.
Para Anne, su jardín de tan solo tres metros era su compañero de conversación. Siempre le gustaba dar charlas extensas sobre cada detalle, porque ellas eran sus confidentes naturales ancladas a la tierra.
Y es que desde muy pequeña ella se negaba a recibir plantas grandes. Cuando su madre la llevaba a los viveros lejanos de la ciudad, Anne disfrutaba ver la variedad de flores grandes para luego preguntar:
—¿Usted tiene las semillas de esa flor? Me las quiero llevar a plantar —preguntaba desde sus ocho años.
Así que sus preguntas terminaban respondidas con semillas dentro del jardín. Su madre le compraba sus materiales cuando podía, hasta un sombrero muy acorde que ya le quedaba tan pequeño, que, a raíz de eso, se ponía las manos en la frente.
—¿Creen que soy parlanchina? —susurró acercándose a centímetros de las flores con los ojos entrecerrados—Sí, la verdad lo soy. Por eso ustedes me escuchan, o eso creo... Pero si pudieran correr, creo que podrían estar en otro jardín para poder tener silencio.
Anne, la pequeña de pocos amigos en la escuela, permanecía desde los ocho años atenta del jardín. Era su rutina de descanso a media tarde, cuando ya había acabado sus tareas.
Dos años habían pasado desde entonces. Anne ya no usaba el sombrero que le quedaba muy pequeño, pero seguía tapándose el sol con la mano. Una tarde de miércoles, su madre tenía una sorpresa para Anne.
Esa tarde, cuando Anne creía que solo darían un paseo por la ciudad buscando los yogures que ella amaba, pero que solo vendían al otro lado de la ciudad.
Tomaron un bus; ella estaba convencida de que para el día siguiente tendría un yogurt de mora, su favorito, en su bolso.
—El yogurt de mora lo llevaré de lonchera, ¿pero puedo tomar uno cuando lo compremos? —preguntó con esperanza.
Su mamá asintió. Eso le hizo saber qué su hija tenía en mente el yogur y no el lugar a donde iban. Pero como Anne para evitar hacer más preguntas, se dedicó a contar el número de semáforos. Uno, dos...cinco, seis, siete... Hasta que el número se le olvidó.
La carretera seguía su rumbo.
—Es hora de bajarnos, vamos, vamos. O nos pasaremos de ruta —dijo su madre sacando a la niña de su conteo fallido.
Anne se ajustó la chaqueta de cierre rosado hasta arriba, porque sentía mucho frio estando incluso dentro de la ciudad.
—¡Gracias! —dijeron ambas mientras bajaban del bus. El conductor distraído hizo una sonrisa breve desde su asiento y prosiguió el camino, dejando a ambas en la carretera con pequeñas casas alrededor.
—Mami, mami, ¿a dónde vamos? El yogurt no lo venden aquí —preguntó Annie.
—A un lugar; el yogurt puede esperar —respondió su mamá con impaciencia.
Caminaron a paso rápido, el sol se asomaba suavemente entre las nubes grises. Entonces, los ojos de Anne lo vieron a lo lejos. Un lago que estaba escondido del ruido de la ciudad era el lugar que las esperaba con calma.
—No corras, que nos podemos caer —advirtió su mamá.
Cuando llegaron al lugar donde estaba el lago. Anne miró que una silueta salía de un pequeño árbol con ramas pequeñas. Se volteó con miedo, pero era su abuela.
—¡Abuelita! ¿Qué haces aquí? —dijo abrazándola con fuerza y una sonrisa.
—Estar con ustedes —respondió la mujer mayor de cabello corto con una sonrisa.
Anne hizo un gesto de duda, pero tal pronto miró hacia el lago de nubes percibió que no era cotidiano. Estaba lleno de neblina de colores arcoíris que parecía algodón de azúcar.
—Así que aquí nace el algodón de azúcar que venden los domingos el parque —dijo convencida.
Su madre y abuela rieron.
—No, no Anne. Este es un lago de nubes; aquí puedes tomar de esta agua arcoíris—enfatizó—, solo para tu jardín.
Le explicó su mamá con claridad.
—¿Para mi jardín? Me parece bonito el agua arcoíris, pero venir por ella todos los días nos queda lejos. Por eso usamos el agua de lluvia —dijo Anne.