El lamento de Nócthyra

Capítulo 5 - Sin alternativa

Los avisos no llegaron en forma de alarma, sino de pequeñas alteraciones.

Un cargamento de suministros que debía cruzar la frontera oriental al amanecer quedó retenido por revisión documental. En el puerto menor, dos embarcaciones esperaban autorización para descargar. Nada estaba oficialmente suspendido ni bloqueado.

Sin embargo, nada avanzaba.

Lysander recibió los informes en la torre alta, donde había comenzado a trabajar antes de que la ciudad despertara por completo. La luz entraba oblicua por las ventanas y se detenía en los márgenes de los pergaminos. Leía en silencio una y otra vez.

—El tratado fue ratificado —dijo al fin, dejando el documento sobre la mesa.

El escribano permanecía rígido frente a él.

—Sí, Majestad. Pero en el archivo figura como pendiente de confirmación diplomática.

Caelan se aproximó lo suficiente para ver el margen. La anotación era reciente. La tinta no había terminado de asentarse.

Pendiente de confirmación diplomática.

—¿Quién añadió esto? —preguntó Lysander.

—No consta firma.

El rey apoyó ambas manos sobre la mesa, sin elevar la voz ni mostrar irritación. Se mantuvo observando la frase, como si pudiera encontrar en ella algo más que palabras.

—Convoca al Consejo.

La reunión fue menos ceremoniosa que las anteriores. Nadie fingió cordialidad excesiva y las copas permanecieron intactas sobre la mesa larga. El anciano habló con tono sereno.

—Hemos recibido comunicación indirecta desde Valdrenn. Existe inquietud por las recientes intervenciones en el sistema de tarifas internas.

—Las tarifas internas no alteran tratados exteriores —respondió Lysander.

—No directamente —intervino el consejero joven—. Pero la congelación de ingresos vinculados a rutas compartidas puede interpretarse como señal de revisión más amplia.

—Y eso genera cautela —añadió el tercero.

Caelan permanecía detrás del rey, atento a mucho más que las palabras.

—¿Se ha suspendido el tránsito? —preguntó Lysander.

—No —respondió el anciano—. Solo se han pospuesto ciertas autorizaciones hasta recibir garantías claras de estabilidad.

—El tratado es garantía suficiente.

—Lo sería, si no existieran dudas.

El silencio fue breve.

—¿Qué tipo de garantías solicitan? —preguntó el rey.

—Presencia.

La palabra cayó como valde de agua fría para el rey y con naturalidad estudiada para el resto.

—Una confirmación directa despejaría cualquier interpretación errónea —añadió el consejero joven.

Caelan habló antes de poder contenerse.

—El tratado no requiere confirmación presencial.

Las miradas se dirigieron hacia él con claro recelo. El anciano respondió con calma.

—En tiempos de transición, la percepción es tan importante como la norma escrita. Lysander entrelazó los dedos sobre la mesa. No parecía arrinconado, parecía estar calculando.

—¿Cuánto tiempo puede prolongarse esta “cautela”?

El consejero joven bajó la mirada al documento.

—Indefinidamente, si consideran que no hay señales suficientes de continuidad.

No sonaba amenaza, era descripción. El rey asintió despacio, decidido.

—Si mi presencia garantiza la continuidad del comercio, viajaré.

No hubo sorpresa visible, ni oposición. Solo asentimientos medidos.

En la galería superior, el aire estaba más frío. Desde allí se veía el mercado despertando. Algunos puertos abriendo con menos mercancía de lo habitual.

Caelan caminaba solo unos pasos detrás de él.

—La anotación apareció la misma noche que abriste las audiencias —dijo sin rodeos.

—No me sorprende.

—Es demasiada coincidencia.

Lysander detuvo su caminar apoyándose en la baranda de piedra, observando la ciudad. Luego posó su mirada en Caelan.

—La auditoría tocó intereses antiguos. Era cuestión de tiempo.

—Y eligieron este.

El rey frunció el ceño confundido.

—¿Crees que lo provocaron?

—Creo que sabían que no ignoraría el riesgo para el pueblo, Majestad.

Lysander no respondió de inmediato. Abajo, un comerciante discutía el precio del grano con evidente incomodidad.

—Si no voy, los cargamentos seguirán retenidos —dijo finalmente—. Los precios subirán. Todo lo que prometí en el salón público perderá peso.

—Puede enviar emisarios.

—Sabes que no bastará —respondió negando con la cabeza.

Caelan caminó hasta ponerse frente a él acortando la distancia, quizás para evitar que los demás escucharan demasiado.

—No podemos controlar el Territorio neutral.

—Al palacio tampoco del todo.

La frase quedó suspendida entre ambos.

—Reducirán la escolta —añadió Caelan.

—Para evitar provocar tensiones.

—Elegirán una ruta distinta.

—Para acortar tiempos.

El rey dio un par de pasos al frente reduciendo un poco más la distancia.

—Confío en ti —dijo Lysander, casi en un susurro.

Caelan sostuvo su mirada un instante más allá de lo apropiado.

—No viajará sin mí.

Lysander asintió, no necesitó nada más.

La noticia del viaje se propagó con rapidez.

En el puerto, un capitán aseguró a su tripulación que el tránsito se normalizaría pronto. Por otro lado, en el mercado, algunos comerciantes respiraron aliviados. Una madre sostuvo la mano de su hijo y afirmó con convicción que el rey no permitiría que faltara la comida. El apoyo no era ruidoso, era firme.

En el patio del palacio, los preparativos comenzaron antes del anochecer. Se seleccionó una escolta acorde a un tránsito diplomático, suficiente para garantizar seguridad sin parecer despliegue militar.

Caelan supervisó personalmente cada asignación. Revisó monturas, ajustó correas, cambió discretamente a dos soldados por otros de mayor experiencia.

Lysander descendió los escalones y se detuvo a su lado.




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