El lamento de Nócthyra

Capítulo 2 - Juramento ante la corona

El sol descendía sobre el gran salón de Lúvembar con una obstinación casi litúrgica.

La luz cruzaba los vitrales altos y se derramaba en oro y ámbar sobre las columnas talladas, los estandartes suspendidos y las armaduras impecables dispuestas en filas silenciosas. Cada piedra, cada tela, cada reflejo parecía levantado con un único propósito: recordar a todos los presentes que Lúvembar no era solo un reino. Era una idea. Una imagen. Una promesa de permanencia.

Y esa promesa estaba a punto de caer sobre la cabeza de un muchacho de dieciocho años que no conseguía sentirse digno ni de su propia mirada.

Lysander permanecía de pie frente al trono, con el manto ceremonial sobre los hombros y los ojos fijos en el mármol blanco del suelo, bruñido hasta devolver una imagen limpia, cruel, demasiado nítida. El salón estaba colmado. Nobles, consejeros, herederos de casas antiguas y embajadores de otros reinos lo observaban en un silencio tan perfecto que hasta la respiración parecía una insolencia.

Había demasiadas miradas. Demasiadas expectativas.

En cada una de ellas, Lysander sentía el peso del juicio.

El consejero mayor, un elfo de rostro severo y cabello plateado, avanzó hasta quedar a su lado. Sostenía la corona con ambas manos.

No era una pieza deslumbrante ni ostentosa. La antigüedad le había limado el exceso. El oro mostraba desgaste en los bordes, y las gemas no brillaban con arrogancia, sino con una gravedad oscura. Aquella corona no parecía hecha para adornar a nadie. Parecía hecha para recordar.

El consejero alzó la voz.

—Hoy, el linaje de Lúvembar no muere. Hoy, la corona no queda vacía. Hoy, la sangre real continúa.

Un murmullo leve atravesó el salón. Ninguna devoción en él. Había cálculo.

Lysander tragó saliva. La garganta se le había secado hacía rato. El cuerpo entero le repetía una verdad que nadie más parecía dispuesto a reconocer: aquel día no le pertenecía.

El consejero elevó la corona.

—Que el sol bendiga a quien porta este peso —declaró.

Luego, con una lentitud medida, la colocó sobre su cabeza.

El metal le tocó el cabello con la gravedad de una condena. La corona no pesaba demasiado en términos del cuerpo. Aun así, Lysander sintió el cuello tensarse de inmediato. La presión no venía del oro. Venía de todo lo que ese oro arrastraba consigo.

El salón entero pareció hundirse un instante en un silencio más profundo.

La luz lo alcanzó de lleno, envolviéndolo hasta convertirlo en una imagen perfecta: un rey joven, un rostro hermoso, una figura hecha para sobrevivir en tapices y canciones.

Por dentro, sin embargo, no había nada de eso.

Lysander no se sentía rey.

Se sentía una mentira vestida de ceremonia.

El consejero se apartó y un sacerdote del reino, cubierto con túnicas blancas bordadas en plata, se acercó con un pergamino enrollado entre las manos. Lo desenrolló lentamente frente a él.

—Majestad —dijo, inclinando la cabeza—. Pronuncie el juramento.

Lysander alzó la vista.

El salón entero lo esperaba.

Todos contenían el aliento.

Una punzada se encendió bajo su clavícula, allí donde descansaba aquel lunar de nacimiento que siempre había procurado ignorar. Era un calor extraño, profundo, casi antiguo, como si la piel recordara algo que la mente todavía no alcanzaba a nombrar.

Apretó la tela del jubón para disimular el gesto.

Después abrió los labios.

Y recitó.

No había emoción en la voz. No había fe. Las palabras salieron con la precisión helada de aquello que se ha repetido tantas veces que termina por vaciarse de sentido.

—Ante la luz eterna que guía a Lúvembar, ante mi linaje y ante mi pueblo… yo acepto la corona y el deber que ella exige.

La voz fue clara. Impecable.

—Juro gobernar con justicia, sostener las leyes de este reino, y proteger sus tierras con sabiduría y firmeza.

En algún punto del salón, alguien asintió con satisfacción.

—Juro escuchar a mis consejeros, velar por la paz, y mantener el honor de la sangre real.

El vacío creció dentro de él. Las palabras eran bellas. También ajenas.

—Desde este día, mi vida ya no me pertenece. Pertenece al reino.

El silencio reverente cayó otra vez.

—Así lo declaro. Así lo acepto. Así lo juro.

El sacerdote inclinó la cabeza.

—Lúvembar tiene rey.

Los nobles respondieron al unísono, con una armonía tan ensayada que resultaba casi impersonal.

—¡Larga vida al rey!

El eco rebotó en las columnas y ascendió por la altura del salón con la forma de un canto antiguo.

Lysander apenas lo oyó.

Sentía la corona sobre la cabeza.

Sentía el hueco bajo cada una de las palabras que acababa de pronunciar.

El consejero mayor regresó a su lado y habló con esa solemnidad seca que parecía no pertenecer ya a un hombre, sino al propio protocolo.

—Ahora, Majestad… corresponde elegir a su guardia personal. El Caballero del Trono. Quien caminará a su lado en cada paso, y morirá antes de permitir que el peligro toque su corona.

Varias espaldas se enderezaron entre los nobles. Había padres, casas y ambiciones representadas entre los caballeros formados. Allí empezaba, de verdad, el primer movimiento político del día.

Un rey podía ser joven.

Un rey mal custodiado no tardaba en convertirse en cadáver.

Los caballeros fueron avanzando uno a uno frente al trono.

Todos eran elfos. Altos. Bellos. Pulidos hasta el exceso. Sus armaduras atrapaban la luz de los vitrales con una pureza casi ofensiva. Las capas caían con exactitud impecable. Las espadas, limpias y ceremoniales, parecían haber conocido mejor el brillo que la sangre.

Cada uno se arrodilló del mismo modo.

Cada uno ofreció palabras parecidas.

—Mi espada es suya.

—Mi vida le pertenece.

—Mi lealtad es eterna.




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