El sol caía sobre el gran salón de Lúmevar como bendición obligatoria.
La luz atravesaba los vitrales altos, derramándose en tonos dorados y ámbar sobre las columnas talladas, sobre los estandartes colgantes y sobre las armaduras impecables que aguardaban en filas silenciosas. Todo estaba diseñado para parecer eterno. Todo estaba diseñado para recordar a los presentes que Lúmenvar no era solo un reino... era un símbolo.
Y ahora, ese símbolo estaba a punto de ser colocado sobre la cabeza de un joven de dieciocho años que no se sentía digno ni siquiera de su propio reflejo.
Lysander permanecía de pie frente al trono, con el manto ceremonial descansando sobre sus hombros y la mirada fija en el suelo de mármol blanco, pulido hasta parecer un espejo. El salón entero estaba lleno. Nobles, consejeros, representantes de linajes antiguos y embajadores de otros reinos observaban en absoluto silencio, talvez incluso respirar fuese una falta de respeto.
Había demasiadas miradas. Demasiadas expectativas.
Y en cada una de ellas, Lysander podía sentir el juicio.
El consejero mayor, un elfo de rostro severo y cabello plateado, avanzó con lentitud hasta quedar a su lado. Sus manos sostenían la corona.
No era una corona exagerada, ni ostentosa. Era más antigua que la mayoría de los presentes. Su oro estaba desgastado en los bordes y las gemas no brillaban con arrogancia, sino con una solemnidad oscura.
Como si supieran cuántas cabezas habían aplastado antes.
El consejero alzó la voz.
—Hoy, el linaje de Lúmenvar no muere. Hoy, la corona no queda vacía. Hoy, la sangre real continúa.
Un murmullo suave recorrió el salón. No era admiración.
Era evaluación.
Lysander tragó saliva. Su garganta se sentía seca, su cuerpo sabía que aquel día no le pertenecía.
El consejero levantó la corona con ambas manos y la sostuvo sobre su cabeza.
—Que el sol bendiga a quien porta este peso —declaró.
Y luego, con un gesto lento. La colocó sobre él. El metal tocó su cabello cual sentencia. La corona no era pesada en términos físicos.
Pero Lysander sintió que su cuello se tensaba de inmediato. La presión no venía del oro... sino de todo lo que significaba.
Una capa de silencio sufrió el salón. La luz pareció intensificarse, iluminando la figura de Lysander hasta volverlo un símbolo viviente. Un joven rey. Un rostro hermoso. Una figura perfecta para los tapices.
Pero por dentro... Lysander no se sentía como un rey.
Se sentía como un impostor.
El consejero dio un paso atrás, y un sacerdote del reino —vestido con túnicas blancas bordadas en hilos de plata— se acercó con un pergamino enrollado. Lo desenrolló lentamente frente a él.
—Majestad —dijo, inclinando la cabeza—. Pronuncie el juramento.
Lysander levantó la vista. El salón entero lo observaba.
Todos contenían la respiración.
Una punzada se encendió bajo su clavícula, justo donde descansaba aquel lunar de nacimiento que siempre había intentado ignorar. Era un calor extraño, profundo, la piel recuerda cosas que la mente no.
Lysander apretó la tela del jubón, disimulando el gesto.
Entonces abrió los labios. Y recitó.
No con emoción. No con convicción.
Más bien con la exactitud de quien ha repetido esas palabras tantas veces que ya no le pertenecen.
—Ante la luz eterna que guía a Lúmenvar… ante mi linaje y ante mi pueblo… yo acepto la corona y el deber que ella exige.
Su voz fue clara. Correcta. Perfecta.
—Juro gobernar con justicia, sostener las leyes de este reino, y proteger sus tierras con sabiduría y firmeza.
En algún lugar del salón, alguien asintió con satisfacción.
—Juro escuchar a mis consejeros, velar por la paz, y mantener el honor de la sangre real.
Lysander sintió el vacío crecer dentro de él. Las palabras son hermosas, pero ajenas.
—Desde este día, mi vida ya no me pertenece. Pertenece al reino.
Un silencio reverente.
—Así lo declaro. Así lo acepto. Así lo juro.
El sacerdote inclinó la cabeza.
—Lúmenvar tiene rey.
Los nobles respondieron con un coro ensayado:
—¡Larga vida al rey!
El eco rebotó en las columnas, elevándose como un canto antiguo. Pero Lysander apenas lo escuchó.
Porque lo único que sentía era el peso de la corona y el vacío bajo las palabras que acababa de pronunciar.
El consejero mayor se aproximó de nuevo, y con voz solemne dijo:
—Ahora, Majestad… corresponde elegir a su guardia personal. El Caballero del Trono. Quien caminará a su lado en cada paso, y morirá antes de permitir que el peligro toque su corona.
Algunos nobles se enderezaron. Entre los caballeros había muchos hijos del público.
Otros intercambiaron miradas discretas. Ese era el verdadero momento político del día.
Porque un rey podía ser joven... pero un rey mal protegido era un rey muerto.
Los caballeros avanzaron uno a uno, presentándose frente a Lysander en filas impecables. Todos eran elfos: altos, elegantes, con armaduras pulidas hasta el brillo perfecto. Sus capas caían con exactitud. Sus espadas estaban limpias, ceremoniales, jamás habían probado sangre real.
Cada uno se arrodilló con el mismo movimiento.
Cada uno pronunciaba palabras similares.
—Mi espada es suya.
—Mi vida le pertenece.
—Mi lealtad es eterna.
Y Lysander respondía con frases aprendidas. Inclinaba la cabeza. Decía “lo he escuchado”. Decía “su devoción es aprendida”.
Pero en realidad, no sentía nada.
Solo el cansancio. Solo el peso. Solo la sensación de que aquella ceremonia estaba ocurriendo para todos... menos para él.
Y entonces, La armonía perfecta de la ceremonia tropezó con algo incómodo, la tensión creció.
Caelan aún permanecía arrodillado al final de fila. No se movía. No buscaba llamar la atención. Pero tampoco intentaba desaparecer.
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Editado: 05.03.2026