El lamento de Nócthyra

Capitulo 1 - La víspera

Lysander Vaeryn vivía en el ala norte del palacio de Lúmenvar,

Un reino de elfos nobles que se alzaba sobre colinas bañadas por la luz del sol poniente, rodeado de bosques y ríos cristalinos que parecían susurrar historias antiguas. Su habitación, alta y estrecha, tenía ventanales que daban al río serpenteante y a un espejo antiguo que reflejaba a un rostro que él apenas reconocía como propio.

Cada mañana lo despertaban los ecos de los sirvientes y el rumor de los nobles que recorrían los pasillos adornados con tapices que narraban siglos de historia élfica. Para la mayoría, Lysander era el heredero destinado a subir al trono después de la repentina muerte de sus padres, pero él no entendía del todo qué significaba eso. Solo sabía que todo lo miraban con respeto, que los consejeros hablaban de él en susurros y que las palabras “importante” y “único” parecían colgar sobre su cabeza como un peso invisible.

Se acercó al espejo y levantó el cuello del jubón,

Allí estaba, como siempre: la marca sobre su clavícula.

Durante toda su vida, al rozarla con los dedos, había sentido un calor extraño. Un hormigueo que recorría su pecho… y una curiosidad que no podía nombrar.

Afuera, el sol descendía lentamente tras el bosque, tiñendo de rojo los vitrales y los caminos de piedra. Lysander se apoyó en la ventana y observó los jardines que había recorrido tantas veces, preguntándose si alguna vez llegaría a pertenecer a aquel lugar.

Sus sueños recientes estaban llenos de paisajes desconocidos y voces lejanas que lo llamaban… voces que al despertar se desvanecían, como si jamás hubiesen existido.

El vértigo de lo que le esperaba al día siguiente lo hizo estremecerse: La coronación, el momento en que dejaría de ser más que un joven príncipe perdido en los pasillos del palacio.

El sol comenzaba a desaparecer detrás de los bosques que rodeaban Lúmenvar, Lysander cerró los ojos un momento intentando aferrarse a la calma, pero un hormigueo persistente le recorrió el estómago.

Esa noche, el palacio se transformaba, los pasillos, que antes estaban llenos de murmullos y pasos cotidianos ahora parecían corredores de un templo antiguo, con sirvientes moviéndose con precisión casi reverencial. Las voces de los consejeros ahora discutían arreglos, protocolos y ceremonias, y cada sonido le recordaba a él que era el centro de atención.
Lysander se recostó en su cama, pero el sueño no venía.
Afuera, los caminos de piedra brillaban bajo la luz de los faroles, y de vez en cuando escuchaba el crujido de carruajes acercándose.
Nobles de reinos lejanos llegaban para la coronación. Vestían como si la noche fuese un escenario y ellos sus actores, recordándole que el mundo era más grande que las cuatro paredes de Lúmenvar, de donde jamás había salido.

Para distraerse de la inquietud que le oprimía el pecho y por el miedo de dejar en vergüenza a su reino, comenzó a practicar los gestos y las palabras del juramento que tendría que pronunciar a la mañana siguiente. Cada frase, cada movimiento, resonaba extrañamente en su garganta. Frente al espejo, su reflejo parecía más solemne, más seguro... y al mismo tiempo, más ajeno.

El reloj de sol en los jardines marcaba las horas lentamente, y las estrellas empezaban a asomar en el cielo nocturno. Lysander entendió que aquella noche sería diferente a todas las demás. Mañana, cuando el sol comenzara a subir, todo cambiaría: miradas, palabras y gestos confirmarían su importancia.

Con un suspiro, volvió a la cama, tocó la marca una vez más y cerró los ojos. Pero el sueño seguía esquivo. Afuera, el murmullo de los preparativos y el sonido lejano de los nobles que llegaban le recordaban que no habría descanso esta noche. Y mientras la luna ascendía, bañando de plata los corredores del palacio, Lysander sintió un escalofrío recorrer su espalda, una sensación de que la vida que conocía estaba a punto de desvanecerse, dejándolo a él en el umbral de algo mucho más grande.

El primer rayo de sol se filtró por los vitrales de ala norte, iluminando la habitación de Lysander con un brillo dorado que parecía anticipar la solemnidad del día. Los sirvientes llegaron pronto, cargando telas, joyas y ornamentos ceremoniales. Sus manos expertas lo vistieron con jubones bordados en hilos de plata, ajustaron capas y colocaron sobre sus hombros el manto que indicaría su estatus de heredero. Cada movimiento era meticuloso, como un ritual aprendido hace siglos, y Lysander apenas podía concentrarse en lo que sentía: una mezcla de nerviosismo, confusión y anticipación.

—Déjame ajustar este manto, mi señor —dijo una mujer de edad avanzada con manos expertas—. Debe caer perfecto. Todo el reino tendrá la mirada sobre usted.

—¿Perfecto… para qué? —murmuró Lysander, más para sí mismo que para ella.

—Para ti, joven heredero —respondió la sirvienta con suavidad, sin dar más explicaciones, aunque sus ojos brillaban con preocupación.

Mientras los últimos ajustes se hacían frente al espejo, Lysander notó nuevamente la marca de su clavícula, visible a través de la seda blanca. La acarició brevemente y apartó la mano, se preguntaba si alguien más la vería como algo especial. Pero nadie dijo nada; los sirvientes solo cumplían con su labor en silencio, respetuosos y eficientes.

Al salir de su habitación, la sala de coronación lo recibió con un murmullo creciente. Las alfombras rojas se extendían como ríos hasta el trono, los estandartes del reino ondeaban suavemente, y los nobles de Lúmenvar y de los reinos aliados ya habían comenzado a tomar sus lugares, Lysander respiró hondo, intentando memorizar cada rostro, cada gesto, mientras caminaba con pasos medidos por los pasillos que parecían más largos que nunca.

Un noble cercano se adelantó y se inclinó ligeramente.

—Mi joven señor, mis condolencias por la pérdida de sus padres. Sé que deben estar orgullosos de ver su linaje continuar.




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