La partida se realizó al amanecer.
Nada de desfiles ni anuncio formal. Aun así, la noticia ya había corrido por la ciudad.
Cuando el carruaje real cruzó el portón principal, parte del mercado estaba abierto y algunos vecinos se habían acercado al camino empedrado. No eran multitudes, solo rostros conocidos.
Un panadero levantó la mano en saludo. Una mujer inclinó la cabeza con respeto. Un niño se soltó del brazo de su madre para acercarse un poco más antes de que un guardia lo hiciera retroceder con suavidad.
Lysander apartó ligeramente la cortina del carruaje y respondía con un gesto breve. Sin sonreír ampliamente, pero sostuvo las miradas.
Caelan cabalgaba a la izquierda del carruaje principal. Llevaba armadura ligera, capa oscura sujeta al hombro. No observaba a la gente; observaba los tejados, las esquinas, los balcones. Cuando cruzaron el último arco que marcaba el límite del reino, el murmullo de la ciudad quedó atrás.
El camino se volvía más silencioso y estrecho. El bosque oriental se extendía en pendiente suave, todavía iluminado por la luz oblicua de la mañana. El aire era limpio y los cascos de los caballos marcaban un ritmo constante.
La escolta no era numerosa, pero sí sólida. Soldados experimentados. Formación cerrada. Dos exploradores avanzando varios metros delante. Durante las primeras horas todo iba tranquilo.
Al aproximarse a la línea reconocida como territorio neutral, el terreno se volvió mucho más irregular. La ruta descendía por un tramo pedregoso antes de volver a elevarse hacia una llanura abierta. Uno de los exploradores levantó la mano en señal de precaución, nada en concreto, más que terreno estrecho.
Caelan giró el rostro apenas, evaluando distancias, árboles, pendientes.
Y entonces, un silbido seco cortó el aire.
Una flecha entró por debajo de la quijada del caballo que tiraba del carruaje secundario y salió por la parte superior del cuello en una explosión de sangre caliente. El animal relinchó con un sonido desgarrado, se alzó sobre las patas traseras y cayó de costado, arrastrando el eje del carruaje con él.
La estructura volcó. Uno de los guardias quedó atrapado bajo la madera al romperse la rueda. El crujido del hueso se escuchó por encima del relincho final del caballo.
—Estamos bajo ataque ¡Formación! —ordenó el capitán.
Las siguientes flechas no fueron al azar.
Una atravesó el muslo de un soldado antes de que pudiera levantar el escudo. Otra se incrustó en la garganta de uno de los caballos delanteros, que se desplomó sobre las rodillas con espuma roja en el hocico.
La guardia reaccionó como había sido entrenada.
Escudos al frente. Rodillas flexionadas. Una línea cerrada alrededor del carruaje real.
Dos soldados avanzaron hacia la arboleda en maniobra de ruptura. Sin improvisar, se movieron en total coordinación.
Las figuras descendieron del bosque, no eran desorganizados, se distribuían en forma de abanico, cubriéndose entre ellos.
El primer choque fue brutal.
Un atacante saltó sobre el escudo de un guardia; la espada del soldado lo atravesó por debajo de las costillas. La hoja salió teñida de rojo oscuro mientras el cuerpo caía de rodillas, escupiendo sangre sobre la grava.
El próximo embistió por el flanco derecho. El guardia giró a tiempo, bloqueó el impacto y respondió con un corte ascendente que abrió el antebrazo del agresor hasta el hueso. El hombre gritó y retrocedió, pero enseguida otro ocupó su lugar.
Caelan desmontó mientras su caballo aún se movía.
Una figura encapuchada avanzó hacia él con una espada corta. El primer golpe iba directo al cuello. Caelan bloqueó, giro la muñeca y hundió la hoja en el vientre del atacante. Sintió la resistencia del cuero, luego la carne cediendo.
El hombre se dobló sobre la espada, Caelan lo empujó hacia atrás sin retirar el arma, usándolo como obstáculo para el siguiente.
Un segundo agresor intentó aprovechar el momento. El caballero soltó la empuñadura, dejó caer el cuerpo y giró sobre el talón. El filo de la espada hizo un arco lipio que abrió la mejilla del atacante desde el pómulo hasta la mandíbula.
La sangre salpicó su armadura. A su izquierda uno de los guardias cayó con una flecha clavada en la clavícula. Aun así, lucho por sostener la línea.
No estaban perdiendo, estaban siendo empujados.
Los siguientes atacantes no intentaron cruzar la línea. Se desplazaron hacia la parte trasera del carruaje real. Uno de ellos encendió una antorcha. Una señal.
Otro respondió desde la pendiente superior.
Caelan lo vio, era claro que iban por el vehículo.
—¡Protejan el carruaje! —gritó.
Demasiado tarde. Una cuerda tensada, invisible hasta ese momento entre dos árboles, fue liberada. El eje delantero del carruaje golpeó contra ella con violencia. Al mismo tiempo, otra flecha atravesó el pecho del caballo guía.
El animal cayó hacia delante, arrastrando el peso.
El conductor perdió el control y el carruaje se desvió hacia el borde del camino.
Un guardia intentó sujetar la rueda. Una espada descendió desde atrás y le abrió la espalda. La sangre empapó su túnica mientras caía de rodillas.
—¡Majestad!
Caelan corrió lo más rápido que su cuerpo le permitía.
Sujetó la puerta del carruaje justo cuando comenzó a inclinarse. Por un instante, el peso pareció detenerse, pero la madera crujió. El eje cedió, llevándolo consigo y el mundo comenzó a girar.
El carruaje rodó cuesta abajo entre polvo, astillas y gritos, y terminó de costado contra un grupo de troncos secos.
El impacto lanzó a Lysander contra el interior con violencia.
Uno de los faroles se rompió al chocar con las rocas, y el vidrio estalló en fragmentos que quedaron atrapados entre la madera astillada. El aceite comenzó a deslizarse lentamente por las tablas inclinadas del carruaje volcado, impregnando la tapicería rasgada y filtrándose por las grietas abiertas por el impacto.
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Editado: 05.03.2026